estadisticas

viernes, 30 de diciembre de 2011

Buenas y Locas


A medida que nos ponemos mayores (tampoco tanto, no piensen que es necesario llegar al andador y a los pañales geriátricos…) vamos descubriendo como una serie de cosas empiezan a cambiar a nuestro alrrededor. Mucho ha pasado y no en vano .
Hay cambios físico, psíquicos, de gustos, de hábitos, y del tipo que se les ocurra. Los hay que nos sorprenden gratamente o también que se ciernen sobre nuestras desconcertadas familias como una amenaza potencial.
Pero el cambio más significativo y el que mejor expresa estas modificaciones está , sin duda , en el área del elenco de amigas. Si, porque las mujeres tenemos esa capacidad innata de poder seguir haciéndonos amigas de otras personas no importa cuándo ni dónde y establecer lazos profundos y verdaderos en muy poco tiempo, lo que a muchos hombres les resultaría una tarea no sólo aterradora y pesada sino también carente de sentido.
Algo nos ha sucedido que esa amiga buena y tonta que conservábamos desde la juventud empieza a aburrirnos y nos damos cuenta, en un abrir y cerrar de ojos, de que cuando ella habla nosotras estamos pensando en otra cosa.
La simpática pero conflictiva mujer a quien todo lo raro y lo malo le sucedía también empieza a parecernos un plomo y cuando volvemos a casa después de haber oído sus aventuras / desventuras durante tres horas seguidas,con el intestino destrozado por litros de café y sin haber podido deslizar ni un sola palabra acerca de nuestra propia vida, tan poco excitante para ella, nos asalta la inequívoca sensación de haber estado perdiendo el tiempo.
Nos hemos vuelto intolerantes, entre otras cosas . Es que al menos ya sabemos lo que no nos gusta.
Tampoco nos convencen las personas malas , que alguna vez se nos ocurrieron divertidas. Enseguida detectamos a las egoístas , envidiosas, metidas, conventilleras , etc. Esas que a apoco de oírlas nos llevan a pensar con lucidez meridiana la clásica y contundente frase “ esta mina es una yegua” y dar vuelta la página tan frescas, borrándola de un plumazo de nuestras agendas y de nuestras vidas.
Hemos perdido la paciencia. Hemos aprendido a separar lo necesario de lo accesorio. Somos más viejas y un poco más sabias. Tenemos menos pudores pero hemos ganado en intensidad y hay un buen grupo de mujeres que queda en nuestro corazón y lo hace feliz. Además de las amadas de toda la vida, esas incondicionales hermanas a las que nada ni nadie hará bajar de sus lugares de privilegio, están las otras, las nuevas. Esperamos los encuentros con ellas, nos reímos a carcajadas festejando sus ocurrencias o se nos llenan los ojos de lágrimas si las vemos sufrir y hasta nos damos el gusto de hecerlo todo al mismo tiempo...entre nosotras nos entendemos. Vibramos en la misma sintonía, nos divierten sus “locuras” y a ellas las nuestras. Respetamos que hayan cambiado la ingeniería por la astrología, la obstetricia por el teatro experimental o la terapia de vidas pasadas, que se hayan hecho chamanas de una religión precolombina, que sean vegetarianas o ninfómanas, que solamente se vistan de naranja , que desayunen con tequila o que estén planeando dar la vuelta al mundo solas a lomo de mula. Toda esa variedad trae vida a nuestra vida, nos renueva, nos lleva por caminos que quizá antes no hubiéramos transitado y que hacen que después de estar juntas volvamos a casa con algo más en el alma.
Por eso ahora, después de mucho tiempo, vamos tachando alegremente de las listas a las "buenas y tontas", "simpáticas y complicadas", así como a las "metidas y necias" o "interesadas y falsas" para descubrir con alegría que no tenemos menos amigas sino otras y mejores , de las que muy posiblemente nuestros maridos e hijos opinen que están como para internar pero que conformarán una nueva categoría que nos llegue al corazón : la de las "buenas y locas"...

miércoles, 3 de agosto de 2011

El síndrome LOST



En algún lugar de nuestra mente siempre se aloja la curiosidad morbosa de imaginarnos yendo a parar a una isla perdida y de tener que arreglárnoslas para sobrevivir.A nuestra edad supongo que descartamos la ilusión de lograr esa cabaña de La Laguna Azul con escaleras de troncos, macetitas llenas de flores hechas con mitades de cocos, cocina,dormitorio, ducha y hasta una galería fruto de un plano dibujado por César Pelli. Mucho más descartamos que nos queden bien esos harapos y taparrabos y ni qué decir de que exista alguna posibilidad de revolcarnos por la arena con un chico que casi podría ser nuestro nieto. Así y todo el fantasma de la isla existe como sueño de aventura y cómo desafío mental a nuestro ingenio….Y, hace poco,les cuento, yo tuve lo mío. Al menos transité un cuarto de la historia si la dividiéramos en cuatro etapas: salida / catástrofe/ vida de náufrago/ rescate.
- ¿En Iberia no hay? – le pregunté a la empleada de la agencia desconfiando de lo que me ofrecía como una ganga.
- Esta compañía es buenísima . Iberia es mucho más cara – me contestó sin dejarme opinar y extendiendo mi pasaje.
Volví a casa contenta pero recelosa con ese ticket que me obligaría a comprobar las bondades de la empresa desconocida.
Llegué a Ezeiza tempranísimo porque así me gusta hacerlo. Nada de llegar corriendo y sudando, con el pasaporte vencido, la valija mal cerrada, la cartera abierta y la plata desparramada en bollos por cualquier lado. No.
Si se trata de una vacación no hay que arruinarla de entrada, desde el aeropuerto. Quiero tiempo para tomar los cafés más caros del planeta, para recorrer las tiendas llenas de souvenirs, de gauchos repujados en cubretermos de cuero, parejitas bailando el tango en la Boca y batitas de bebe que imitan la camiseta de la selección de fútbol y dicen “Messi”…. Espantoso folklore aeroportuario, igual en todo el mundo.
Después de hacer una cola larguísima con mis compañeros de viaje (toda esa gente que no podemos evitar pensar, en algún momento, que podría morir con uno) y de soportar los problemas de un equipo de adolescentes mejicanos de algún deporte (estaban todos vestidos igual) y de su entrenador que no hacía más que tratar de poner órden entre esa docena de cuates que mezclaban los equipajes y perdían los formularios, logré despachar mi valija, tener mis papeles en órden, atravesar Migraciones y llegar a un limbo terrenal, a un no-territorio que es la parte de los aeropuertos que va desde pasada la oficina de Migraciones hasta la puerta del avión. Mucho olor a perfumes del Free Shop, cajitas de chocolates “para los de la oficina que sino me matan”, gin, whisky, vodka, y más cafecito aunque amenacen el efecto del Rivotril de la cena a bordo. Y un libro liviano ( me quise hacer la intelectual y llevé El Aleph. Me equivoqué, no pude pasar de la primera cita)
Ansiosos, muchos nos pusimos en otra cola para ser los primeros en subir al avión. El nuestro sale 12.50 hs pero el de 13.45 ya está embarcando y nosotros seguimos parados, de puro gusto, porque en el mostradorcito no hay nadie. La fila se va desvirtuando, los jóvenes se sacan los zapatos y se tiran al suelo obstruyendo los pasillos,las parejas se pelean, la gente mayor se vuelve a sus asientos. Todos hablan por los celulares dando partes del problema a los amigos, a las familias.
Finalmente una voz anuncia que saldremos con atraso. Pero nadie viene. Una hora después nos cuentan que la demora será de entre ocho y diez horas. El avión de Iberia parte en horario, lo veo por la ventana. Nos sugieren bajar a una especie de subsuelo (hay que ocultar lo mejor que se pueda a las masas enardecidas) para darnos una solución. En medio del caos los pasajeros no atinan siquiera a armar cuatro filas decentes ni los empleados de la compañía logran explicarnos cual es el plan B. Una hora más de gritos, reclamos y peleas. Ofrecen que quienes quieran volverse a sus casas podrán hacerlo en taxis pagados por la empresa, o ser “repatriados” a un hotel del centro a esperar que se solucione el desperfecto. Pienso que si me voy a casa me dejan, así de simple. En medio de ese desmadre quién me va a llamar para decirme que el vuelo sale. Me uno al pelotón de náufragos, al menos estaremos todos juntos y no se olvidarán de mí. Empiezo a vislumbrar temperamentos de líderes, de quejumbrosos, de asustadizos… el síndrome LOST está en marcha. Después de infinitas idas y vueltas arman grupos de cuatro y nos suben a los autos . Nuestro destino es un hotel ¡en Reconquista y Viamonte!. Otra vez para atrás. Los compañeros que el azar me brinda no están mal (al menos no me tocó la parejita de la maleducada gritona y puteadora y su marido el dominado de rastas).Adelante un abogado muy jóven que va a un casamiento en la Provence, atrás un mendocino de la misma edad, calladito y lindo con una camisa escocesa (la imagino medio en jirones, muy LOST) , una francesa de veintiseis, grandota , rubia y desfachatada que estuvo acá haciendo una “pasantiya” en qué se yo qué cosa, y yo. La rubia no para de hablar en español ,de intercalar “boludos” y “pendejos” y de decir que no tiene nada para ponerse si tiene que dormir en el hotel. Los jóvenes, agradecidos. El cuarto es cómodo y me despatarro a ver televisión y a esperar la cena o el aviso de que hay que partir. El lobby está lleno de náufragos que hablan animadamente, casi con excitación producto de esa convivencia involuntaria y sorpresiva. Hablan de viajes, de ciudades que han visitado, de experiencias que creen únicas y son las mismas que le pasan a todos. Comen juntos. Yo, la odiosa, como sola y vuelvo a mi cuarto hasta que me avisan que es hora de bajar, que hay una combi nos llevará de vuelta a Ezeiza. Es la una de la mañana, hace frío, el microcentro está casi vacío y la calle llena de basura. Los náufragos van subiendo de a poco pero hay que esperar, con la puerta abierta, a dos que se quedaron dormidos. No me importa, no conozco a nadie salvo a una presentadora de la televisión que se ha refugiado en el último asiento con su pareja, pero me equivoco…a los demorados, a los que se quedaron dormidos los reconozco…y los felicito por aprovechar cada minuto, son la primera pareja de la isla de LOST…la francesa y el mendocino llegan corriendo, se ríen, él tiene la bufanda de ella, ella la camisa escocesa...Esto promete, pienso. Tomamos la autopista, re-entramos, re-migramos, re todo y como si nada hubiera pasado estamos de nuevo, agotados, frente a la puerta de embarque y son las cuatro de la mañana. Los novios recientes se besan, se fotografían en la sala de embarque, en el ómnibus que nos lleva por la pista,…los novios me tienen harta, los otros pasajeros también, detesto a los de la compañía aérea y ni que hablar de los empleados del aeropuerto….
De repente tengo una visión apocalíptica, algo da por tierra con una fantasía recurrente: no quiero ni imaginarme lo que sería tener que aguantar a parte de toda esta gente en una isla desierta. No quiero participar ni en las discusiones entre ellos ni en las alianzas, no quiero jugar al Gran Hermano, ni quiero ser parte de los que se salven si eso implica tener que soportarlos. Que me hagan una estatua como a Alfonsina Storni para entretenerse y me dejen ahogar tranquila y sola. Temerosa me dirijo a mi asiento. A las cinco de la mañana me traen una comida que debe ser la cena pero no entiendo mucho porque voy por el tercer Rivotril. Me tapo la cabeza con la manta y me muero. A otra hora ridícula me anuncian que la temperatura en Madrid es de 32°C. No nos caímos, no hubo islas, ni sobresaltos. Barajas , más que como a náufragos, nos recibe como a prisoneros de guerra . Ahí sí, entonces, empieza otra historia.

viernes, 29 de julio de 2011

El laberinto del fauno



No, no se trata de nada que tenga que ver con la película homónima de mi queridísima amiga Maribel Verdú. Se trata de una experiencia rayana en lo sobrenatural – mejor sería decir en lo subnatural – que tuve esta mañana en los pasillos de dos dependencias monumentales, una privada al servicio del estado y la otra decididamente estatal: el Correo Argentino y las oficinas de la Justica Electoral. Con esos datos, ya pueden ponerse la ropa de exploradores, tomar el mapa y la caramañola y seguirme sin preguntar nada.
El detonante de mi aventura fue un aviso de correo que encontré bajo la puerta que me intimaba a presentarme en la sucursal más próxima amenazándome con múltiples penas si no lo hacía.
Como al correo no le hago demasiado caso pero a la justicia todavía no me le atrevo, fui, hice la cola (la equivocada, como siempre, siguiendo las instrucciones de unos papeles pegados en la pared) y finalmente desemboqué en lo que según me dijo de muy mala manera un jóven empleado era un “centro de distribución” – lo dijo con tono de “usted está sin permiso adentro del Pentágono”- a dónde no debería haber llegado nunca…quizá se suponía que ese recinto donde yo no veía otra cosa que seis carteros de jogging azul repartiendo correspondencia en distintas sacas al ritmo de unas cumbias, era un área de máxima seguridad…nunca lo supe… me derivaron de inmediato a unas oficinas en pleno microcentro de las que también me sacaron carpiendo porque tampoco correspondían a mi consulta (que no era otra cosa que notificarme que había sido elegida para ser nuevamente autoridad de mesa en las elecciones del 14 de agosto, engrampándome una vez más en las tareas cívicas que debemos cumplir cada vez que la patria nos lo demanade para poder quejarnos después sin remordimientos) Finalmente llegué al tercer mojón de la investigación que era el palacio de Tribunales. Bajé por unas escaleras angostas de mosaicos hexagonales gastados, sorteando partes de computadoras viejas y resmas de papel apiladas justo en las partes anchas de los escalones lo que me obligaba a hacer constantes equilibrios o sostenerme del brazo de alguno de los agentes del órden que andaban dando vueltas por ese subsuelo como perdidos.
El submundo tribunalicio se presentó con todos sus personajes a la vez, dispuestos a lo largo de unos pasillos interminables ilumninados con distintos tipos de luces como tubos fluorescentes, bombas comunes (ahora prohibidas) , bombas de bajo consumo (esos esperpentos como un resorte blancuzco con los que no se puede leer nada) etc. Lo primero con que me topé fue un grupo compacto de hombres de unos cincuenta años largos que formaban algo así como un bloque sindicalista por el desparpajo con el que hacían nada y la tranquilidad con la que conversaban, sin inmutarse por dejar el paso libre, ni por bloquear el acceso a la mesa de entradas.En la que, de todas maneras, no había nadie, así que junto con un par de personas más, esperamos pacientemente la llegada de un hombre y de una mujer que, a juzgar por el aspecto, llegaban de su recreo de media mañana …y de media luna porque ella tenía las comisuras llenas de migas. Allí me informaron que siguiera unas flechas pegadas en la pared que me llevarían directo a la oficina en donde todo me sería esclarecido. Así lo hice y desemboqué primero en una cocina donde hervían varias ollas con mate cocido, después en un despacho que no me gustó nada porque tenía dos puertas, un millón de expedientes, tres policías, un civil de traje, un hombre esposado y una mujer que parecía otro hombre con el pelo muy tirante que es señal de una persona crispada. Cada vez eran más los metros que recorría bajo tierra como un topo hasta que divisé una cola como de diez personas que esperaban lo mismo que yo. En general el ánimo también era como el mío, de resignación cívica, de “anóteme nomás por esta vez y bórreme para la próxima” salvo por un señor que a viva voz expresó que “venía a buscar su nombramiento” como si se hubiera tratado de ser, al menos, juez de la Suprema Corte. La atención era rápida, impecable, cada cinco segundos salía un empelado distinto a preguntar si “alguien más está sin atender” …claro que no había nadie más porque adentro los empleados eran casi más que todos los votantes del padrón! Después la cosa empezaba a demorarse y buscaban vaya a saber qué papeles y qué datos y volvían a las cansadas dándote la dirección del colegio, la mesa y un librito con el instructivo del comicio que aconsejo leer y llevar como un machete para consultar llegado el caso antes de matar a alguien.
Mientras esperaba que me asignaran mi lugar de tareas los empleados llenaban los pasillos diciendo las frases como “pero vos la linterna la dejaste con pilas, ¿o no?” o “ a la despedida de Gladys hay que traer bastante comida, mirá que la otra vez faltó…” además de exlpicaciones como “Señora, su mamá debe haber tenido un problema con el DNI o estaría mal empadronada”, etc…con eso me entretenía hasta que se se abrió una puerta de golpe y una mujer salió exhalada gritando:
“- ¡Cacho!¡Cacho!” mientras pugnaba por salir en lo que daba la sensación de ser un drama pasional. Corrió hasta la escalera y frenó bruscamente al tiempo que Cacho se daba vuelta con cara de espanto –“ traeme otro cortado” dijo jadeante, y acomodándose el pelo volvió a desaparecer por la puerta de donde había salido.
Después de semejante sobresalto yo sólo quería irme de ese sótano, abrigarme, llevarme en la cartera un sándwich de salame y queso y una Coca light y sentarme de una vez a revisar documentos, poner sellos y llenar planillas como mi tarea indicaba, sin que nadie me dijera ni una sola palabra ni me mandara a ningún otro lado por más excitante que fuera.

viernes, 24 de junio de 2011

Perdón Pestalozzi (nota I: la enseñanza de idiomas)



Todavía no se de qué me sorprendo. Cuando veo el actuar de mis hijos o el de algunos de sus amigos me asombro de que hayan podido llegar sanos y salvos hasta acá (“acá” tampoco es la Academia de Medicina, no se entusiasmen) con tan pocos conocimientos. Y esos pocos conocimientos no son otra cosa que lo que quedó de la educación errática y contradictoria que les impartí (voy a hablar sólo de mi caso para evitar represalias de terceros) y que nos hace pensar, vistos los resultados, en la ligereza y frescura con que uno (yo) acomete las tareas en años teñidos de juventud y fertilidad.
Decididos a educar a nuestros hijos porque no hay más remedio, orientamos los intereses cambiando de norte a cada momento, siempre buscando lo mejor para ellos, lo que no es garantía de nada.
Para mí, un día era imprescindible la formación espiritual y religiosa antes que enseñarles idiomas que, creía, venían ocultos pero incorporados al niño de alguna manera misteriosa para manifestarse luego, en el momento necesario, como una inspiración divina.
Dos días más tarde, encerrada en un living de cinco metros cuadrados con tres demonios aburridos y llenos de energía, sentía la necesidad de que hicieran gimnasia y aprendieran a jugar a todos los deportes posibles para que se cansaran de una vez y para que no se convirtieran en unos bichos de humedad como su madre, entonces los anotaba en rugby, en fútbol,en natación y en tenis y los llevaba y traía sin parar de un club a otro o de un gimnasio a una pileta llena de piojos y hongos hasta que se enfermaban de tanta agua caliente y aire frío y de tanta fauna desconocida.
Más tarde alguien (mis padres) insistían en lo de los idiomas como un legado incalculable para dejarles.
- Los voy a anotar en el Liceo Francés – respondí en un arranque romántico (y francófilo)
- ¡Lo que tienen que aprender estos chicos es inglés, nena!- dijo mamá.
- ¿Con quién van a hablar en francés? – agregó mi padre –¿ Con cuatro hijos de diplomáticos que se van a ir mañana a otro país?…Indochina ya la devolvieron, Canadá es un opio y Marruecos, Argelia y Túnez son sólo para dar una vuelta en camello…mal que me pese tiene razón tu madre.
Entonces no sólo busqué un colegio bilingüe sino que intenté, para profundizar el aprendizaje, hablarles inglés en casa, desconcertándolos absolutamente ya que jamás lo habíamos hecho entre nosotros en nuestra familia de italianos y de vascos.
Duró poco esa ridiculez. Duró hasta que una tarde, a su llegada del jardín de infantes, el menor corrió por el pasillo para llegar a mi dormitorio a ver televisión y descubrió que estaba ocupado por dos pintores que retocaban una humedades ya secas. Eran dos jujeños fornidos y achinados, como dos caciques, con más caras de cuchilleros que de otra cosa, con unas camisetas cubriéndoles las cabezas para proteger del polvillo el pelo negro y lacio que de todas formas asomaba debajo de esos turbantes improvisados.
Mi hijo, sorprendido, se quedó mirando cómo su paraíso de dibujitos animados se había convertido en un caos de muebles amontonados y cubiertos de polvo.
Yo, que venía atrás, me sentí en la obligación de enseñarle buenos modales y hacerlo saludar.
- Say “Good afternoon” - le dije, e insistí dictatorial – Say “Good afternoon”.
El miró primero a los pintores, y después me clavó los ojos verdes desmesuradamente abiertos, como sospechando, aún a los cinco años, que entre esa imagen y esa órden, había algo que no cerraba.
- ¿Son ingleses?- Me preguntó anonadado,como si pensara que de seguir mis instrucciones y saludar de esa forma , posiblemente nadie le entendiera, con lo que de inmediato le creé muchísimas dudas acerca de la utilidad del idioma inglés en Latinoamérica y una inenarrable vergüenza ajena con respecto a las ideas extravagantes de su madre que conserva hasta el día de hoy.

martes, 14 de junio de 2011

La artista promiscua (fantasías de un ama de casa)



Puedo asegurar que, durante las vacaciones, después de cinco días seguidos de lluvia uno descubre que las ideas y la inventiva aplicadas al entretenimiento se ha agotado. Ya hemos terminado casi el stock de literatura que llevamos para la quincena, hemos jugado al truco, a la batalla naval, al Scrabble y a la generala; hemos alquilado películas y hecho pizzas caseras, hemos tomado café en todos los bares atestados de veraneantes con peligrosos pisos mojados por los paraguas y llenos de arena de las zapatillas, hemos dado vueltas en auto y tomado copetines eternos y vinos y tragos de todo tipo y hasta hemos comprado algunos libros en esos saldos de colecciones, clásicos que creemos que deberíamos haber leído pero ni siquiera en medio de ese desamparo costero de viento y de lluvia nos animamos a abordar y preferimos seguir con el Horóscopo Chino de Ludovica Squirru.
Las convesaciones con los amigos que siempre nos acompañan han tocado todos los tópicos y empiezan a repetirse. Las charlas siguen, sin encontrar una sola postura cómoda en esos livings desangelados, de mueblecitos de caña con pocos almohadones y comedores de estilos dudosos de las casas baratas que alquilamos en la costa. Buscamos con voluntad y seguimos sacando temas de la galera para compartir el tiempo.
- ¿Qué te gustaría ser en tu próxima vida?- fue la frase consigna de esa interminable tarde, a la que se sumaron,inevitablemente, otras del mismo tenor como¿En qué época de la historia te hubiera gustado vivir? o ¿A qué personaje famoso te hubiera gustado conocer? y cosas por el estilo.
- Yo quiero ser una artista promiscua – contesté como si no dudara de que existieran próximas reencarnaciones y sin saber muy bien porqué remontándome a la época del Bloomsbury Group (en realidad, sabiéndolo, porque habíamos mirado Carrington en la tele la noche anterior) y pensando en una reedición de algo parecido.
Hasta yo me sorprendí con mi elección de una vida de libertad y de excesos,de un lugar donde se mezclaran la creatividad, el esnobismo y el desenfado de un grupo de ingleses simpáticos – perdón, pero los ingleses siempre me cayeron simpáticos, hagan lo que hagan - medio depravados y ciclotímicos con sus pasiones desbordadas, envidias y talentos y su escasa noción de futuro. Poesía, filosofía y plástica…literatura y teatro…ideas impracticables...imaginación...sobresaltos...
- …tan seriecita que parecías… alguien dijo.
- ¿ y qué querés que elija?- contesté bajando subitamente a la Tierra - ¿trabajar en la Mesa de Entradas de Rentas de la Provincia de Buenos Aires? ? Al final, ustedes no hicieron otra cosa que me preguntarme por una fantasía…y yo acabo de contestarles – respondí y los dejé discutiendo acerca de mí o de ellos, no me acuerdo.
Seguí en lo mío y pensé que a pesar de mi aparente vida sensata y doméstica finalmente había alcanzado un cierto grado de promiscuidad (que no valía la pena ni mencionar) basada, sobre todo, en la confusión de roles: de tener un solo marido y tres hijos varones y después de que ellos se hubieran independizado, había pasado a conservar el marido original y a tener, además, algo semejante a tres “maridoides” que me acosaban por teléfono, por mail o personalmente con frases llenas de “llevame”, “traeme”, “conseguime” que no tenía nada que ver con lo que yo había imaginado como una excitante posibilidad para una vida futura y que, tratándose, encima, de mis propios hijos, no era otra cosa que una especie de “poliandría casta” que debe ser una de las peores elecciones que se puedan hacer y que, desde ya , desaconsejo vivamente con absoluto conocimiento de causa.

domingo, 12 de junio de 2011

Viaje de placer



Era diciembre en Buenos Aires y ya todo el mundo estaba terminando de orgnizar sus vacaciones.Ellas, como mujeres “superadas” se reían de una amiga que se había entusiasmado con unas vacaciones en las Sierras de Córdoba a las que la había invitado un compañero de trabajo o algo parecido( no pude evitar oirlas porque estaban el la mesa de atrás) Les parecía poco, un programa despreciable, casi ofensivo para gente de su nivel. Luego, inevitablemente, empezaron a rememorar las popias, sus propias vacaciones románticas, aquello que, según palabras de una de ellas, eran los verdaderos viajes de placer.
Yo, que ya había salido de la oficina, me dejé llevar por una de las actividades que más me gustan en la vida: escuchar lo que habla la gente que está a mi alrrededor.
Eran tres (las miré dándome vuelta mientras simulaba buscar algo) Todas rubias con claritos , aros y anillos de oro, las uñas rojas y ropa de Zara (bastante buena obsevación para una mirada tan rápida) Mujeres promedio, ni lindas ni feas. Mujeres estándar, con todo lo que eso implica.
- Lo máximo que soporté como experiencia con la naturaleza fue acompañar al gallego a hacer “senderismo” como le dicen ellos a caminar como un boludo con un palo como un bastón en medio de unas sierras y unos arroyos. El programa me parecía una verdadera idiotez pero él me regaló el pasaje y hasta unos zapatos como ortopédicos para que lo acompañase. Después, en compensación me llevaría Mallorca, a un cinco estrellas.
Antes de que alguna la inetrrumpiese para opinar, la senderista, se sinceró y explicó:
- En realidad fue todo un fracaso, ni me pregunten: el gallego no me gustaba, en la última caminata nos agarró la lluvia y me enfrié hasta los huesos. Conclusión: en el Meliá de Mar ,yo tenía como 39°C , el pelo sucio pegado a la frente con la transpiración y con los chuchos me dieron hasta ganas de vomitar. Quedé dos días hecha un bollo en la cama tomando Sprite a sorbitos que yo misma me traía del frigobar, porque él ni se acercaba de miedo a contagiarse. Ni bien me mejoré ya era la fecha de volver al trabajo así que tuve que tomar uno de esos aviones repletos de argentinos desubicados que viajan vestidos de la estación en la que salen y no con algo acorde a la que van a llegar, que no paran de contarles todo su viaje al primer desconocido que hace la fila para embarcar con ellos o que a pesar de haber pasado veinte días viajando por Europa y ya les hablan de “tú” y de “maleta” a los españoles como si hubieran descubierto que sabían otro idioma.
- Yo- dijo una que ni siquiera había abierto la boca hasta ese momento – como soy una romántica empedernida, soñaba con un crucero de lujo…paseos en cubierta, fiestas todas las noches, vestidos, smoking blanco, orquestas…no se…será que siempre me gustaron los romances a bordo que veía en las películas del canal Volver…
- Perdón , querida, pero vos venís atrasando como sesenta años!- le contestaron con bastante criterio – vos querías a Humphrey Bogart…
- Si, bueno, cada una quiere lo que quiere…me enamoré de un brasilero..
- ¡Lo tenías bien guardado…guacha!…ahora tenés que contarnos…
A esa altura yo hubiera pagado mi cuenta y me hubiera ido a sentar a su mesa para oír mejor y para partcipar de tanta aventura, pero me tuve que conformar con pedir otro café y de paso, que bajaran un poco el volúmen del la televisión mientras me hacía la que trabajaba.
- El brasilero era agente de viajes y estaba allí invitado por la compañía de cruceros, era muy simpático y, por suerte, hablaba muy bien español porque yo con los idiomas soy malísima y eso es un gran punto en contra para conocer gente en ese tipo de viajes…Para que vean, él tenía una especie de smoking , un saco con corbata de moño que se puso para la primera fiesta…
- saco blanco y moño- dijo una – bastante bien…de entrada el brazuca puso toda la carne al asador…
- si, pero era verde…el saco… - y haciendo una pausa agregó - …era brasilero.
- Bueno, no importa , vos te enamoraste…
- Si…creo que me apuré un poco…pero era un crucero de seis días a Santos…si no me apuraba me quedaba sin novio. Encima él era Paulista y se bajaba en Santos. Se llamaba Getulio o Demetrio…nunca entendí bien…
- ¿Y qué tal estaba?
- …y… bueno…era un poco bajo…yo le llevaba como una cabeza y media (cuando dijo eso yo ya me dí cuenta cuál de ellas era la que hablaba porque me acordé de que había una visiblemente más alta que las otras dos) – pero como mi abuela siempre decía “en la cama no hay alturas” me pareció que todo estaba bien…pero mi abuela no debía haber tenido muy claro lo que decía porque si bien en la cama no habrá alturas, en las cubiertas si hay y el era un gnomo que cuando me ví reflejada en un ventanal al lado suyo me pareció que lo mío era un abuso como para llevarme presa…hasta llegué a preguntarme si no me habrá tenido un poco de miedo…Por suerte para los dos se bajó al tercer día y yo aproveché para ponerme al día con toda la comida de la que me había venido privando para no tener panza. Llegue a BsAs indigestada, con cuatro kilos más…
- y con tu romance a bordo cumplido…contestó la tercera que todavía no había revelado ninguno de sus viajes de placer, que hasta el momento, me parecían deprimentes.
- Yo, en cambio, me parece que les mato el punto a las dos – dijo - porque pasé una semana inovidable con Daniel Formenti…¿se acuerdan?
- ¿el de los caballos de carrera? Preguntó una voz que me pareció la de la grandota.
- Si, ese…¿saben a dónde me llevó? Al Club Med de Trancoso …¡de morirse!
Si, no me cabía ninguna duda: el programa era de morirse. ¿Querés matarme?:llevame a esos Club Med o lo que sea de lo que no se puede salir, donde tenés que hacer todo allí adentro, alternar con ese tipo de gente de la que siempre tratás de escaparte, ir a las clases de aquagym , aprender a hacerte un pareo de batik y a bailar la lambada!!! Me mato ahí mismo con el machete de abrir los cocos del bar!!! Me quedo en una planta baja oscura y húmeda del Once antes que ir a ese programa de alegrías forzadas y aventuras previsibles.
Lentamente me fui dando cuenta de que yo no hubiera podido nunca ser amiga de esas tres mujeres, que por suerte podía dejarlas hablando de sus “programones” sin siquiera saludarlas mientras me escapaba a la calle, yo, que como idea de viaje de placer no podía sino recordar unas vacaciones en Brasil con uno de esos novios desastre, a los veinte años, en la cabaña que le habíamos alquilado al pobre Edilson, un pescador borracho y simpático (y muy sucio) que nos la había alquilado por un mes y terminó compartiéndola con nosotros otro más, sin cobrarnos nada, demostrándonos que si alguien en este mundo entendía de qué se trataba un viaje de placer era él.

jueves, 9 de junio de 2011

CORTELIS // "La mesa de al lado"



Un hombre viejo entró al bar y se sentó en la mesa de al lado.
- Voy a esperar – le dijo al mozo.
Momentos después llegó su amigo. Con dificultad se sentó frente a él, apoyó un diario que traía doblado y empezaron a hablar de la vida pasada.
El mozo se acercó otra vez. Pidieron dos lágrimas. La elección me pareció que no podía ser más acertada.