estadisticas

lunes, 28 de diciembre de 2009

MENU de NAVIDAD




Casi sin darme cuenta de lo que me espera estoy preparando la casa para recibir a la familia en Navidad. Me ilusiona la idea –si fuera española diría que "me hace ilusión" – y es cierto. Me encanta ver a todos alrededor de la mesa con rica comida, velitas, flores, luces por todas partes, árbol y pesebre , guirnalda de piñas y muérdago en la puerta y fotografiarlo todo en un operativo que, aunque no se note, me deja agotada porque siempre lo empiezo tarde demorándome vaya a saber haciendo qué .
La Nochebuena tiene esa característica loca que es que todo el mundo siente que debe tener un lugar a dónde meterse, no vaya a ser que den las doce y pase como con el baile de la silla que cuando para la música, el que no tiene lugar pierde y no puede seguir jugando. Es uno de los pocos momentos en la vida de nuestro pueblo desaprensivo e impuntual en el que todos logramos estar ubicados a tiempo, con la copa en la mano, como para conjurar terribles catástrofes que pudieran caer sobre nosotros si no lo hiciéramos.
Mis preparativos empiezan dos o tres días antes (sin hablar de la compra de regalos que lleva otros tiempos y una concentración y evaluación permanente de ecuanimidad para no crear rivalidades entre los “regalados”)
Lo primero es confirmar lista de comensales para calcular el menú que, en realidad, no representa ningún desafío creativo porque es siempre lo mismo.
En esa maratón de locura navideña callejera entro al super y me propongo – inteligente y más que nada práctica - : Todo lo que se coma el 24 debe resolverse con lo que haya acá. Ni un paso más que implique hacer otra cola. Y con esa premisa compro a velocidad supersónica fruta verde , verdura marchita y carne que sospecho dura y me instalo en la cola con un carro lleno como para una fiesta de cien personas. A cada rato salgo disparada corriendo entre las góndolas porque me pareció que las servilletas blancas de papel no están a la altura de mi festejo y las cambio por otras más caras, con unas campanitas y letras doradas que al final no pongo porque quedan un asco con el mantel de flores.
Como los invitados no caben en nuestra mesa salgo en busca de una extra. Finalmente consigo una puerta vieja (todavía hay que sacarle la manija) y dos caballetes pesadísimos y altos como para pintar el techo de la Capilla Sixtina (no importa, ahí voy a sentar a todos esos jóvenes que crecieron alimentados a chizitos y salchichas de Viena que ahora miden cerca de dos metros). Uno de mis cuñados comete el error de ofrecerme ayuda y yo cometo el error de decirle que sí, que venga temprano a ayudarme a armar las mesas.
El 24 me despierto al alba y empiezo una tarea que no terminará hasta las dos o tres de la mañana cuando el último se haya ido. Quiero organizar las mesas pero mi cuñado no aparece hasta la una de la tarde. Viene acalorado y agotado de no hacer nada, como siempre, no en vano lo habíamos bautizado “el Muerto” porque siempre estaba ahí, inmóvil, pasara lo que pasara. Me pide algo fresco y se lo alcanzo, acompañado por unas papitas fritas a ver si les suben un poco la presión y me ayuda. Yo voy y vengo como una tromba buscando vasos y fuentes y probando candelabros de distintas alturas y floreros improvisados con vasitos de yogur de vidrio mientras lo veo despatarrado en el sofá leyendo el suplemento deportivo del diario. Lo miro de reojo y prefiero no detenerme a pensar qué nivel de participación tiene hoy mi Boba Interior. Si hubiera un reloj para marcarlo, me imagino que la aguja estaría en el sector rojo, como cuando en los submarinos indica que el aparato está por estallar. Pero no es momento de preocuparse porque en las Fiestas se sueltan las Bobas y se hacen una panzada de actividades que nadie les pide y mucho menos, les paga. En estos casos es mejor dejarlas…
Finalmente mi cuñado arrastra los caballetes y juntos subimos la puerta. Ha quedado exánime. Hay que atenderlo. Otra vez algo fresco, ahora una cerveza. Y se la doy, mientras busco un par de aparatos para poner tabletas contra los mosquitos no vaya a ser que alguno contraiga dengue durante la fiesta y me lo dejen en cuarentena.
También preparo un canasto con cosas para mamá que ha decidido que no va a venir y que se queda a comer fideos sola en su casa. El motivo: una especie de soponcio porque mi hermano menor no tuvo mejor idea que abandonar a la familia el 22 de diciembre. En vez de ayudarme con la divorciada y sus hijos se encierra en su casa y con voz de mártir me pregunta si voy a ir a misa el 24
- A misa voy a ir el 23- le respondo
- Pero el 23 no vale –me contesta- Se va el 24 o el 25.
- No valdrá para Navidad, pero yo voy a ir el 23 para pedir que me de paciencia para el 24…le contesto y le sugiero que para no estar sola que invite a su vecina Amanda que es revolucionaria y atea y le encantan los turrones.
Cada uno traerá algo para comer pero como yo no confío del todo, ante el temor de que pasen hambre cocino por partida doble los mismos piononos con jamón y palmitos, ensaladas, huevos rellenos (hay gente que se desespera si no los ve) y ensaladas de fruta que pedí, segura de que después me voy a pasar comiendo restos una semana seguida. Dedico un poco más de tiempo al Vitel Thoné , otro clásico que no puede faltar. Confieso que para el momento en que me toca cortar las rebanadas finitas del peceto ya siento como unas oleadas de mal humor que me preocupan. En ese momento mi cuñado, el Muerto, me llama por teléfono para sugerirme que prepare una cosa riquísima que tomó una vez en Suiza: un vino caliente con especias, miel y frutas. – “Qué buena idea! Ya voy” contesto pensando en que no hay miel, en que si tengo que cortar una sola banana más me vuelvo loca. Vino caliente…con 35°C! Si quiere que ponga una botella de Resero en el microondas y se la tome toda.
Una de mis hijas me anuncia que invitó a Melisa, su compañera de trabajo y a su mamá, a quienes no conocemos. Le dieron pena porque se quedaron sin pasajes para ir a General Pico.
El teléfono suena de nuevo. Atiendo y me siento un rato para tomarme un café y una aspirina porque estoy muerta y me duelen las piernas. Esta vez es mi prima Fernanda que la sacó fácil porque le tocó traer pan dulce. Apenas la oigo por el ruido de los secadores, está en la peluquería. Quiere saber qué me voy a poner esta noche.
- Me voy a quedar así - le contesto (en realidad así, así, no porque estoy impresentable con el pelo sucio y pantuflas chorreadas, pero así más o menos “casual”, pienso)
- Ah, noooo! Ponete linda, arreglémonos todas, que nos vean divinas¿Porqué no te ponés el top strapless blanco con esas piedritas y el pantalón marrón de seda que te quedaba bárbaro …?
- ¿Y no querés que en vez del pantalón marrón me ponga un conchero y tacos fiebre para atender la cocina y amenizar la noche?
Finalmente las mesas están puestas, armadas, disimulados los defectos y los restos de juegos de platos y copas distintos dispuestos con gracia para que parezcan de un boliche de Palermo.
Los invitados van llegando de punta en blanco, llenos de fuentes y de paquetes que ponen alrededor del árbol (con mi hija mayor sacrificamos dos regalos para darles a Melisa y a su madre)
Mi hermano menor, el que se escapó de la casa llama desde Mar de las Pampas para saludarme como si no pasara nada. Me escondo con el teléfono para que mi cuñada, que parece que acaba de enviudar, no se entere. Atrás se oye música y un ruido infernal. No da la sensación de estar sufriendo mucho…
Uno de los últimos en aparecer es el Muerto. Me dice que trae una sorpresa (pienso que es el vino caliente) ¡No!...trajo un arsenal de pirotecnia y la va a tirar desde MI balcón. Encima son todos esos petardos y rompe portones que aterran animales y no tienen ninguna gracia, como él. Decido contenerme y no decir nada.Respiro profundo: Noche de Paz…Noche de Amor…Mando a mis sobrinos a drogar al perro y a hacerle una cuchita en el baño mientras, precavida, busco la dirección del Hospital Santa Lucía. Es que al Muerto lo conozco de sobra.

jueves, 24 de diciembre de 2009

¡ FELICES FIESTAS Y MARAVILLOSO 2010 !




A todas mis Bobas amigas (y Bobos también) les deseo lo mejor para el 2010 , Salud, paz, amor, laburo, familia, amigos....y ¡todo lo que se les ocurra!
Un beso enorme

Luz

sábado, 19 de diciembre de 2009

Contestame ese Mail

No pido mucho. No soy exigente. Sólo “OK”. “Gracias”. “No se”. “No”“Recibido”….algo, algo que me indique que no hablo sola como los locos, que no lanzo preguntas al ciberespacio para que queden allí girando eternamente como la perra Laika.
Me sorprendo con este costado de la comunicación actual. Lo que debería ser veloz como un rayo y con sólo “abrir” o “enviar” ahorrarte un sinfín de llamados telefónicos, reuniones de largas explicaciones y tediosos Power Points se transforma en un largo Via Crucis solitario, en un monólogo interminable…
- El Correo ya fue ¡Qué antigüedad! Yo no se ni mandar una carta…mucho menos escribir un sobre – dice mi sobrina de diecisiete casi orgullosa de su ignorancia.
- ¡Si,y ¿viste?, una carta tarda como dos semanas de acá a Mar del Plata!- Corrobora la amiga sin darse cuenta de que ella tardó casi tres en contestarle a la madre el mail en el que la pobre mujer le preguntaba en qué lugar de su caótico ropero tenía que buscar los papeles para llevarle a legalizar el título de bachiller mientras la nena retozaba en Gessell con una banda de amigas disfrutando de su primer verano de emancipación.
A menudo suelo preguntarme cómo serán en unos años las relaciones de trabajo entre toda esa gente a la que parece importarle un rábano ciertas consignas de la comunicación, que parece creer que es lo mismo llegar a horario a una cita que una hora después o pasarla para el día siguiente sin avisar a nadie. ¿Se desencontrarán entre ellos para siempre? ¿Se formarán dos bandos marcados: los capaces de llevar a cabo un diálogo vs. Los dispersos volátiles? En este momento me imagino que sucederá algo parecido aunque posiblemente me esté equivocando…
Me asombra la cantidad de información y de mensajes que somos capaces de recibir en una hora por diferentes medios. Por teléfono, por celular, mensajes de texto, correo electrónico… Correo común ya no. Y cuando llega …agarrate!: es de la AFIP o la ANSES o algo que mejor no hubiese llegado nunca. En la práctica es imposible contestarlos a todos. Se mezclan los domésticos sin ninguna importancia (“¿Esta noche querés bife o polenta?”) con los de negocios ( “El auto que me vendió está fundido. Voy para allá”) los graves (“Acabamos de recibir una demanda penal por falsificación de documento público”) y hasta la “promo” de Movistar que te despierta todos los domingos, sistemáticamente de la única siesta que podés dormir en la semana. Todos llegan casi juntos y hay que leerlos en cuanto aparecen, nada de esperar, así, rápido, como vayan entrando, apurados y, con altísima posibilidad de error, descartando lo importante de lo accesorio. Con una impresionante compulsión a enterarnos de todo no apagamos ninguno de esos elementos, los leemos en todas partes, se acabó la cortesía con el interlocutor (que seguramente estará también desviando sus ojitos a su propio teléfono), nos distraemos de las conversaciones si por un instante decae nuestro interés y vamos a nuestro celular (cuanto más sofisticado, mejor) a seguir informándonos sin saber bien para qué. No creo que podamos registrar todo, ni evaluarlo, ni contestar algo coherente. Basta de analizar y basta de reflexionar, parece un juego como El TEG en el que en vez de acumular territorios y ejércitos, gana quién más información reciba sin importar qué haga con ella.
Pero para estar informados a ese extremo algún precio hay que pagar, y es el de tener que leer montones de basura, de dejar de hacer muchas cosas para revisar lo que llega a nuestras casillas (¡Qué romántica y evocadora la palabra “casilla”!), en suma, de perder parte del tiempo libre que creíamos haber conseguido atendiendo asuntos inútiles por no saber administrarlo y encima, después de todas esas cadenas y avisos y propuestas descabelladas encontramos que la única respuesta que esperamos no está. A veces pienso que es falta de educación – es la primera respuesta y la más fácil – de un tipo de educación, no se. Imagino que es la misma sensación que tendría si estuviera perdida en una ciudad desconocida y fuera preguntarle a alguien en la calle:
- Sr, Sr! ¿La avenida Sarmiento?
- ….. el Sr. nos mira y no nos contesta ( yo se que recibió el mail porque leo “recibido” y leo “abierto”)
- …ehhh! Perdón, Sr, Sr …
- ….silencio ( no se si lo tiró a la basura ni bien leyó las primeras dos palabras)
- ¿…para ir a la avenida Sarmiento?
-...el Sr. mira para otro lado ( ¿es que no me ve?¿no le importo nada? – y sigo sin enterarme, creyendo, además, que debo parecer medio loca porque nadie me da bola)
Pero yo no mandé una cadena con un Papá Noel bailando un rap ni tirándose un pedo, hice una pregunta a una inmobiliaria acerca de una muy posible compra con la que se ganarán una buenísima comisión. Igual no me contestan.
De todas maneras no todos son éxitos en las comunicaciones por más que la técnica avance. El sistema Spinvox, por ejemplo, con ese nombre tan simpático y atractivo no ha dado resultado. Hay algo que a sus inventores se les pasó por alto. Fue creado para transformar los mensajes de voz de los celulares en mensajes de texto que aparecen en las pantallas sin que yo sepa muy bien si es una ventaja o qué. En su origen seguramente fue configurado para interpretar el mensaje de voz y luego transferirlo a texto confiando en que quién lo emitía era un locutor profesional, con un castellano neutro clarísimo, olvidándose del crisol de razas, de las corrientes migratorias, de los niños con ortodoncias, las tonadas provinciales, los tartamudos, los extranjeros con deseos de expresarse o la gente que habla con “z” o afrancesa las “r”.
De diez mensajes que recibo hay seis que no puedo descifrar. Aparecen en la pantallita unas frases inconexas llenas de signos de pregunta entre paréntesis al finalizar las palabras que no entendió, seguidas de otra que interpretó mal, como las que dice mi amiga inglesa a pesar de su empeño, porque ella tiene muy buen español para charlar mirándola a la cara pero en el teléfono es bastante flojita. Por lo tanto no son pocas las veces en que nos vemos arrastrados a malos entendidos gracias al teléfono como me sucedió no hace mucho cuando tuve que llamar al administrador del consorcio, el Sr. Anselmo Marmolino (h) – que en realidad ya no tenía necesidad de usar más la (h) porque su padre, el verdadero administrador, un hombre de voz gravísima y modales amables, había partido de este mundo hacía varios meses -
Harta de unas humedades en el placard de mi dormitorio y de sacar todos los zapatos cubiertos de moho durante meses llamé enfurecida a la administración para hablar con Marmolino y exigirle una solución. Cuál no sería mi sorpresa – y mi pavor, porqué negarlo - al reconocer en el teléfono la voz inconfundible de su padre haciéndome creer por un momento que, pese a la ya obsoleta infraestructura de Telecom, yo había logrado comunicarme con el Más Allá sin proponérmelo. Tuve que cortar para reponerme de un shock de ese calibre y tomarme unos minutos para darme cuenta de que se trataba de un mensaje grabado con los datos de la Administración, que su hijo, así como no se había hecho cargo de su situación de adulto quitándose la (h), tampoco se había molestado en borrar, condenando al pobre Marmolino padre a un estado casi fantasmal que le impediría, injustamente, descansar en paz hasta que su hijo lo decidiera.
En aquél momento decidí que la comunicación “vía máquinas” es muy buena y es muy práctica pero para mí sigue teniendo sus misterios y no se hasta qué punto tengo ganas de jugar a la Pequeña Detective.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Una Mujer Vulgar

De un tiempo a esta parte he dejado de luchar y reconociéndolo de una vez he sentido una gran paz de espíritu. Si, yo soy una mujer vulgar. Vulgar y silvestre. Vulgar porque me gustan las cosas simples. Silvestre porque me crié en el campo. Ya puedo deponer los intentos de convertirme en “especial”, los esnobismos de querer ser distinta y las fantasías de conseguirlo. Me puedo quedar acá donde estoy, bien tranquila y bien contenta sin tener que perder mi tiempo esforzándome en parecer lo que no soy.
No me gusta el cine iraní ni las películas de Kusturica y quiero decirlo aunque me tilden de burra. Me agota tratar de conseguir ropa fantástica para ponerme creyendo que voy a deslumbrar a alguien y además tener que conservar unas posturas rígidas para lucirla que me hacen perder la espontaneidad.
No soy una lectora voraz y me disperso cuando leo ficción hasta tener que volver tres veces sobre el mismo párrafo porque estaba pensando en otra cosa.
A la sofisticación y al refinamiento me gusta verlos pero no “practicarlos” porque eso me cansa. No me importan los restaurantes finos (¿?) y caros. No quiero hacer reservaciones anticipadas ni colas para entrar.Me importa más con quien comparto la mesa que lo que haya para comer.
Me gusta meterme en los Todo por Dos Pesos e imaginarme decorando una casa sólo con esas cosas. Me gusta hablar con la gente y despotricar contra el gobierno en la fila del Pagofácil aunque no por eso me largo a decir lo primero que se me pasa por la cabeza porque todavía conservo – aunque no estoy realmente segura – un poco de sentido común. Lo digo porque al menos mis amigas todavía me consultan acerca de distintos temas y quedan bastante conformes con mis respuestas, como Diana, una artista plástica altamente empobrecida después de su divorcio que tuvo la posibilidad de exponer su obra en la Feria Familiar de Artes del colegio de sus hijas. Dispuesta a ganar unos pesos y cierta popularidad en ese ambiente de alto poder adquisitivo (el colegio lo pagaban los abuelos paternos de las niñas) me consultó acerca del material a exponer y mis consejos fueron simples, claros y prácticos: Punto Uno: es un colegio de monjas ,por lo tanto (Punto Dos:) es gente conservadora y tradicional. Punto Tres: hay crisis, para ellos también, aunque no parezca. Conclusión: No lleves esos cuadros extrañísimos de cuatro metros por dos por los que pedís una fortuna, hacé tamaños chicos que las madres se animen a comprar para poner aunque sea en un pasillo (los padres son mucho más reacios a comprar algo hecho con basuras recicladas de un autor desconocido, a no ser que le agregues las palabras “ready made”, porque eso le da un nivel distinto) y, por último, dejá para otro lado tu actitud transgresora y no expongas una madera vieja llena de clavos con cuatro engranajes oxidados y una serie de fotos de vaginas (para explicarlo bien usé un término más popular) porque no sólo no te lo va a comprar nadie, sino que van a echar a las chicas del colegio.
Finalmente la Feria fue un éxito y Diana me está muy agradecida porque vendió un montón de cuadritos bastante aburridos de peras, manzanas, barquitos o caracoles en los que tuvo la prudencia de firmar con un seudónimo, que cumplirían la doble función de decorar baños o comedores diarios y de reportarle buenos dividendos para pagar el alquiler.
Para lo que sin duda soy pésima es para aconsejar en materia de vida sentimental, producto, seguramente de mi exacerbada veta “culebrón latino”. Yo me enamoro, me pongo pesadísima, escribo frases mersas en mi agenda, pierdo la claridad mental y hasta oigo canciones de Cristian Castro (llegando incluso a bailarlas sola cuando nadie me ve), por lo tanto a mis sugerencias hay que dejarlas de lado porque el 90 % de las veces te precipitan a una catástrofe sentimental irreparable.
Como madre me he defendido bastante bien y allí sí he puesto esmero en educar a mis hijos enseñándoles normas de convivencia básicas, a decir “gracias” y “por favor”, a comer con las bocas cerradas y sin revolear los cubiertos mientras hablan, a diferenciar lo bueno de lo vulgar porque una cosa es ser ordinario por ignorancia y otra es por elección, como es mi caso. Ellos no me obedecieron al pie de la letra, no vayan a creer que mi éxito llegó a tanto, por eso mi madre no para de recriminarme lo que ya no tiene remedio cada vez que viene a visitarnos a casa donde presencia en vivo y en directo, los añicos virtuales del Manual de Modales del Niño Argentino que con tanta perseverancia usó con nosotros.
Otro de mis rasgos de vulgaridad es mi gusto por la televisión. Soy capaz de permanecer horas frente a la pantalla mirando atentamente – nada de ponerla como “música de fondo” mientras hago otra cosa – cualquier programa que aparezca, de cable o de aire. A donde no llego es al extremo de que me gusten esos que enseñan a hacer artesanías caseras porque no puedo creer todos esos elementos rarísimos que hay que molestarse en conseguir y comprar y todo el trabajo que te lleva hacer objetos que podés comprar en cualquier casa de regalos mayorista de Once por la cuarta parte, sin perder tiempo y sin arriesgarte a que te quede un adefesio.
Detesto también los avisos de blanqueadores, jabones para la ropa y otros productos domésticos como, estoy segura, la mayoría de nosotras, que quisiéramos, alguna vez, ver a una mujer harta de las tareas hogareñas, hecha un asco mientras limpia la cocina, cerrando la tapa del horno de una patada y salpicada de lavandina , no vestida impecable y ayudada por un superhéroe…¡Dios mío! Los superhéroes son para otra cosa…imaginate… si una vez que podés ver uno y encima tenés la suerte de que entre a tu casa ¡es para ayudarte a lavar los platos!…es para morirse…más sufrimiento para el ama de casa…ojalá toda la cocina estuviera llena de kryptonita verde y se muriera ahí mismo…nosotras, en ese momento querríamos otra cosa…que entrara volando con su capa, nos alzara como si pesáramos 40 kg y nos llevara a dar una vuelta por el cielo y a atravesar ese corazón de nubes por el que Superman llevaba a Luisa Lane! …a lavar la cocina…Por favor, tomatelás superhéroe….
Quiero ver a una madre normal, con los pelos parados, frente a una familia malhumorada, sirviendo en la cocina un desayuno tan desanimante como el de todos los días, donde se acaba siempre el pan o el dulce y nadie quiere levantarse a reponerlo, y no a una Doña Perfecta sonriente con el trajecito para ir a la oficina puesto y la laptop colgándole del hombro, atajando las tostadas que saltan de la tostadora con una mano mientras que con la otra aplica un producto antimancha en los pantalones de su marido porque el cachorrito travieso le meó el pantalón al pobre hombre que, mientras toma yogur para el tránsito lento mira a los nenes que festejan la gracia del perrito.
Yo estoy vieja para esas mentiras y no las creo. Me preocupa que lo hagan las generaciones menores porque no quiero que les salgan úlceras de estómago ni se les caiga el pelo por el estrés de no se perfectas, porque no se puede. Relájense chicas, elijan cosas posibles, sean genuinas aunque no esté de moda. Dediquen el poco tiempo libre que tienen a cosas que valgan la pena. Si les dicen vulgares no se preocupen, seremos más en este barco y les aseguro que lo pasaremos mucho mejor que otras. Eso si, siempre que quede claro que “vulgar” no es “tonta”.

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viernes, 4 de diciembre de 2009

Pssssstttt...TAXI !




No creo en la seguridad de los radiotaxis, hay tantos que supongo que existirán casi las mismas posibilidades de que se trate de una empresa seria como de una inventada hace cinco minutos con fines inconfesables, de que te toque un chofer responsable y honesto como todo lo contrario. Además me da una pereza espantosa tener que llamar a todos esos teléfonos para solicitarlos y que siempre tengan demora. Yo salgo a la calle, levanto mi brazo derecho hasta la altura del hombro y ellos paran sin hacer objeciones y hasta me avisan con un simpático guiño de luces que están viniendo a buscarme. Así empieza lo que llamaría una mini aventura metropolitana que terminará en breves minutos aunque puede recomenzar varias veces al día con resultados de lo más diversos.
Viajar en taxi no tiene, a simple vista, nada de raro, pero puede mostrarnos muchísimas caras dela realidad al mismo tiempo siempre que estemos bien atentos. Para eso sólo tenemos que sentarnos atrás, observar y ver lo que sucede.
Posiblemente una de las primeras cosas que nos llame la atención sea la voz del operador de la radio de los radiotaxis (a pesar de no haber llamado a uno estoy sentada ahí dentro) Se trata muchas veces de un señor meloso y pesado que a las siete menos veinte de la mañana cree que su deber es decirle algo gracioso a cada uno que contacta o una frase alentadora para empezar el día. Habla ininterrumpidamente, a intervalos precisos, con un interlocutor al que nosotros no escuchamos lo que se convierte en una letanía adormecedora, repitiendo sus chistes, calles, números en un loquísimo diálogo con varios fantasmas a la vez. En esos casos las mujeres suelen ser más expeditivas, menos graciosas y rara vez se escucha que le den pie a los choferes para que les digan piropos.Saben de sobra que la mayoría hace horas que está excitado de tanto oir las conversaciones de la Negra Vernacci o de Matías Martin acerca de los temas más íntimos con la soltura y el desparpajo de siempre, aunque a veces parezcan no registrarlo a nivel conciente porque se los ve como en un peligroso trance hipnótico, cosa que agradezco para no verme obligada a compartir con ese desconocido y en ese preciso momento de cansancio o mal humor (lo que en la práctica es lo mismo) las preferencias sexuales de los radioescuchas o las descripciones explícitas de las aventuras eróticas de un locutor con un travesti. Hago un esfuerzo por contener la risa porque eso derribaría por completo el halo de seriedad y distancia que intento mostrar para que no me hablen.
Otra cosa que altera el carácter de estos personajes es, sin duda, el constante bombardeo de malas noticias a las que se ven expuestos por dejar encendida la radio todo el día y someterse a oír doscientas veces por hora las mismas tragedias machacándoles el alma hasta provocarles reacciones extemporáneas que van desde pasar semáforos en rojo a velocidades descontroladas zigzagueando en avenidas y subiéndose a plazoletas y canteros, a fumar porros mientras manejan por el microcentro para aliviar la presión de los bocinazos, pasando por escupir a los transeúntes que se demoran en cruzar la calle o encerrar a sus colegas para amenazarlos de muerte con la llave cruz si consideran que les quisieron robar el pasajero que, aterrorizado, espera agazapado y mudo en el asiento trasero el próximo semáforo para abrir la puerta y escaparse lo más rápido que pueda.
La variedad de vehículos y el estado de los mismos nos dan, de inmediato, una semblanza bastante acertada del chofer y su personalidad: los hay cuidadosos hasta la obsesión, impecables, perfumados con toda suerte de objetos que cuelgan del espejo, la palanca de cambios o descansan en la luneta trasera, ahí donde antes iba el perrito que movía la cabeza. Con diarios y caramelos para los pasajeros y hasta decorados con plantas en frascos de vidrio y muñequitos diseminados por el tablero. En general el dueño de ese móvil, que habitualmente es ese modelo de puertas corredizas incomodísimas que nunca llegué a entender bien en qué aventajan a las otras. Ese que me resulta un diseño hecho por la persona equivocada, una que nunca subió a un auto ni trató de bajar de él cargado como una mula mientras debe luchar con una pierna contra esa puerta que se vuelve y siempre se queda a mitad camino.Cuando estoy allí pienso lo mismo que cuando uso alguno de esos modelos de Carefree que me resultan tan incómodos que sospecho están diseñados por un hombre.
El dueño de ese móvil, decía, que seguramente lleva el pelo corto con gel y usa corbatita, es un neurótico que lo confunde con su casa y lleva un termito lleno de café con leche en invierno y de agua con limón en verano.
En el polo opuesto está el gordo roñoso que se hace el que usa el cinturón de seguridad apoyándoselo en la panza pero dejándolo suelto, tiene los pantalones arremangados hasta la rodilla, un paquete de galletitas o una bolsa con cuernitos de grasa abiertos en el asiento del acompañante junto con una toalla sucia y unos diarios viejos. Una botella de gaseosa por la mitad, tumbada entre las butacas delanteras. Su auto tiene los tapizados sucios y llenos de manchas, hay un olor mezcla de naipe usado y pelo sucio en todas partes y cuando entrás o salís, al abrir las puertas ves que el Renault 12 supo ser colorado en sus tiempos mozos.
Entre las cosa que más detesto dentro del auto están el humo y la música fuerte. Con el primero a veces tranzo si el conductor tiene la delicadeza de sacar la mano por la ventana y dejarla así hasta consumir el cigarrillo, sobre todo si recién lo prendió. La música pido que la bajen a partir de un traspié que tuve una tarde cuando yo, que no distingo entre Pácido Domingo y La Mona Giménez, tuve la mala suerte de reconocer la voz de un cantante de rock y, distraída, decírselo al chofer que enseguida se dio vuelta con todos sus tatuajes y sus piercings para mirarme entre sorprendido y encantado. A partir de ese momento, supuse, me consideró una más de su tribu y me hizo escuchar todo un CD del grupo Flema con temas de títulos tan deliciosos como “Más feliz que la mierda”, “Nunca seré policía de provincia ni de Capital”, “Hoy quiero coger” “Maten a su suegra” y el emblemático “Siempre estoy dado vuelta” a un volumen que temí que de repente se me partieran las muelas.
Como soy muy memoriosa suelo reconocer a la gente aún habiéndola visto una sola vez y por escasos minutos lo que no excluye a los choferes de taxi, aunque a ellos sólo pueda verles poco más que la nuca. El colmo de las coincidencias fue haber tomado tres veces el mismo auto en una ciudad del tamaño de Buenos Aires. Si bien no reconocí la cara del conductor en cuestión, sí lo hice con el diálogo porque el chofer volvió a comentar lo mismo que en las oportunidades anteriores: su viaje a España y la experiencia inolvidable de conocer el gorila albino del zoológico de Barcelona,Copito de Nieve, hoy fallecido.
A pesar de tantos viajes y de tantas charlas - queridas o no - dentro de los taxis porteños, queda una pregunta que no puedo responderme y me ha desvelado más de una vez…quisiera saber qué ente público es el que se ocupa de dar las licencias a los choferes y cuáles son sus parámetros a la hora de incorporar nuevos especímenes a la fauna de conductores porque no sólo me he topado con señores casi centenarios que ni ven ni oyen – ni quiero imaginarme qué clase de reflejos les quedarán – sino que hasta me he topado dos veces con hombres con algún problemita menor en las manos, uno de sus principales elementos de trabajo: Al primero le faltaba la derecha y llevaba el muñón cubierto con una media, el segundo la tenía inutilizada, convertida en una especie de pulpo muerto con cinco tentáculos colgantes que, a toda velocidad en la Panamericana, una tarde lluviosa me despertaba un poco de zozobra cada vez que pensaba cómo, y sobre todo, “con qué” iba a reaccionar en caso de tener que pegar el volantazo.