Casi sin darme cuenta de lo que me espera estoy preparando la casa para recibir a la familia en Navidad. Me ilusiona la idea –si fuera española diría que "me hace ilusión" – y es cierto. Me encanta ver a todos alrededor de la mesa con rica comida, velitas, flores, luces por todas partes, árbol y pesebre , guirnalda de piñas y muérdago en la puerta y fotografiarlo todo en un operativo que, aunque no se note, me deja agotada porque siempre lo empiezo tarde demorándome vaya a saber haciendo qué .
La Nochebuena tiene esa característica loca que es que todo el mundo siente que debe tener un lugar a dónde meterse, no vaya a ser que den las doce y pase como con el baile de la silla que cuando para la música, el que no tiene lugar pierde y no puede seguir jugando. Es uno de los pocos momentos en la vida de nuestro pueblo desaprensivo e impuntual en el que todos logramos estar ubicados a tiempo, con la copa en la mano, como para conjurar terribles catástrofes que pudieran caer sobre nosotros si no lo hiciéramos.
Mis preparativos empiezan dos o tres días antes (sin hablar de la compra de regalos que lleva otros tiempos y una concentración y evaluación permanente de ecuanimidad para no crear rivalidades entre los “regalados”)
Lo primero es confirmar lista de comensales para calcular el menú que, en realidad, no representa ningún desafío creativo porque es siempre lo mismo.
En esa maratón de locura navideña callejera entro al super y me propongo – inteligente y más que nada práctica - : Todo lo que se coma el 24 debe resolverse con lo que haya acá. Ni un paso más que implique hacer otra cola. Y con esa premisa compro a velocidad supersónica fruta verde , verdura marchita y carne que sospecho dura y me instalo en la cola con un carro lleno como para una fiesta de cien personas. A cada rato salgo disparada corriendo entre las góndolas porque me pareció que las servilletas blancas de papel no están a la altura de mi festejo y las cambio por otras más caras, con unas campanitas y letras doradas que al final no pongo porque quedan un asco con el mantel de flores.
Como los invitados no caben en nuestra mesa salgo en busca de una extra. Finalmente consigo una puerta vieja (todavía hay que sacarle la manija) y dos caballetes pesadísimos y altos como para pintar el techo de la Capilla Sixtina (no importa, ahí voy a sentar a todos esos jóvenes que crecieron alimentados a chizitos y salchichas de Viena que ahora miden cerca de dos metros). Uno de mis cuñados comete el error de ofrecerme ayuda y yo cometo el error de decirle que sí, que venga temprano a ayudarme a armar las mesas.
El 24 me despierto al alba y empiezo una tarea que no terminará hasta las dos o tres de la mañana cuando el último se haya ido. Quiero organizar las mesas pero mi cuñado no aparece hasta la una de la tarde. Viene acalorado y agotado de no hacer nada, como siempre, no en vano lo habíamos bautizado “el Muerto” porque siempre estaba ahí, inmóvil, pasara lo que pasara. Me pide algo fresco y se lo alcanzo, acompañado por unas papitas fritas a ver si les suben un poco la presión y me ayuda. Yo voy y vengo como una tromba buscando vasos y fuentes y probando candelabros de distintas alturas y floreros improvisados con vasitos de yogur de vidrio mientras lo veo despatarrado en el sofá leyendo el suplemento deportivo del diario. Lo miro de reojo y prefiero no detenerme a pensar qué nivel de participación tiene hoy mi Boba Interior. Si hubiera un reloj para marcarlo, me imagino que la aguja estaría en el sector rojo, como cuando en los submarinos indica que el aparato está por estallar. Pero no es momento de preocuparse porque en las Fiestas se sueltan las Bobas y se hacen una panzada de actividades que nadie les pide y mucho menos, les paga. En estos casos es mejor dejarlas…
Finalmente mi cuñado arrastra los caballetes y juntos subimos la puerta. Ha quedado exánime. Hay que atenderlo. Otra vez algo fresco, ahora una cerveza. Y se la doy, mientras busco un par de aparatos para poner tabletas contra los mosquitos no vaya a ser que alguno contraiga dengue durante la fiesta y me lo dejen en cuarentena.
También preparo un canasto con cosas para mamá que ha decidido que no va a venir y que se queda a comer fideos sola en su casa. El motivo: una especie de soponcio porque mi hermano menor no tuvo mejor idea que abandonar a la familia el 22 de diciembre. En vez de ayudarme con la divorciada y sus hijos se encierra en su casa y con voz de mártir me pregunta si voy a ir a misa el 24
- A misa voy a ir el 23- le respondo
- Pero el 23 no vale –me contesta- Se va el 24 o el 25.
- No valdrá para Navidad, pero yo voy a ir el 23 para pedir que me de paciencia para el 24…le contesto y le sugiero que para no estar sola que invite a su vecina Amanda que es revolucionaria y atea y le encantan los turrones.
Cada uno traerá algo para comer pero como yo no confío del todo, ante el temor de que pasen hambre cocino por partida doble los mismos piononos con jamón y palmitos, ensaladas, huevos rellenos (hay gente que se desespera si no los ve) y ensaladas de fruta que pedí, segura de que después me voy a pasar comiendo restos una semana seguida. Dedico un poco más de tiempo al Vitel Thoné , otro clásico que no puede faltar. Confieso que para el momento en que me toca cortar las rebanadas finitas del peceto ya siento como unas oleadas de mal humor que me preocupan. En ese momento mi cuñado, el Muerto, me llama por teléfono para sugerirme que prepare una cosa riquísima que tomó una vez en Suiza: un vino caliente con especias, miel y frutas. – “Qué buena idea! Ya voy” contesto pensando en que no hay miel, en que si tengo que cortar una sola banana más me vuelvo loca. Vino caliente…con 35°C! Si quiere que ponga una botella de Resero en el microondas y se la tome toda.
Una de mis hijas me anuncia que invitó a Melisa, su compañera de trabajo y a su mamá, a quienes no conocemos. Le dieron pena porque se quedaron sin pasajes para ir a General Pico.
El teléfono suena de nuevo. Atiendo y me siento un rato para tomarme un café y una aspirina porque estoy muerta y me duelen las piernas. Esta vez es mi prima Fernanda que la sacó fácil porque le tocó traer pan dulce. Apenas la oigo por el ruido de los secadores, está en la peluquería. Quiere saber qué me voy a poner esta noche.
- Me voy a quedar así - le contesto (en realidad así, así, no porque estoy impresentable con el pelo sucio y pantuflas chorreadas, pero así más o menos “casual”, pienso)
- Ah, noooo! Ponete linda, arreglémonos todas, que nos vean divinas¿Porqué no te ponés el top strapless blanco con esas piedritas y el pantalón marrón de seda que te quedaba bárbaro …?
- ¿Y no querés que en vez del pantalón marrón me ponga un conchero y tacos fiebre para atender la cocina y amenizar la noche?
Finalmente las mesas están puestas, armadas, disimulados los defectos y los restos de juegos de platos y copas distintos dispuestos con gracia para que parezcan de un boliche de Palermo.
Los invitados van llegando de punta en blanco, llenos de fuentes y de paquetes que ponen alrededor del árbol (con mi hija mayor sacrificamos dos regalos para darles a Melisa y a su madre)
Mi hermano menor, el que se escapó de la casa llama desde Mar de las Pampas para saludarme como si no pasara nada. Me escondo con el teléfono para que mi cuñada, que parece que acaba de enviudar, no se entere. Atrás se oye música y un ruido infernal. No da la sensación de estar sufriendo mucho…
Uno de los últimos en aparecer es el Muerto. Me dice que trae una sorpresa (pienso que es el vino caliente) ¡No!...trajo un arsenal de pirotecnia y la va a tirar desde MI balcón. Encima son todos esos petardos y rompe portones que aterran animales y no tienen ninguna gracia, como él. Decido contenerme y no decir nada.Respiro profundo: Noche de Paz…Noche de Amor…Mando a mis sobrinos a drogar al perro y a hacerle una cuchita en el baño mientras, precavida, busco la dirección del Hospital Santa Lucía. Es que al Muerto lo conozco de sobra.

