estadisticas

martes, 13 de abril de 2010

Amanecer de un día Agitado


A veces las cosas pasan al mismo tiempo: en la casa nueva están pintando, plastificando (un brillo descomunal que a mi madre, tan adepta a la cera, le parece de un horror indescriptible, pero a mí, que reconozco que la mía es una familia bastante sucia, me resulta el colmo de la practicidad) y limpiando a fondo placares y alacenas para recibir nuestros enseres en pocos días.
En la vieja hay pilas de canastos de mimbre naranja hasta en el baño para llenar siguiendo las instrucciones del encargado de la empresa de mudanzas que elegimos cuidadosamente de la oferta inmensa de la Guía Amarilla. Desde ya que elegimos por precio pero también por nombre, que dice mucho.”La Mudancera” no nos gustó porque nos sonaba nombre de baile, como la jota o la lambada, “El Chiche de Gascón”, demasiado llamativo, “La Niña Caprichosa”, una zarzuela, “Verga Hermanos", ni hace falta aclararlo, “Flete El Rodri”, muy poco para nuestro nivel, el nombre “Mudanzas Paco” un nombre pobre, como inventado. Finalmente, asesorados por el portero del edificio optamos por “La Nueva Fe” que era misma que, atinadamente, habían usado los Bassi, unos vecinos que acababan de pasar de ateos a Evangelistas.
Al principio la cantidad de canastos me pareció propia de un desvarío del que vino a evaluar mis pocas posesiones y fui dejando la tarea para el final, creyéndola fácil, pero cuando empezamos a abrir roperos, cajones, descolgar cortinas, y a vaciar estanterías, pensé iba a necesitar el doble.
Bajar a la baulera fue una aventura que me hizo recordar, de muy mala manera, a esa prima que me la llenó de cajas y de muebles cuando se fue por tres meses a Islandia y nunca más volvió. Fue encontrar cosas que creí perdidas como un juego de canillas sin uso, o una valija que me pasé reclamando a mis hermanos, una guitarra eléctrica, la primera patineta de mis hijos o unas cañas de pescar que no tenía ni idea de quién eran. Empezó en ese momento un Festival del Embalaje donde a pesar de haber puesto cartelitos de “cocina” “baño” “cuarto chicos” en los canastos, logré combinar las cosas más dispares bajo los títulos menos apropiados. Las lámparas sobresalen de todas partes y las pantallas te parecen decididamente una porquería con la que no vas a poder convivir nunca más. La única solución es tirarlas a la basura. Estás a punto de empezar una vida nueva. Y querés cosas nuevas: basta de vejestorios, basta de adornos que se lustren, pocos elementos y con mucha onda, ¡viva el minimalismo!
- Me harté de bargueño enorme, no lo quiero más – le digo a mi hermana que pasó a visitarme.
- ¡Con lo que jodiste para que te lo dieran! ¡Era de mamá!
- Si, ¿y? Bueno, ahora no lo quiero. Llevátelo vos, si te gusta.
- ¿ Y dónde querés que lo ponga? ¿No viste mi casa? A vos te cabe, guardalo para los chicos, para cuando tengan las suyas, les va a gustar, si es vintage…
- Vintage no, miralo bien, es un asco, además está apolillado.
Y así voy regalando y tirando cosas para alivianar la carga del día siguiente.

A las seis de la mañana llegan, llenos de energía, los muchachos de La Nueva Fe. Hay que guardar rápido hasta la última cucharita que usaste en el desayuno porque los cuatro morochos fornidos que irrumpen en el departamento no tienen tiempo para perder y arrasan con todo lo que les pongas adelante. Trato de organizarlos. Pocas veces está una rodeada de tanta desobediencia…¡y de tanta testosterona!. En el ascensor bajo cara a cara con uno de ellos. La escena podría ser interpretada de varias maneras. El, transpirado, con el torso desnudo y una remera enroscada en la cabeza como un turbante se apoya en un colchón y sonríe. Yo trato de evitar tanta cercanía pero no puedo lograrlo. Atrás tengo una heladera que casi no me deja mover y me estoy clavando una punta de la percha-valet. El lleva un microondas en la mano. Yo, una cajita con las copas buenas que quiero salvar de esa turba que revolea los canastos y las cómodas como si fueran de madera balsa. El baja todo y lo sube al camión. Yo me acerco al auto mientras saludo al encargado que enjabona la vereda. Y me patino. Y me caigo. Y, colaborando con el minimalismo al que tanto aspiro, me quedo sin copas.
Vuelvo a subir para controlar el último paso de la primera fase: el traslado de nuestro bien más preciado: la televisión -la única cosa que mi marido se dedicó a embalar con cuidado obsesivo, en su caja original, envuelta con plástico de globitos, y con todos sus manuales y controles remotos en otra caja. El “Kit completo Mundial 2010” que no debe faltar en el bolsillo del caballero - Ni bien me acerco al dormitorio para ver sacar ese invaluable sarcófago egipcio que lleva la tele veo algo que se arrastra por el piso de la cocina. ¡La tortuga! ¡Me la estaba olvidando!¿Y ahora? Ya no se dónde poner nada más, no hay lugar en ninguna parte, me quiero ir de esa casa y el camión se está yendo. La levanto con un poco de impresión y al pasar por la ventana reacciono con primitivismo, pienso “es ella o yo”, y deseándole mejor vida en la naturaleza que en un balcón la tiro al jardín de la Planta Baja segura de que el caparazón la protegerá del golpe. Dos segundos más tarde, llena de culpa, bajo la escalera como una representante de Greenpeace que arriesga su vida para salvar a los quelonios de sus depredadores, al rescate de Lucrecia que aterrizó en un cantero de clivias y me mira con esa cara de nada que tienen las tortugas que, por suerte, le impide expresar su odio.

Media hora más tarde, el camión de La Nueva Fe estaciona frente a nuestro nuevo domicilio para empezar a descargar todo con la misma velocidad y delicadeza con que lo subieron mientras yo grito, susurro y gimo pidiendo, inútilmente, que no me rayen el piso ni me salten la pintura.
En un minuto me encuentro en un pandemónium de cajas, canastos y objetos y se me ocurre la segunda y brillante idea del día, después de la de tirar la tortuga: vaciar todo para que se lleven los canastos y no tener que convivir con ellos por cuatro o cinco días más, ni volver a padecer a los empleados de la mudadora. Con la ayuda de Betty, la encargada de mi casa anterior y la de Marta, mi amiga prolija (que sufre como un chancho en medio de ese caos) vaciamos el contenido de los canastos y formamos pilas de cosas por todas partes como después de un terremoto.
Como ordenar eso era imposible, decidí sólo armar las camas con sus mesas de luz y lámparas sin pantallas (ya estaba arrepentida de haberlas tirado) y sacar algunos elementos para el desayuno del día siguiente (encontré las tazas junto con una almohada, el colador de la leche y una ojota) y tirarme a descansar de una vez de esa experiencia extrema que había empezado a las cinco de la mañana y parecía no tener fin.
Ya oscurecía cuando sonó el portero eléctrico.
- ¿Quíen es? Pregunté asombrada
- De Cablevisión -
- No, no puede ser para acá – contesté
- ¿Ahí no es la Familia Salinas?
- Si…¿pero quién los llamó?-
- Acá tengo un pedido del señor… Felipe Salinas…
- Ahhhh…- contesté casi sin aliento y abrí la puerta.
El chico de Cablevisión desembala nuestro tesoro y me pide los cables.(Tengo que llamar a Felipe para que me diga a dónde los puso.)
- En una caja, ahí con la tele. ¿Porqué me lo preguntás?
-¡Porque ya están acá para conectarla!¿Pero vos viste cuantas cajas hay?¡Son como setecientas!¿Es una caja cómo? ¿de zapatos?¿de pizza?¿de qué mierda?
- ¿Están ahí? ¡qué suerte porque esta noche juegan River- Colón! Deciles que me aguanten que voy para allá.
Con las últimas energías que me quedaban levanté el teléfono y pedí empanadas.
- Esto es muy fácil, señora – insistía el chico de Cablevisión – tiene que aprender, ve: aprieta acá, siempre en “TV”, después va al “Menú” y busca…
- Pará , por favor. Si no querés que me ponga a llorar acá mismo no trates de explicarme como funciona eso – le contesté sintiéndome ese pasajero de las películas de cine catástrofe que, aterrorizado, escucha las instrucciones de la torre de control para hacer lo que jamás soñó: aterrizar un avión gigante y salvar a los trescientos pasajeros de un vuelo donde el piloto se murió por comer gulash en mal estado – Ya viene mi marido- contesté y apartando con el pie la colección de El Gráfico para un lado y la caja del Scrabble para el otro, lo dejé con sus conexiones.
No sólo vino mi marido sino que aparecieron mis hijos y participaron del “Operación TV” que finalmente terminó con ellos, chico- de- Cablevisión-entusiasta- riverplatense incluído, comiendo empanadas despatarrados por el piso, mirando River- Colón, yo durmiendo en una silla hamaca y la sobreviviente Lucrecia, con su cara de nada, comiendo una hoja de lechuga que vaya a saber de dónde había salido, todos juntos, estrenando casa.

7 comentarios:

  1. Hola¡
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    Ana

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  2. Querida Lucita, después de tres mudanzas en un año no puedo más que sentirme retratada en semejante dislate...y para la próxima mudanza si lograste sobrevivir a esta, te recomiendo que no te dejes llevar por los nombres... Verga Hermanos es lo más!!!!!!!!!!!!!!!!! y sin Viagra...jeeeeeeeeeeeeee

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  3. Uf¡¡ qué lío es una mudanza, bueno tengo dolor de cabeza después de haber leído la historia. Muy buena, je :)

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  4. a tu prima, la que te clavó con los bagayos, le debe estar cayendo todo el humo negro de la nube islandesa encima...

    justicia volcánica!

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  5. Ayy!! Así son las mudanzas, así! Me hiciste acordar a mi última, terminé comiendo un sanguche de milanesa que compramos con mamá en el camino a la nueva casa...

    Te busqué en el Ateneo de Tucumán y no te econtaron... te habían tenido en la mesa hasta hacía unos días y la chica de la tarde no sabía dónde te había guardado la de la mañana. Dijeron que me iban a hablar cuando te encuentren. :)

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  6. lloré de la risa!!!!!!!!!!

    muy bueno!!!
    besos a Lucrecia!!!!!!

    y todos uds también
    eso sí, besos de hada!!! =)

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  7. Pasá y mirá: http://valebecker90.blogspot.com/

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