- ¡Con todo eso que publicás en Internet tenés que hacer un libro!- Me decía una y otra vez la entusiasta Micaela Serrano, mi amiga del Facebook, por la Bandeja de Mensajes- ¡Dale, que está buenísimo, así lo va a leer mucho más gente!-
Micaela no sabía lo que estaba haciendo. Había sembrado en mí, hasta entonces una mujer discreta y de bajo perfil, la semilla del deseo de fama y del narcisismo tardío.
Pocos días tardé en revisar mi material encantada con la idea de ver mi producto sobre la mesa de una librería y sin demorarme en analizar demasiado lo que tenía por delante (porque no tenía ni idea de lo complicado que era), me lancé sola sabiendo que ninguna editorial iba a apoyar a una desconocida, a responder mis mails ni leer mis manuscritos, a la producción de mi libro de relatos y crónicas. Me esperaban una cantidad de obstáculos para sortear que, de haberlo sabido, hubiera evitado a toda costa, quedándome nada más que con mi discreto blog, ideal para alguien como yo, naturalmente inclinado a la pereza. Cada ítem se presentó como un desafío. Navegué sin brújula por aguas desconocidas pero con curiosidad y, en un principio hasta diría, con dedicación absoluta.
El Contenido: parecía lo más simple porque casi tenía todo el material pero no. Ni bien supe que iba a ser publicado me surgió un temperamento crítico hiper exigente que me hizo borrar la mitad de todo y reescribir gran parte del resto. Nada me resultaba suficientemente interesante y muchos menos, divertido. Cuanto más leía, peor era. Además, sin ninguna ayuda ni consejo, tuve que decidir, por ejemplo, cuál relato iría antes de cuál otro para lograr un efecto más compacto y que el lector- si es que finalmente había alguno – quedara con ganas de más. Lo hice atropelladamente y a tientas. Casi como todo en la vida.
Las tapas: la idea del diseño la tuve clara desde el principio, hasta el momento en que la vi plasmada. Entonces no me gustó. Nada tenía que ver con lo que decían mis textos. Más tarde descubrí porqué: ningún diseñador lee de qué se trata lo que está por ilustrar y así, guiados sólo por el título y en esos estados de conciencia alterada en donde su arte debe primar por sobre todo, llegan a unas interpretaciones alucinatorias que terminan por convertir la tapa de un libro de economía en un afiche del Orgullo Gay. De nada servía que les hiciera dibujitos ni les diera explicaciones entusiastas, ellos me miraban mudos, con un cierto desdén, hasta que me cansé y los dejé hacer libremente mientras los encomendaba a Nuestra Señora del Illustrator, que, debo reconocer, los ayudó bastante.
Las Solapas: de las solapas me había olvidado por completo pero me pareció bonito ponerlas porque el libro resulta más armado y además, los buenos las tienen. ¿Qué se pone en una solapa? Me pregunté, y fui a mirar a mi biblioteca. Fotos del autor, una biografía corta pero que enumere sus premios y su actividad docente aquí y en el extranjero, una breve síntesis de su obra o, en su defecto, otros títulos de la misma editorial. Poco de eso tenía: mi biografía, corta o larga, no pertenecía mundo de la literatura por lo que había que tacharla de entrada. Mi obra no alcanzaba ni para breve síntesis, ni podía poner que había dado seminarios en la Sorbonne ni conferencias en Méjico. Otros títulos de la Editorial no pensaba promocionar para que los leyeran en vez de a mí…lo único que faltaba ¡con el trabajo que me estaba tomando! A esa altura sólo tenía la foto, que igual tuve que sacarme de nuevo porque descubrí que en la buena estaba bizca y en la que tenía bien los ojos, estaba fuera de foco.
Decidí cortar por lo sano e inventarme un pasado para la solapa de adelante y una lista de obras en preparación, que nadie se atrevería a discutir, para la de la contratapa. ¿Finalmente no era yo una escritora de ficción? Esta vez mi creatividad se había desbordado más allá de los límites del relato. ¿Lo tomarían como un pecado, acaso?
La Contratapa: “Una obra maravillosa, fuera de lo común” afirmó Paul Auster. “Latinoamérica nos sorprende una vez más con un derroche de talento” anunció Le Figaro. “Una narrativa valiente y desgarradora que cambia la mirada sobre el mundo de la mujer” dijo Doris Lessing…Todo esos comentarios que figuran en los buenos libros eran inaccesibles, pero el futuro lector necesita la orientación de alguien respetable. Entonces yo tenía que elegir entre las dos opciones más a mano: poner la crítica estimulante y halagüeña de Mora Furtado o no poner nada. Lo segundo me pareció más serio. Dejé una contratapa casi vacía, con unas hojitas de malvones ilustrando una esquina y un código de barras flotando en la inmensidad que la hacían parecer más un paquete de té orgánico que la contratapa de un libro de relatos.
La Venta: si los avatares de la estética y la creatividad fueron difíciles de sortear, nada peor que la parte comercial que me aguardaba agazapada detrás de mi Solicitud de Monotributo. Los trámites para poder vender mi producto, la AFIP, los Volantes de Pago y esas mujeres que me explicaban una y mil veces cosas que nunca entendía haciéndolo siempre con las mismas palabras, todo se confabulaba para que abandonase la literatura – quizá como un inconsciente y atinado augurio – y volviera a mi casa a seguir revolviendo la polenta.
Después de poner en relativo orden todos esos papeles todavía me quedaba otro escollo que me remontó a la escuela primaria y me dejó ver, más de treinta años después, para qué servían esos problemas de matemática incomprensibles y que me causaban ganas de llorar de desolación y aburrimiento en cuanto la maestra empezaba a dictar: “Si mil libros cuestan mil quinientos pesos ¿A cuánto tengo que vender cada uno para recuperar la inversión inicial. Si quiero obtener una ganancia del 10% ¿Cuál deberá ser el precio de tapa?” Casi me muero. A partir de allí me convertí en una sombra de lo que había sido. Perdí la alegría y la calma y hasta hubo veces en las que, dicen, me encontraron por el barrio desencajada,hablando sola, dando vueltas sin rumbo alrededor de la plaza con una calculadora en la mano. Sentí que toda una estantería de El Ateneo se me caía encima y me aplastaba para evitar que disfrutara del placer de escribir y del reconocimiento del lector. Perdida en un mar de números, remitos, facturas y papel carbónico no tuve otra idea que pedir auxilio a una amiga que con todo su cariño me confeccionó una planilla Excel que terminó de complicarme la vida. Para colmo de males, en mi mente resonaban, como un mantra, las palabras del escritor inglés James Ballard, llenándome de pánico: “Cualquiera puede escribir un libro pero hay que ser un mago para venderlo”….
La Gratificación: pero no todo en la vida son sufrimientos ni padeceres: ver el fruto de nuestro esfuerzo exhibido en una vidriera nos gratifica y nos ilusiona. Saber que se vende nos llena de alegría, pero, sin duda, la mejor recompensa es la sorpresa de abrir nuestro correo electrónico y encontrar un mensaje de alguien desconocido que nos cuenta que lo compró en una librería de Posadas, lo leyó con su familia y se divirtieron juntos como unos enanos. Eso, como diría la publicidad de Master Card: no tiene precio.


yo, después de la experiencia editorial, ajena, donde me lo hicieron todo, soy feliz con mi blog...
ResponderSuprimiraunque ver tus libros por ahí es muy gratificante...a veces
besos
¿Sabés que yo lo pensé? Sí, lo pensé de las dos formas. Pensé que podías escribir un libro, que sin dudas, yo te lo compraría. Y también pensé que yo podía escribir un libro. Claro que también vino de comentarios o mensajes de gente que quería leerme más, que había llorado leyéndome. Sí, yo creo que es el sueño de todo aquel que escribe, publicar un libro algún día. Pero apenas empecé a releer lo que tenía, seleccionar lo que más o menos estaba "mejorcito", ya nada me gustaba, y mi libro podría llegar a contener... 6 páginas con suerte.
ResponderSuprimirDesde que empecé a leerte (muy de casualidad al ver en Facebook que una amiga se había hecho fan de "La Boba se murió". "Por Dios! Qué es esto?!" me pregunte. Y así hice click y así me tenté y así te encontré.) Vuelvo... desde que empecé a leerte te relacioné con Carolina Aguirre, ¿la ubicás? La de Bestiaria. Por las dudas te resumo algo de lo que sé: tenía este blog, Bestiaria, se hizo muy muy famoso (ganó un premio por eso), mucha gente lo leía, decidió sacar un libro, lo sacó, fue un éxito parece, y bueno, después escribió para revistas como Gata Flora, y para algún otro libro. Cuestión... tu escritura me hace acordar a la de ella. Bastante diferente, pero con un no-sé-qué que me hace relacionarlas. Ahora no veo actualizaciones desde hace mucho en su blog... no sé dónde andará... pero bueno, la verdad es que me divertía mucho leyéndola. Me cambiaba el humor, como lo hacés vos ahora. Dicen que cuando una persona se va de nuestra vida siempre llega otra a calmar de alguna forma esa falta. ¿Algo así será? Cuestión, que Bestiaria tenía una cosa así como 100 o 200 comentarios por entrada... ¿llegaremos algún día a eso?
Ah.. y mientras te leía ya me dieron ganas de diseñarte el libro!! Yo te leería antes de hacerlo. Además, ya hice un libro para un práctico de la facu... estudio diseño gráfico. Jeje! No, no me estoy ofreciendo. No soy tan fácil.
Saludos Luz. Y si hay ganas de publicar, que venga el libro!