estadisticas

miércoles, 16 de junio de 2010

¡QUIERO MI BIDET YA!

(Quince días en hoteles de cuarta)





Para algunos la decisión de salir de viaje proviene no sólo de deseos largamente acariciados y de ilusiones alimentadas por la literatura, la Revista Lugares y el Travel Channel sino también de algún hecho fortuito que facilite la concreción de esa aventura y nos empuje a ella.
Mi amiga Mónica fue, en este caso, la beneficiaria de ese golpe de suerte al ganarse dos pasajes a Zurich en un sorteo, por haber tenido el coraje de comerse, con casi 40°C, cerca de veinte porciones de queso Emmenthal en una degustación de productos suizos en la Feria de las Naciones después de haber probado el arenque de Noruega, el chivito cordobés, el licor de Amarula sudafricano, las frituras chinas y hasta un salchichón de puro cerdo croata con nueces y pasas que le detonó ahí mismo y casi la manda directo a la Guardia del Fernández.
Con los vouchers en la mano y el término de un año para realizar el viaje, Mónica se vio obligada a aterrizar sus fantasías y a organizarse para llevarlo a cabo. Invitaría a Popy, su única hija pero como eso no le era suficiente, quiso llevar a una amiga de toda la vida para que la acompañara y, yo creo, para neutralizar el temperamento de ese pequeño Hitler incansable de diecisiete años. Yo fui la elegida después de una larga deliberación entre ellas quizá porque mi espíritu juvenil (muy en decadencia aunque ellas no lo notaran) o mi entusiasmo habitual (también muy mermado) las hubiera hecho creer que yo sería “la alegría de la fiesta” o, lo que es peor, el amortiguador de las tensiones materno filiales.
Sin tener coraje para derribar ese mito (que se derribaría solo con el correr de los días) acepté la invitación con un evidente agrado que me duró hasta que llegué a mi casa, mi refugio de paz, donde me pregunté qué necesidad tenía yo de abandonar ese paraíso, gastar un montón de pesos (ellas tenían los pasajes gratis pero yo no) y hacer diez mil kilómetros para recién después iniciar una alocada maratón entre ruinas, catedrales, museos y piedras que tan tranquilamente podía mirar en Google. No encontré respuesta.
Mónica y Popy organizaron todo y me presentaron el programa que yo seguiría sin oponerme, salvo en el caso de algunos “puntos de interés” a los que, de entrada me había negado a visitar porque no me interesaban en lo más mínimo, empezando por Zurich. Nos encontraríamos en Atenas.
El presupuesto era escaso y, guiadas por las miles de ofertas de Internet elegimos nuestro alojamiento en las ciudades de un recorrido un poco absurdo y pretensioso pero acorde a la intención de Mónica de que su hija tuviera un pantallazo
focalizado en la historia, el arte y la cultura, aunque cediendo a la tentación de agregar alguna paradisíaca playa del Egeo para saciar sus deseos de sol y de mar.
A poco de estudiar las ofertas de los hoteles en Atenas, Santorini , Roma y Sorrento, aprendimos a reconocer las frases engañosas que se repiten hasta el cansancio cuando no hay nada bueno que decir del hotel en cuestión, y que deben ser interpretadas de la siguiente manera:
* “Conexión gratuita de Internet”, léase: no es nada del otro mundo, hay en todos lados u
“Ordenador a disposición de los huéspedes” léase: una computadora vieja con un teclado generalmente duro y roñoso con la mitad de las letras borradas.
* “Desayuno típico Italiano”, léase: café con leche y mediaslunas. Con suerte, un yogur.
* “Desayuno típico griego” , léase: café con leche con mediaslunas. Con suerte, un yogur o un pedazo de queso feta.
* “Ubicado en el ANIMADO BARRIO” de…( o “lively neighbourhood “ depende el idioma, pero con igual sentido), entiéndase que la palabra “animado” no dice - y bien se cuida de hacerlo - en qué aspecto es “animado”, se trata en general de unos sucuchos cerca de las peores plazas o de las estaciones de tren donde la “animación” puede ser que te den un botellazo y tengas que salir corriendo a refugiarte atrás de un volquete de basura o que para llegar a tu cuarto haya que sortear una docena de borrachos vomitando o haciendo pis en la vereda justo en la puerta de tu hotel que es en un tercer piso por escalera.
* “Recientemente renovado” léase: y nunca más limpiado.
* “Simpático” entiéndase: pobre
* “Limpio” entiéndase: nunca lo suficiente para nuestros neuróticos estándares.
Después de todo eso y de ver las fotos que también son más que engañosas (cuidado cuando: de tres fotos del hotel hay: una de la recepción, una de un monumento cercano, como la Fontana de Trevi y otra de un “detalle” como una taza de café humeante con unas facturas tentadoras y un diario doblado…Ténganlo por seguro, ese lugar es un asco “infotografiable” y esa fuente no piensa verse desde ninguna de las ventanas ) decidimos elegir entre aquellos que dijeran palabras como “familiar” “desayuno buffet” aunque también nos equivocamos.
Así fue como Atenas nos tentó con su oferta de un hotel familiar y simpático, regiamente ubicado y con la posibilidad de desayunar por cinco euros cada una (ahí mismo deberíamos haber sospechado) en el “Roof Garden con Vista a la Acrópolis”…¿cómo resistirse a esa propuesta y a lo que la imaginación hacía con esas siete palabras?
- Breakfast?- Dijo la mucama del hotel con una sonrisa mientras limpiaba el hall de nuestro piso.
- Yes, breakfast- contestamos en ese inglés rudimentario y mal pronunciado que usamos para comunicarnos cuando estamos de viaje.
- Up - contestó señalando el ascensor, desatando en nosotras una catarata de imágenes de buen gusto, plantes y flores, de decoraciones acogedoras, olores a panes recién horneados y dulces del Mediterráneo.
-Thank you- agradecimos, y subimos “up”, hacia el Roof Garden hasta toparnos con una escalerita angosta y despintada. Arriba nos esperaba la misma mucama que sólo se había sacado los guantes de goma naranjas para preguntarnos:
- Coffee? Tea?- y reaparecer después con una bandeja con tres tazas, una panera, unos platitos con manteca y dulce, un juguito sospechoso y un huevo duro para cada una que depositó en nuestra mesa, una de las ocho distintas, sin mantel y con diferentes sillas que habían puesto en una terraza techada pero abierta, mal pintada y cruzada por miles de cables desde la que, por cierto, podíamos divisar a lo lejos, entre miles de grúas, la Acrópolis.
Atenas nos llevó cuatro días de trepar escaleras y piedras bajo un sol ardiente, rastrillando cuanto pudiéramos y sin reparar en qué haríamos después con tanta información, hasta desplomarnos por las noches a comer cualquier parte. Popy se encaprichó con la “Noche Griega” y le dejé a su madre el honor de acompañarla a esas tabernas convencida de que yo ya había tenido suficiente de turistas, musakas, mantelitos de cuadros, ruidos y platos rotos.

Casi sin darnos cuenta estuvimos en el avión rumbo a Santorini, o al menos eso creímos entender en esa lengua extrañísima en la que hablaba el comandante ,y que me llevó a pedirle a Dios que no tuvieran que explicarnos nada ante una emergencia porque en ese caso sería mucho más práctico abrir directamente la puerta de emergencia y tirarse con el salvavidas puesto así estuviéramos sobrevolando el monte Athos.
Santorini nos recibió envuelta en brumas que atribuimos a su condición insular. No más llegar al coqueto Hotel Stavros ( dos estrellitas, atendido por sus dueños, una columna frente a la puerta del baño) abandonamos el equipaje y salimos exhaladas a hartarnos de casitas blancas, cúpulas azules, molinos de viento y agua transparente.
Como el día no acompañó mucho (las brumas eran una tormenta feroz) dejamos la playa para el día siguiente y caminamos entre millares de turistas llegados en barcos y aviones, bajamos los quinientos escalones que llevan al pintoresco puerto viejo entre miles de burritos y toneladas de bosta, compramos recuerdos, llegamos hasta Akrotiri para visitar sus ruinas, que estaban cerradas y finalmente nos encaminamos junto con otra multitud a ver la famosa puesta de sol en Oia - una verdadera maravilla de postal - cosa que tampoco pudimos hacer por lo encapotado del cielo.
Bien temprano al día siguiente Popy, insistente, nos despertó para ir a la playa con un entusiasmo que, a esa altura, yo no supe si era de joven o de tonta y nos arrastró a una playa que le había recomendado el dueño del Stavros: inexplicable. Después de dar mil vueltas por la isla viendo todos los paisajes que no salen en las postales, todas las casas feas y todas las antenas de tv satelitales, desembocamos en la playa de Perissa a donde el chofer del ómnibus nos anunció que no regresaría hasta pasada una hora. No hizo falta mucho para darnos cuenta de que una hora en Perissa era como un año en la Isla del Diablo: un desierto, casas y bares cerrados y despintados, nublado con amenaza de lluvia y nosotras tres, al lado de los únicos seres vivientes – una pareja de holandeses – con una lonita en la arena volcánica, rezando para que, al menos, saliera un poco el sol a ver si ese mar de fondo negro nos dejaba ver algo de su famosa transparencia. Tres momias sentadas mirando el horizonte, sin una sola palabra que decir, esperando el regreso del ómnibus hasta que a lo lejos vimos venir una lancha diminuta que hacía el trayecto entre playas. Corrimos descalzas, agitando los brazos, levantando en un minuto nuestros bolsos y ojotas para subirnos no importaba a dónde fuera. Y fue a otra playa, un poco más linda, un poco más concurrida, con unas piedritas redondas, chatas, en colores que iban del negro al blanco y en las que Mónica sonriente y siempre tan creativa y, supongo influenciada por la enorme variedad de souvenirs de la isla, empezó a dibujar con tinta negra unas caritas preciosas, parecidas a las que hace Renata Schussheim y a escribirles del otro lado una leyenda por demás elocuente: “Fuck Santorini!”

3 comentarios:

  1. Por lo menos le puso onda Mónica!! jejee :)
    Te dejo un abrazo.

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  2. me fascinó y por un rato me olvidé de mis quilombos, besos

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