estadisticas

domingo, 25 de julio de 2010

Como las de Mónaco




A veces no puedo creer hasta dónde llega la ceguera de las madres. En especial, claro, cuando oigo a la mía. Cuando le cuento que me pasé una tarde entera riéndome con unas amigas de una foto de hace veinte años en la que estoy más fea que un bicho canasto y se me ocurrió contárselo.
- Pero si estás preciosa…
- Ay mamá! No puedo estar peor…con ese vestido horrible que me diseñé yo, embarazada y con el pelo corto y con permanente que parecía una oveja..
- Pero estabas tan contenta…
-¿contenta porqué?¿Qué tiene qué ver la alegría con el aspecto?
- Porque estabas embarazada…
- Bueno…era el cuarto, estaría contenta, pero era un culo.
- Nooo…la carita era divina…
- Mamá, diez personas no pararon de reírse al verme y vos decís que estaba linda…¡ves que con vos no se puede hablar! Y ella sigue, admirándome, a mí y a mi hermana, diciendo lo monas que somos, lo inteligentes, lo elegantes…falta que nos diga que derrochamos sex appeal y estamos envueltas en un halo de glamour…Yo creí que estaba mal de la cabeza y luché por no dejarme arrastrar por su confusión hasta que finalmente, en su delirio materno aseveró que no teníamos nada que envidiarles a Carolina y a Estefanía de Mónaco (sólo quisiera que me viesen en esa foto pero no tengo el coraje cívico de mostrarla) lo que me dio la pauta clarísima de que era un caso perdido. Sólo le faltaba decir que todo eso era porque salíamos a ella, que era igualita a Grace Kelly.
Después, mientras me alejaba caminando de su casa recordé un artículo que había leído tiempo atrás en donde una conocida psicoanalista, la Dra. Irina Lutsky analizaba las originales vueltas que da el cerebro femenino para acercarse a sus metas valiéndose de cualquier método o excusa. Quizá, pensé yo, sea esa capacidad especial para tergiversar la realidad, para ver ciertas cosas de manera algo diferente de como son, lo que nos ayude a sobrellevar otras cuestiones a la larga y nos haga perseguir imposibles con una tenacidad y un entusiasmo absurdos que no sabemos ni de dónde nos salen y que posiblemente no usemos para nada útil en esta vida. A lo mejor no se trate sólo de las madres sino de las mujeres en general ¿Cómo podemos creer en algunas afirmaciones que para otros no son más que obvias trampas para incautos? ¿Cómo puedo pasarme meses ahorrando para ir al consultorio de un señor que salió en la tele que te hace dejar de fumar en diez minutos? Y no sólo a mí me entusiasma, a mi amiga Paula también, y lo que es peor, ella juntó peso sobre peso, trabajando horas extra los fines de semana en un negocio helado en el que no entraba nadie, y fue. Cuando llegó al “consultorio” de la calle Bartolomé Mitre - un departamento viejo, de iluminación pobre, papel de los ´80 marrón y beige con toques plateados, puertas con un envarillado “beigecito”- la atendió la secretaria y la hizo tomar asiento. La secretaria llevaba calzas negras, un suéter largo verde loro, tacos de diez centímetros y una trenza que salía de un costado de la cabeza, llena de gel que parecía de mármol. Taconeando caminó hasta su escritorio y volvió a la computadora en la que estaba jugando al Tetris. Mientras esperaba, Paula se puso a ojear unas revistas Paparazzi a las que les faltaban las tapas y en las hojas con bordes enrulados de tanto pasarlas sólo podía leer unas noticias que ya conocía de memoria. Y ella todavía creía que estaba por conocer al hombre que acabaría de una vez por todas con su vicio…
Minutos después salió otra “paciente” y a ella le fue ordenado entrar a entrevistarse con el Dr.Aldo, así, sin apellido. Mal síntoma. Alarmante, diría yo, pero cuando nosotras queremos algo, y creemos en ello, no nos detendríamos ni aunque el doctor se llamara Frankenstein.
El Dr. Aldo tenía unos cuarenta y ocho años y estaba sentado en su escritorio tomado algo que ella no olvidaría más: un vasito de vidrio con un líquido color té cubierto con varios papelitos rosas, celestes y amarillitos de un taco para dejar notas, que estaban pegados al vaso con miles de vueltas de cinta adhesiva y perforados en el medio de dónde salía una pajita de la cual él sorbía como un mate. Al ver semejante asquerosidad quedó perpleja y obedeció sin darse cuenta las instrucciones de quitarse la ropa, acto que no tenía nada que ver con la curación a la que iba a ser sometida. Aldo, simulando unos pases mágicos y unas artes orientales, la tocó una y mil veces y le dijo que estaba curada, que ya era una mujer nueva, que no volvería a fumar ni a tener ese aliento a bandoneonista. Paula, atribulada, y con un poco de vergüenza por lo del aliento, se vistió lo más rápido que pudo, entró a la sala de espera y pagó la consulta con todos sus ahorros. Lo único que quería era salir de ese lugar. Bajó tan nerviosa los cinco pisos por la escalera que al llegar a la calle se detuvo para calmarse de la única manera que se le ocurrió: fumándose cuatro cigarrillos seguidos, uno tras otro, volviendo a ser la misma fumadora compulsiva de siempre, y mucho más pobre. Cuando nos lo contó no podíamos creerle. Como tampoco podíamos creer la historia de Laura , esa misma tarde de confesiones, contando de qué manera tan artera Santiago le había anunciado que la dejaba después de tantos años:
-Te quiero contar algo, vamos a comer- le había dicho por teléfono y ella, entusiasmada hasta había querido pasar por la casa para cambiarse y arreglarse un poco.
- No, así está bien, tengo poco tiempo. Te espero en el Mc Donald´s.
El Mc Donald´s no era el mejor lugar para un encuentro romántico, al menos a los cuarenta y cinco años, pero bueno, él era un tipo raro, y a los tipos raros una les perdona todo. Lo vio desde la calle tomando café y medialunas. Ella tenía frío y no había almorzado y prefirió romper un poco su dieta eterna de calabaza y ensalada y encargar un portentoso Mc Menú, así que hizo la cola en la caja entre miles de escolares en vacaciones que le pisaban los pies y le apoyaban las bandejas pringosas contra la ropa, pagó su comida y se la llevó a la mesa. Ni bien hubo tragado el primer bocado, él hizo público su anuncio
- Mirá, Lauri, te quería decir que conocí a otra persona .Esto nuestro hace tiempo que no funciona, vos lo sabés.
No oyó más. Si algo tenía claro era que ella no lo sabía. Ni lo sabía ni se lo imaginaba (así como cuando queremos creer, creemos, cuando no queremos ver no hay quien nos los lo demuestre) Sintió como una patada en el pecho, tuvo ganas de vomitar, de tirarle por la cabeza el Mc café, las Mc medialunas y todo lo que tuviera a mano y mandarlo a gritos a la Mc puta madre que lo Mc parió. Pero pudo recomponerse aunque fuera unos instantes para levantarse, contener las lágrimas y hacer que sin querer se le caía toda la Fanta encima de esos pantalones grises que ella misma le había regalado, antes de salir a llorar a la vereda tapándose la cara con las manos impregnadas de ese olor inconfundible y nauseabundo a hamburguesa con pickles. No podía creer que a esa edad le estuviera pasando eso: que para dejarla la citaran, que la citaran en ese lugar deprimente y que encima coronaran esa estrategia macabra con un acto digno del roñoso amarrete, desconsiderado, hijo de puta que siempre había sido (¡qué “raro” ni “raro”!) sometiéndola a lo que más le dolió, la peor humillación por la que un hombre puede hacer pasar a una mujer a la que está abandonando: hacerla pagarse su propio y lamentable Mc Menú.

2 comentarios:

  1. Hola Liz cuando terminaba de escribir un comentario a tu post, puf, se cortó internet...bue cosas de todos los días. Muy buena la nota, excelente como siempre, mezcla de ironía, comicidad y suprema realidad. Te dejo un Mc abrazo, ja- Graciela-Boticaria.

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  2. Las madres siempre serán madres, y es mejor que te digan eso a que cuando te ponés a mirar fotos de pasado te digan : "¿Viste? yo te decía que estabas gorda redonda, pero vos no me hacías caso y seguías comiendo papas fritas".
    Lo del Mc, que mala suerte tu amiga, con un poquito más de pata iban justo a uno donde había un vidrio en la hamburguesa y el tipo caía desplomado en la mesa como mandato divino. ¿Viste que cada tanto pasan esas cosas en la cadena de las lombrices?
    Me gusta mucho como escribís. Me maté de risa con tu ironía. Saludos. Mariana

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