
Me quise hacer la original y no tocar el tema. No pude. Es imposible evitar ese campo magnético con forma de N°5 que nos envuelve de un tiempo a esta parte. Ningún tema en este mes es más importante que el fútbol, pase lo que pase. Los gobiernos aprovechan para sacar decretos increíbles, las novias tímidas se atreven a dejar a sus novios sin que ellos se den prácticamente cuenta, las mujeres podemos contarles a nuestros maridos que les destrozamos el tren delantero del auto cayéndonos a una zanja sin que la sangre llegue al río, a condición, eso sí, de que nos ocupemos de hacerlo arreglar y devolverlo impecable a la semana siguiente, mientras ellos siguen con la mirada fija en la pantalla analizando cada movimiento de Nwankwo Kanu, de Souleymanou Hamidou o de toda esa gente con nombres rarísimos que ellos han aprendido con la misma facilidad que si se llamaran Juan Pérez.
El bar de la esquina, mi refugio de todos los días, ha perdido su ambiente calmo y se ha convertido en una especie de tribuna enardecida que me saca a cada rato de mis cavilaciones con los UHHH!!! y los AAAAAHHHH!!!! que hasta se escapan de las bocas de unas señoras que no saben si esos negritos simpáticos (creo que ni siquiera saben que son once ) son brasileros o de Costa de Marfil, si el arquero es el que está vestido de amarillo o es un señor que levanta una banderita cada tanto. No importa. Todos podemos opinar, y lo que es mejor, todas. Eso sí, cada uno de acuerdo con lo que le interese, con lo que esté mirando.
- Vos fijate, le decía un hombre a su padre mientras miraban Holanda – Brasil - todos los goles a la espalda de los dos centrales- o algo así, y el padre respondía otra cosa encriptada e indescifrable pero claramente relativa a la técnica del equipo y se entendían a la perfección.
-¿Quién juega? Preguntó mi vecina de mesa al mozo que, disimulando su desprecio le contestó sin mirarla
- Brasil – Holanda - y siguió embelezado en el partido.
- ¡Holanda! ¿Estará Máxima?- dijo la mujer a su amiga en el momento en que un gol de Brasil hacía estallar el boliche y un brasilero de envidiable sonrisa gesticulaba y gritaba con esa espontaneidad y esa alegría con la que sólo se gritan los goles.
- ¡Qué buenos dientes tiene el negro! Comentó la señora a su amiga que era bastante más joven y que mirando la pantalla concentradísima agregó
- ¡Y esas remeritas apretadas cuánto mejor les quedan!
Así siguieron mientras yo me ponía el tapado y salía a la calle pensando en el fútbol…pero no en ese, el de los mundiales, el que cada cuatro años nos sacude como una convulsión y así como viene se va. Me quedé pensando en el fútbol de todos los días, de los fines de semana, de Futbol de Primera, en el que alimenta esa pasión,el que se mira y se estudia, en el deleite que provoca, en el universo de temas que lo componen: desde el álbum de figuritas que le compramos a nuestros hijos, al partido solteros contra casados, El Gráfico, el Torneo Apertura y el Clausura pero también el Brasileirao, el Torneo Carioca y el Paulista y las copas y las ligas y el descenso y el ascenso y el Libro de Pases, y un mundo casi incomprensible y misterioso que ofrece casi todo lo que un hombre pueda desear. El fútbol que se vive en mi casa. El que me hizo sentir un poco despectiva cuando vi, hace poco, a mi marido y a mi hijo mirando un partido del 94 como quien lee una enciclopedia y diciendo que “entonces Argentina tenía un equipazo” ¡Pobres! Pensé. ¡Qué limitados, un partido del 94!¿Cómo pueden ver de nuevo un partido con más de diez años? ( Ya se que los estoy predisponiendo en mi contra pero sigan leyendo) ¿Me gustaría saber cuánto puede eso tener de bello y de atractivo para dejarlos en ese estado de trance? ¿Cuántas veces hace falta mirarlo si ya lo han visto cien veces cada uno? Pensaba con un gestito de superada imbancable ante la ignorancia ajena (que por suerte no vieron porque estaban absortos en su tema)
De repente, como un hachazo en medio del cerebro apareció una imagen más que familiar: con un pañuelito de papel yo, secándome las lágrimas mientras miro por décima vez la escena final de Notting Hill cuando él va a la conferencia de prensa y le dice que la ama. ¿No me encanta verla y, encima, llorar? Yo también se el final y los diálogos casi de memoria como ellos saben los resultados y las jugadas. ¿No me instalo deleitada en el sofá a ver Africa Mía cada vez que la encuentro en la tele aunque la haya visto cuatrocientas veces? ¿No soy capaz de mirar un desfile de Armani o de Gaultier tres veces seguidas disfrutando de esos desbordes de creatividad? De chicos ¿no nos gusta que nos cuenten el mismo cuento una y mil veces sin ninguna variación? En todos los casos no hacemos más que entregarnos a algo placentero y seguro – porque ya sabemos el final – como quién oye de nuevo una de sus canciones preferidas.¿Qué tiene de malo?
Ellos seguían juntos, mirando ese partido viejo de la Selección 94, haciendo comentarios y anticipando que ahora viene la chilena de Fulano o que Mengano se erra un golazo por culpa de Zultano o lamentándose por un penal que no cobraron.
Entonces me di cuenta de que estaba equivocada y cambié la carita sobradora. Y es más, les llevé café y un alfajor a cada uno para que lo disfrutaran tranquilos. Pero eso si: no me quedé a mirarlo. No porque no me guste ver cosas repetidas, lo que pasa es que en la otra tele estaba por empezar Los Puentes de Madison y me gusta mucho la escena en la que ella se prueba el vestido nuevo.


Cada dia escribes mejor. No me extraña que en tu familia te adoren, aunque sigan viendo el partido del 94. Me falto una referencia a cualquiera de las mil escenas y personajes fantasticos de Pretty Woman.
ResponderSuprimiruuuuyyyy ! es cierto! Gracias...me encanta la escena de cuando ella llora en la Opéra...(yo también aprovecho para llorar un poco,jajaj)
ResponderSuprimirMuuuy cierto!! Cada uno con lo suyo! En casa es igual, mi hermano se ve los partidos de antaño, cuando él no existía una y otra vez, y yo releo citas de algún libro, o en la parte que agarre Forrest Gump en la tele, siempre me quedo viéndola...
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