estadisticas

domingo, 5 de septiembre de 2010

CORTELIS// "Vida de Coleccionista"


Sin darme cuenta me convertí en coleccionista. Por curiosa. Por meterme en lugares de venta de cosas usadas y de porquerías. Así paseo por el Mercado de Pulgas de Dorrego con mi amiga Lucrecia. Vamos buscando fotos antiguas…y viejas. Cada una a la caza de distintas temáticas. Afuera diluvia y en los pasillos se hacen algunos charcos. Un viento helado se cuela por todas partes como si estuviéramos en la plaza de Caleta Olivia. Yo casi no siento los pies aunque, precavida, me puse unas botitas de goma muy modernas con flores estampadas. Secos están, eso si, pero no me sirve de mucho porque no los siento, pareciera que las piernas se me terminan en las rodillas.
- ¡Mirá que nosotras nos divertimos barato! – me dice Lucrecia revisando una pila de fotos de los años cuarenta.
- Bueno, tan barato no te creas, si mi marido supiera lo que termino pagando al salir de acá con todos estos “descubrimientos”, se mata – le contesto ensimismada en el álbum de una fiesta de quince de 1962 con vestidos brillantes y batidos de pelo como cascos de moto.
Una sentada en un banquito y la otra en un baúl viejo nos entregamos a revisar miles de imágenes, abstraídas del mundo. Dan para pensar infinidad de cosas. Ella, filosófica y romántica se imagina las historias de las parejas, de las familias y de las “madres con hijos” que colecciona. Yo tengo tres temas predilectos: gente en la playa, gente con autos y gente disfrazada.
Hay ciertas fotografías que se repiten, temas que reaparecen en todas las épocas: las vacaciones (la playa es la preferida seguida por las sierras y los viajes al extranjero, aunque de estos haya más postales que fotos) y la llegada del progreso y la modernidad reflejada en el gran número de imágenes de diques – que por lo visto después tiraban a la basura porque, convengamos, no hay nada más aburrido que la foto de un dique - y de gente con autos. ¿Quién no se compró un auto y se sacó, orgulloso, una foto con él?
Hay algo muy conmovedor en rescatar una foto de esa especie de limbo que le ha tocado, porque ni la guardaron ni la destruyeron, quedó allí en esa tierra de nadie que son los mercados de pulgas, a merced de desconocidos. Me deprime el olvido y a los dos minutos me alegra (como me suele pasar con esa doble interpretación que hago siempre de los hechos que me lleva a grandes confusiones) llevármelos para darles otra oportunidad de vivir, a ellos, que seguramente estarán todos muertos. A ellos que no tendrán ni idea que no me pude contener al descubrirlos vestidos de charritos en esa foto coloreada, o que no dejé de reírme mirándolos sumergidos en la pileta del balneario Epecuén con esas vestimentas y esos sombreros.
Tres horas después salimos exultantes, congeladas y con las manos llenas de mugre. Nuestros tesoros envueltos, guardados en la cartera. Los frutos de nuestra expedición de coleccionistas de cabotaje a salvo de la lluvia.

2 comentarios:

  1. Muy bonitos tus tesoros. Comparto lo de la trizteza y el olvido. No sé, me da cosa pensar que en unos 40 años alguien puede comprar una foto mía disfrazada de paisana en un mercado de pulgas.
    Está bueno tu hobbie. Saludos

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  2. Soy un insensible y un bestia, seguro, pero no alcanzo a ver qué tiene de llamativo ver y coleccionar fotos viejas de gente, con las que no has mantenido relación luego sin un significado sentimental, como no sea observar cómo ha evolucionado la moda o la decoración o la técnica fotográfica, pero parece que eso no es lo que te mueve.
    Quizá los escritores fabuléis historias a partir de ellas, pero igual que os puede llamar la atención el color de una piedra y remontaros al big bang o la forma de una nube y no os la lleváis a casa.
    o si?
    ya sé, demuestro el mismo lirismo que el cordón de un zapato por eso me asomo por aquí

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