Las mascotas no representaron un tema menor en mi familia. Desde muy chicos, durante muchos años mis hijos se sintieron atraídos por cualquier tipo de ser vivo que no fuera un humano, cosa que acarreó muchos sobresaltos y sinsabores a la vida cotidiana.
Empezaron con animales pequeños de jaula, de pecera o simplemente de caja de cartón como los seis pollitos de colores que trajeron de la Exposición Rural que venían con su bolsita de alpiste. Con eso ensuciaron toda la casa, además de liberar a las aves para que se sintieran más cómodas circulando por todas partes sin entender – ni ellas ni ellos – que había lugares específicos para hacer sus necesidades. Con el entusiasmo de la crianza el alpiste resultó poco enseguida o, mejor dicho, hubiera sido suficiente para más tiempo pero la ansiedad infantil hizo que se acabara pronto ocasionado las primeras bajas. Después vino una dieta más variada hasta que, frente a una alacena y una heladera vacías incorporaron la palta que, con sus aceites, liquidó al resto de los pollos.
Hubo también una inmensa tortuga de tierra que alguien les había traído de regalo en pleno invierno, medio dormida. Con la losa radiante, despertó llena de energía y con unas patas arrugadas y gigantes para lo que uno espera de esos animales y un cogote que se estiraba demasiado empezó a circular por el departamento a una velocidad bastante considerable y a comer como una lima. Después de haber observado la vida del animal desde todos los ángulos un día decidieron que la harían nadar.
- Esta es una tortuga de tierra, chicos. Las tortugas de tierra no nadan. Esas son las de agua, las que son verdes, están en una pecerita con agua y una piedra para subirse a descansar – les dije, con tono docente, creyendo que les impartía una clase casi magistral de zoología que bastaría para calmar su curiosidad. Me equivoqué: media hora después, Antonia estaba hundida en el fondo de la bañadera y no hubo respiración artificial que la volviera en sí.
Pero los tres pequeños Cousteau necesitaban seguir observando la fauna que los rodeaba y que la televisión les mostraba con enorme detalle. Le tocó el turno a dos axolotes que uno de ellos, con sus ahorros compró en un acuario al que lo llevó la abuela. Los axolotes son unos anfibios agresivos y asquerosos, con patas cortas, cola larga, ojos saltones y boca enorme. Los hay negros y también de un blanco casi transparente en el que se le adivinan los órganos. Tuvimos uno de cada color. Por suerte corrieron la misma suerte que los pollos creo que porque a la dieta natural de pescado crudo y algunas algas le agregaron un par de salchichas de Viena.
Luego vinieron unas pirañas que le mordieron un dedo a uno de ellos y fueron sacrificadas tirándolas por el inodoro y unos pececitos que les resultaron muy aburridos y decidieron tirar por el balcón jugando a embocar en la pileta abandonada de un vecino con un resultado sorprendente: casi un año más tarde, el encargado de nuestro edificio tuvo que ocuparse del mantenimiento de ese jardín y descubrió tres enormes carpas nadando en el agua verde de la pileta!
Para esa altura de nuestras vidas Doña Inés Cerrudo Cervantes había hecho su ingreso triunfal en la familia para ayudarme con los quehaceres domésticos. Era una boliviana ligeramente loca que enseguida se llevó de maravillas con todos nosotros y trajo un soplo de exotismo a nuestra casa con sus curiosas diversiones como correr con mis hijos enarbolando un sifón y jugando al carnaval por cualquier parte. Como le gustaba mucho limpiar enseguida la dejé a sus anchas. ¿Para qué oponerme? Los chicos ya eran grandes y ella los soportaba y malcriaba en todo. Lo único que no le gustaba – y con justa razón – era tener que ocuparse de las mascotas que ellos seguían trayendo.
En ese entonces ya teníamos un perro, que dejaba alfombras, tapizados y ropa cubiertos de pelos blancos imposibles de sacar y no creo que eso la llenara de alegría.
De a poco descubrí que aumentaba su poca tolerancia con los animales a pesar de que tratara disimularlo. Le hacían gracia al principio y hasta fue ella quién les puso los nombres a varios pero, cuando se daba cuenta de que los chicos no se ocupaban de limpiar las jaulas ni de reponer agua ni comida, empezaba a molestarse y, supongo, a concebir secretamente ideas asesinas.
“Bolita” fue un conejo marrón al que bautizó de esa forma porque tenía cachetes gordos y ojos vivaces y le recordaba a sus compatriotas. Tratamos de cambiarle ese nombre temerosos de recibir alguna denuncia ante el INADI pero ella se opuso con toda firmeza y tuvimos que respetarla. Bolita vivió poco tiempo. Lo encontramos muerto en su jaula y ella se deshizo del cuerpo rápidamente dejándolo en un volquete en la vereda dentro de una bolsa negra de consorcio como a un soldado muerto en combate.
¿Porqué mis hijos insistían en traer esos animales a casa? ¡Si al menos uno hubiera decidido ser biólogo y estudiar algo….! Pero no. Era como una compulsión morbosa para torturarme con seres con los que eran imposibles las relaciones de amor de ida y vuelta. ¿Qué amor puede inspirarte una tortuga?¿Y un axolote? Meses después llegaron dos conejillos de Indias que hacían un ruido aterrorizante como un ronquido que me llevaron al borde de la locura y a vivir encerrada en mi cuarto de miedo a que se escaparan por la casa y se me treparan a morderme. Se llamaron “Huira Siqui” y “Chankai Siqui “ voces quechuas que quieren decir “culo gordo” y “culo flaco” respectivamente y que respondían a la fisonomía de los mismos. Huira Siqui y Chankai Siqui duraron en casa lo que un pedo en un rulero: se los regalé a una amiga veterinaria, con todo cariño, para sus sobrinos.
Pero tanto para mí como para Doña Inés Cerrudo Cervantes todavía quedaba una sorpresa: la madrina cariñosa de uno de mis hijos, mi amiga, sabiendo del deseo infantil de la criatura de veintitrés años de tener un lorito que se le parase en el hombro y lo acompañase a todas partes, no tuvo idea más simpática que, de una excursión a Tigre, traerle un loro en su correspondiente jaula (chica).
Nuevamente Inés bautizó al animal dictaminando, además, su sexo arbitrariamente: La Lora Nora.
No voy a darle vueltas al asunto: Nora era una hija de puta. No hablaba, no cantaba, se escapaba de una jaula nueva King Size que tuve que traerle, abriendo la puerta con el pico, llenaba todo de cáscaras de semillas de girasol y de caca y se escapaba corriendo por la casa aleteando como una loca y escondiéndose atrás del lavarropas y debajo de los muebles hasta que le tirábamos un trapo encima y la agarrábamos muertas de pánico para volverla a la jaula de la que volvía a escaparse como una discípula de Houdini. En mal momento comenté un día en voz alta que estaba harta de ese pájaro de mierda.
Una tarde después de entrar de la calle descubrí la jaula vacía en el balcón. Busqué por todas partes y no encontré nada. Me sentí frente a lo que, en términos jurídicos, se podría haber caratulado como un posible caso de “ausencia con presunción de fallecimiento”. Poco después escuchaba el compungido relato de Doña Inés que se apuraba a explicarme algo confuso que yo no entendía bien:
– “ió le decía no te tirés Norita, no te tirés, pero eia no me escuchaba, estaba como loca, subida al balcón, se había escapado otra vez, Norita volvé, Norita volvé y eia no me hacía caso y se tiró para abajo,se suicidó”-
- Bueno, bueno…tranquilícese, no es culpa suya, qué vamos a hacer – decía yo para poner un poco de calma en esa escena digna de Crónica TV – no se preocupe, Inés, es un pájaro, se habrá volado, mala suerte, a lo mejor vuelve.
- No va a volver, señora, no va a volver- repetía en su papel de “salvadora de loros” sacudiendo la cabeza y mirando desde el séptimo piso hasta la planta baja.
- …por ahí vuelve…usted qué sabe…contesté liberada y a la vez llena de dudas acerca de los motivos que la hubieran inducido a querer quitarse la vida.
- Yo sí se, es que no tenía alitas. Las tenía cortadas.


Pooobrecita!! Una molestia menos... já. Con qué te saldrán ahora?
ResponderSuprimirBueno... yo siempre quise un tigrecito o un leopardito vaya creciendo a mi lado :)