Aunque se anunciaba un día de calor, la mañana del jueves era diáfana y delicisiosa. Los pájaros cantaban en los árboles cercanos a nuestro balcón y el olor a café, a tostadas y a naranjas exprimidas anunciaba un desayuno liviano y casero. Tranquila, me instalé en la mesa para despertarme de a poco, como me gusta. Pero algo debe haber pasado, que no me acuerdo, porque minutos después ya estaba participando de una película que me parecía haber visto otras veces:
- ¡Ay bueno, vieja…pero yo no tengo la culpa!
- ¡ Pero carajo! Si, tenés la culpa, nene – contesté enardecida atragantándome con la tostada mientras pensaba, irremediablemente tarde, que se me había ido la mano con tanto llevarlos a la sicóloga, con tanto tratar de ayudarlos a que se expresaran con libertad y a que refrenaran esa tendencia al sufrimiento inútil heredada de mi familia para que vivieran una vida feliz y liberada. “Feliz y liberada” parecía haber sido interpretado como que no les importara nada de nada ni de nadie. ( lo siento, terapeutas varios, pero eso suena a error de ustedes)
- Te dijimos quinientas veces que sacaras el estéreo del auto cuando te bajás y lo dejaste puesto…¿ de quién te parece que es la culpa?
- uuuhhhh…bueno…estaba apurado y además es una calle llena de garitas de seguridad…
- ¿ No viste que la mitad de las garitas están vacías y en la otra mitad hay un pibe mirando tele con las cortinitas corridas?¿Vos sos boludo,nene? (Refuerzo el complejo que trato de sacarle.Retrocedo veinte casilleros en la “educación de hijo” )
- Era un equipo de mierda, tampoco es para tanto.
- Un equipo de mierda que yo compré , harta de que se los robaran tres veces y donde yo oigo a Luis Miguel cuando me puedo subir a ese auto- contesté llena de rencor poniéndome a su altura (retrocedo seis casilleros en la imagen de adulta que algún día quise dar)
La conversación finalizó pronto y de la misma manera que casi siempre: él despeinado y con una camiseta llena de agujeros que tengo prohibido tirar a la basura se levanta de la mesa (¿para qué llevar la taza hasta la pileta?) y, con el diario bajo el brazo se encamina hacia el baño para dedicarle al menos una hora a su bello cuerpo y ponerlo en condiciones de salir a enfrentar la vida en un auto sucio, con un vidrio roto reemplazado por un cartón y un montón de cables al aire que asoman del lugar donde supo haber una radio.
Yo, por mi parte, me pongo mi delantal de plástico y mis guantes de goma para ordenar y lavar todo lo que él y los otros “sin culpa” dejan sucio creyendo que lo que yo no haga nadie lo hará (temita para tratar más adelante)
Mientras tanto cumplo con una de las más arraigadas características femeninas: lavo y pienso o plancho y pienso, o paso la aspiradora y pienso y pienso y pienso y pienso: la culpa ¿no existe más? Tanto luchar contra ella desde los divanes ¿la habremos erradicado para siempre? ¿Habrán logrado liberarse - ellos , yo, no tanto- a tal punto que ya nadie sepa hacerse cargo de lo que hace. Y lo que es peor, que a nadie le importe?
- Yo no tengo la culpa – habrá dicho el gerente de del Banco Provincia de Cabildo y Echeverría cuando le contaron que habían entrado a la bóveda y desvalijado ciento cuarenta y una cajas de seguridad...
- Yo no tengo la culpa- habrá dicho el que vendió remedios adulterados...
- Yo no tengo la culpa de que me hayan puesto novecientos kilos de merca en el avión- habrá dicho el piloto de Medical Jet...
Pero si. Si, lindos, lamento decíselos por si en algo les quita el sueño pero la culpa la tienen ustedes. Alguien no se ocupó de hacer bien lo que tenía que hacer, alguien se quedó comiéndose los mocos en vez de hacer su trabajo como debía. Ustedes tienen la culpa.
Al final la culpa no es tan mala, es como todo: en sobredosis te puede matar o convertirte en un inútil, pero un poco puede ser hasta beneficiosa.
Esa tarde, curiosamente, tenía una cita con el Dr. Silberman que me ayudaría a desmenuzar el tema y otros que seguí rumiando en el trayecto a su consultorio . Es un viaje largo que siempre uso para poner en orden mis dudas. El colectivo estaba lleno pero al poco rato se desocupó un lugar y, cansadísima como estaba, me desplomé con alivio. Con alivio hasta por ahí nomás porque se trataba del último asiento, justo encima del motor y si afuera hacían 35°C a la sombra, ahí no bajaban de 50° C y sentía que un fuego intenso me estaba por derretir el culo, lo que me llevó a agradecer no haber sido un hombre jóven porque muy posiblemente de persistir dos o tres cuadras más con esos conflictos en la cabeza y con esa temperatura en los huevos me hubiese bajado loco y, además, estéril.
La charla con el Dr. Silberman fue interesante.Yo soy una paciente bastante errática que va cuando siente que “ se le queman los papeles”, como esa vez que en la que además de los papeles, se me había quemado también el culo (aunque eso no se lo dije porque no venía mucho al caso)
A la noche, envalentonada por las palabras del terapeuta, decidí dejar de lado mis propias culpas y mis temores de llegar a ser una madre detestada y me lancé a un nuevo método macabro de “total inmersión en la realidad” que apliacaría con la intención de hacerlos crecer. Me tiré en el sillón del living, con los pies en alto y me quedé ahí quieta, como una cazadora esperando a su presa que en mi caso no era una sino tres.
- Hola vieja – dijo el primero en llegar revoleando unos cuadernos a modo de saludo.
- ¿Qué hacés ahí tirada? – preguntó el segundo con cara de alarma no más abrir la puerta y verme como una momia.
- Nada. Descanso. Estoy muerta – contesté poniendo una sonrisa beatífica entre de dormida y de tonta.
- ¡ Hola ma, ¿cómo va?- dijo el perdedor de estéreos, que fue el último en llegar, y agregó - Yo ya arreglé con los chicos y me llevo el auto a Mar del Plata este fin de semana. Le conseguí otro estéreo. Lo pago en tres cuotas a un tipo del laburo que los vende porque el padre los importa- (¡qué alivio!, por un momento pensé que me iba a decir “que no se de dónde los saca”) (el nene avanza ocho casilleros.Parece empezar a comprender el lema “rompe/paga”)
- Che, ¿en esta casa no se come? – dijo el mayor- Yo, les cuento por si les interesa nomás, no comí nada en todo el día…
- ¡ Ay , sorry- contesté intensificando la sonrisa beatífica y la cara de tonta – Creo que no queda nada… no se… fíjense. Se me pasó la hora y me cerraron el super.Pueden hacerse unos fideos, yo no tengo hambre y papá avisó que no viene a comer- agregué sin cambiar de postura pero tratando de disimular lo ansiosa que me estaba poniendo.
- No, fideos otra vez no. Yo voy al chino de la vuelta y traigo carne ( el niño parece reaccionar y madura. Avanza seis casilleros)
- Traé matambre, unos tomates y un poco de muzzarela y yo lo hago “a la pizza” gritó el menor desde el baño (aparece timidamente el sentido de equipo y de colaboración. El menor avanza siete casilleros. Un fenómeno los consejos de Silberman)
- Orégano no hay – acoté lacónica sabiéndome al borde del terreno resbaladizo de la sobreprotección. (¡cuidado! ¡Puedo retroceder en cualquier momento!)
- Si, hay. En una maceta. Lo plantaste vos. ¿Vos, vieja, podrías hacer aunque sea un arroz?
- “por favor, mamá”- corregí como si tuvieran cuatro años cada uno.
Arroz hice, pero tratando de forzar mi enseñanza de “culpa-responsabilidad- colaboración” a un punto aún mayor, dejé que se pasara un poco.
El matambre salió del horno jugoso, la muzzarela abundante y brillosa y el orégano fresco y perfumado. Yo puse el arroz en una fuente profunda y lo llevé a la mesa.
- ¡Este arroz está todo pegoteado! ¡es un asco!
- Ay bueno, pero no es mi culpa! – contesté sirviéndome yo también como si nada.
- Si, es tu culpa,mamá, se te pasó porque te fuiste a hablar por teléfono con la pesada de tu amiga…la cagaste, al menos reconocelo ¿qué te pasa? ( el niño recciona ante un claro caso de negligencia no reconocida. Avanza cinco casilleros)
- Bueno nene, no se…estaré rejuveneciendo (me paso de rosca con la ironía. Retrocedo ocho casilleros y, como me dan pena y me cuesta sostener mi papel agrego)
- les hago otro rápido (sorry Silberman,todo muy bien pero no es tan fácil seguirte al pie de la letra.Quisiera ver en tu familia qué pasa)


Genial. Tus palabras llenas de rabia no me deprimieron ni me tiraron abajo. Me enseñaron! A relajarse un poco.
ResponderSuprimirYo no tengo 3 hijos... pero si algo muy parecido: un padre y dos hernanos que todavia creen que la comida del super a la heladera viaja sola y se paga el boleto del colectivo y que los platos se lavan solos! Tras un par de anos de hacerles entender -tratar, mejor dicho- hice lo que todas deberiamos, contrate una chica que va 4 veces a la semana a casa y les pegue el numero del delivery en la heladera... ah, tambien me mude.
ResponderSuprimir