estadisticas

jueves, 10 de febrero de 2011

Casamiento Sorpresa




- El sábado tengo el cumpleaños de Diego – me comunicó mi hijo mayor cuando volvió del colegio.
- Nosotros también vamos – agregaron los hermanos – es en el club.
- No, gorditos – tuve que explicarles tratando de ser paciente ante el programa alternativo que les ofrecía – el sábado no pueden ir a lo de Dieguito porque a esa hora se casa Belo ….¿se acuerdan que se los conté? Tenemos que ir todos. Si termina temprano los llevo al cumple.
Mis hijos de ocho, seis, cuatro y dos años miraron como si les estuviera hablando en chino y se fueron a mirar la tele sin contestarme.
Belo, mi padre, se casaba por tercera vez con esa compulsión al matrimonio que se le había despertado después de su primer divorcio (no así antes, cuando, por algunas confesiones veladas,intuimos que quizá tuviésemos un hermano mayor, en Rio de Janeiro, hijo de una corista). Su segundo casamiento fue lo que podría llamarse “una boda de cabotaje” ya que se trató de una señora riojana, muy simpática que lo hizo embeberse en la cultura nativa y convertirse enseguida en una especie de Chacho Peñaloza, profundo conocedor de la historia argentina y gran tomador de mate amargo.
Papá tenía la característica de mimetizarse con el medio, por nuevo que fuera, con una velocidad asombrosa y ser así todo lo que sus mujeres quisieran…por poco tiempo. Después sobrevenía el aburrimiento, el mal humor y la manía de las enfermedades que lo llevaba a llamarnos a cualquier hora para decirnos que se sentía morir y que salía volando para el hospital. Hacia allí partíamos nosotras también, alarmadas, pasándonos los semáforos en colorado, considerándonos practicamente huérfanas para llegar a verlo justo cuando había entrado a la Guardia fresco como una lechuga y le preguntaba al médico – lo oíamos del otro lado de la puerta – cosas como:
- Digame doctor, ¿usted le pone nafta común o super a su auto? (que era el mismo modelo del suyo)
Acostumbraba a contestar los llamados telefónicos con frases esperanzadoras y promisorias .
- Hola viejo ¿Cómo andás?
- Como el orto
- ¿qué te pasa?
- me siento como el culo…se me revienta la vesícula…
- ¿ comiste algo que te hizo mal?
- Si, para el té me hice un chocolate con churros…pero no creo que sea eso…para mí que es otra cosa…
- ¿Cuántos te comiste?
- diez.
- chau viejo!

Sus mujeres y novias lo dejaban pero él volvía a la carga. Mi hermana se mortificó al recibir la noticia del sorpresivo casamiento porque no podía llegar de ninguna manera. La tranquilicé diciéndole que no importaba, que si esperaba un poco, podría ir al siguiente.
La escribana Olga Tatiana Bassi era Petrovich por parte de madre. Una linda mujer, tamaño XXL , de piel clara y ojos celestes,viuda, con tres hijos y muy apegada sus las tradiciones maternas. Habría sido víctima de las armas de seducción que, imagino, Belo usara para ese caso: sus conocimintos de literatura rusa y un par de palabras como “blinis”,”samovar” o “datcha” con lo que Olga, que soñaba conocer la URSS se habría sentido comprendida hasta los tuétanos, ignorando que Belo era incapaz de subir a un avión o de entusiasmarse con viaje alguno por más que acá representara unas escenas de viajero intrépido dignas de un Oscar.
Fuertemente escudado en su estilo librepensador se resistió a pasar por el Registro Civil pero no pudo negarse a una bendición en la iglesia ortodoxa rusa de San Telmo, a la que asistió vestido de saco blanco, camisa abierta y una cadena en el cuello –que no se de dónde habría sacado – como un narcotraficante viejo.
La ceremonia fue sencilla y con poco público, gracias a Dios, porque no sólo había elegido hacerlo el 14 de febrero sino que nos sorprendió a todos diciendo unas palabras acerca del matrimonio que finalizaron con una frase en ruso que ni me animé a preguntar qué significaba.
Sus nietos vivieron ese momento de maneras muy distintas pero todos con igual desconcierto. El mayor no dijo una palabra , el segundo,distraído, se sobresaltó muchísimo al ver a su abuelo en el altar al lado de una mujer que no era su abuela:
- ¿Pero cómo?- alcanzó a decir ¿No se casaba con Mamama? .
El menor se arrastró todo el tiempo debajo de unos candelabros, hizo bolitas con restos de vela y se sentó y se paró quinientas veces. La chiquita, aterrada con razón, no paró de llorar cuando, entre el humo del incienso vió al sacerdote - mezcla de Papá Noel con Rasputín - y hubo que sacarla a tomar aire.
A la salida papá se empecinó en dar una vuelta por el Parque Lezama para reavivar los recuerdos de su niñez y hasta nos hizo caminar,como en peregrinación, hasta el petit hotel en donde había nacido, sobre la calle Garay, convetido para ese entonces en un conventillo, cosa que ya sabía pero que lo sumió en una gran depresión y una cara de traste que le duraron toda la fiesta.
La comida fue en la casa de Olga, decorada con lustrosísimos muebles impecables de los años sesenta tapizados de telar verde oliva con algún hilo dorado de vez en cuando. Nos sacamos fotos abrazados a desconocidos, brindamos con ellos y comimos el menú soviético correspondiente a una celebración, acompañado por un vodka muy especial que hizo que yo volviera al volante, mi marido tirado en el asiento de atrás y los chicos muertos de hambre. Definitivamente mi padre había cambiado los tamales, el locro y las empanadas por el borsch, las pirozhki y la solianka imbuído de su nueva condición de marido de la viuda de Lenin.
Mientras subíamos a casa agotados en el ascensor el más chico me tiró de la ropa y lanzándome una mirada dura llena de reproche me hizo una breve pero contundente advertencia:
- Mamá: no voy nunca más al cumpleaños de Olga.
- Sabés qué, enano, tenés razón. Yo tampoco.

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