Agotada como estaba de tanto trabajo y de tanta gente amiga en casa para las vacaciones de invierno(que a partir de esta reseña tendré que tachar de la lista de amigos), de tanta visita del interior y del exterior ansiosa por conocer la ciudad, de acompañarlos arrastrándome por Puerto Madero, de hacer cola para comer hasta en el última bodegón, de ir a la Rural a que me pisoteen los niños de los colegios, de ver bailarines de tango en Caminito, en Corrientes, en Florida y de ir a las Galerías Pacífico a marearme en los laberintos Centro Cultural Borges, de cocinar como una loca y de constatar el “efecto evaporación” que tenía todo lo que se me ocurría traer del supermercado y de festejar el fin de semana en una lancha del Tigre con cinco grados bajo cero y una llovizna y una niebla que parecía el Támesis, sentí que me merecía unas vacaciones en un hotel, en alguna parte donde no hubiese nada que hacer más que mirar por la ventana, tomar té y, como mucho, caminar veinte metros hasta una parrilla para sentarme otra vez a comer un asado preparado por Magoya.
Así acepté la invitación de mi amiga Catalina a su campo reciclado para el turismo que esos días no tenía muchos pasajeros (ninguno, para ser exacta). Armé mi valija, puse un par de libros, un regalo para ella y otro para Chuni,su madre, que vive allí y, dispuesta a descansar, tomé el omnibus rumbo a Tandil soñando con el encuentro con viejas amigas y las charlas distendidas fente al fuego.
San Esteban del Cerrito, como se llama el lugar, es parte del casco de una inmensa estancia que se fue fundiendo a medida que los herederos eran más numerosos e insistían con la vieja idea de mandar al tonto al campo, hasta que fue demasiado tarde. Juntando la casa principal y un par de construcciones cercanas en bastante mal estado (la carnicería, la matera y no se qué más) Catalina y su hermana Mónica, dirigidas por Chuni que es lo más parecido a Hitler que he conocido, pero con más gusto, armaron, como ultimo recurso y sin ninguna ayuda, una “estancia boutique”, entrando así en el difícil mundo del turismo rural. Ilusionadas y dedicadas trabajaron incansablemente, rescataron muebles,los pintaron o los tapizaron ellas mismas, hicieron lámparas con cosas rotas y basuras que encontraron en los galpones que quedaron increíbles y lograron armar algo lleno de encanto, con un jardín maravilloso. Prepararon dulces y conservas y aprendieron a hacer pan casero que es algo que a todo el mundo parece encantarle aunque la mayoría de las veces sea una porquería.
Amorosas,me dieron en uno de los cuartos más lindos, con chimenea, dos camas de hierro con acolchados impecables de toile de jouy y un ramo de flores silvestres en una jarra de peltre.
- Si querés tirate un rato hasta la hora de comer o aprovechá para darte un baño- me dijeron.
Dispuesta a disfrutar de ese paraíso de refinamiento y ocio me duché y me puse algo más cómodo . “Me puse algo más cómodo” suena mucho a novela barata: en realidad más cómodo no tenía nada, me puse algo más lindo y, en todo caso, más limpio que esos jeans, ese buzo y esas zapatillas con las que había viajado que ya empezaban a desentonar con la casa.
El caramelo dorado de un flan perfecto se nos derretía en la boca mezclándose con la crema fresca cuando Mónica se levantó para atender el teléfono. Demoró un rato mientras yo, que ya me había aflojado el botón de la cintura de los pantalones, devoraba mi segunda porción pensando en la siesta que iba a dormir. Volvió a la mesa radiante.
- ¡Por fin los canadienses se decidieron! Llegan mañana a la mañana temprano- dijo – Vienen todos. Los siete. Tenemos que meterle y dejar todo impecable.¿Te importaría darnos una mano?.
- No, para nada – contesté quizá con un poquito de cara de culo ante lo desalentador de la propuesta.
- Son unos canadienses que, si les gusta, van a hacer un evento acá para su compañía y es un montón de guita.
- Ustedes díganme qué hago y yo hago nomás – respondí siempre tan bien mandada (la Boba saliéndose de la vaina por ponerse en acción)
¿Para qué habré dicho “díganme qué hago”? Menos ponerme una peluca y bailar el pericón disfrazada de china tuve que hacer de todo. Por empezar abandonar mi cuarto y mi toile de jouy y ubicarme en un entrepiso del galpón acondicionado para “nietos varones”, o sea, una especie de barraca helada con olor a humedad, cuero y caca de murciélago, con seis camas todas distintas entre sí, un futbolito y dos mesas de luz.
Las tareas eran vigiladas atentamente por Chuni que con su lema “da el mismo trabajo hacer las cosas bien que mal” tuvo zumbando a todo el que se le cruzara en su camino. No pudo convencerme:sin duda es muchísimo más fácil hacerlo mal, como lo hago yo, y además,más rápido.
Las flores, las velas, las sábanas, las toalllas, las bolsitas de lavanda en los cajones de los placares, los jaboncitos, el vino, la leña, los rollos de papel higiénico en sus canastas y el menú. Yo hubiera optado por el clásico y eternamente aburrido peceto con arvejas y zanahorias glaseadas, otro flan con crema y dulce y café Dolca. No.Queso y fiambres de caza con ese gusto fuerte como a zoológico, cordero con salsa de hongos de pino elegidos por una vecina que los cultiva y los recoge en su parque y soufflé de dulce de leche. Todo complicado.El cordero que se pasa, el soufflé que se baja. A mí me tocó pelar fruta,batir claras, lustrar bronces, ir a buscar los hongos y lo que fue peor, probar la salsa mientras pensaba qué pena que sería morirse por culpa de un hongo ajeno y, cuando no me veían, tiré el pancito lamido a la basura.
Ya caía la noche y todavía nos quedaban un par de cosas pendientes. La cena se redujo a unos sandwiches – no había tiempo, ni fuerzas, para nada más elaborado – y unos duraznos en lata por temor a que la fruta fresca se acabara, y vuelta a la acción: había que dejar la mesa del desayuno lista para recibirlos porque los esperaban tempranísimo. La platería reluciente (lustrada por mí), las tazas , las bandejas y las servilletas impecables hechas una especie de rollo que iban atadas con ¡unas hebras de…rafia de Madagascar!
- ¿Rafia de Madagascar? ¿Qué es eso? – pregunté superada por tanta fineza con los pies que me latían de tanto ir y venir y soñando con meterme en mi cama de Cenicienta.
- Son esas pajitas que están en la canasta- me contestó Mónica señalando lo que a mí me parecía un manojo de paja brava – Hay que hacer un nudo y después un moñito así. – contestó como si hubiera sido tan fácil…
Cerca de la una y media terminamos de luchar con todo y pude decir las dos unicas palabras que ansiaba decir: “Hasta mañana” y subir a mi baticueva a poner las piernas en alto.
Chuni , Mónica y Catalina esperaron a todos con el desayuno y a mí no me quedó otra que bajar temprano porque quedaba feo desaparecer hasta el mediodía como me hubiera gustado.
Los canadienses eran una banda de ordinarios a los que no les divertía ninguna de las actividades que les ofrecían, se quejaban de todo, sólo miraban televisión y tomaban cerveza o mezclaban el vino con gaseosas. Comían como Heliogábalos y pedían comidas especiales haciendonos inventar platos desconocidos y acabando con las reservas de todo San Esteban del Cerrito y los campos vecinos. Rompieron una cama antigua y taparon uno de los inodoros que la misma Chuni, tan elegante, tuvo que volver a la vida con una sopapa inmensa con la que la vi pasar por el jardín, disimuladamente. El domingo a la tarde los despedimos hartas pero con nuestra mejor educación dando una imagen autóctona, casi un cuadro de Prilidiano Pueyrredón que podría haberse llamado “Tres damas criollas y su madre” y entramos a hacer las cuentas de lo que el incipiente negocio del turismo rural les había dejado descontando comidas extras, roturas y gente contratada que no pudo lucirse en sus destrezas gauchas pero a la que hubo que pagarle: doscientos setenta y cuatro pesos. Se miraron en silencio. Un ruido extrañísimo como de una cañería al borde de explotar nos distrajo: era el inodoro del cuarto principal que no se había destapado del todo. Había que llamar urgente al plomero (por lo menos doscientos pesos) ¿setenta y cuatro pesos, por todo ese esfuerzo? Chuni y Mónica se acomodaron en sus sillas y Catalina fue a buscar una bandeja con té. Se repartieron la ganancia y convinieron en que deberían limar “algunas cositas” y controlar un poco los gastos. Las admiro. Yo me hubiera tirado al aljibe con una piedra en el cuello. Por eso ni loca me meto en esas lides. Seguiré recibiendo gente en casa pero a mi modo: poniendo en la mesa el sachet de leche, el frasco de café soluble y la bolsa de cereales cerrada con un broche de la ropa. Feo, pero gratis. Al menos evito quejas.


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