estadisticas

miércoles, 2 de marzo de 2011

CORTELIS // Amanecer Eterno



Si lo pienso bien creo que a los vendedores del subte no les hago tanto caso en el viaje de ida como en el de vuelta. Será porque es muy temprano y voy concentrada en el trabajo que me espera, o en otras cosas, o porque estoy medio dormida, no se…pero a esa hora me parece que hay menos, quizá porque no se pueda ni caminar entre toda esa gente. A la tarde siempre consigo sentarme porque vuelvo a una hora un poco ridícula en la que en los vagones todavía sobra lugar, entonces me convierto inevitablemente en parte del público de pasajeros al que va destinado un desfile interminable de vendedores de hebillas para el pelo, linternas a dínamo, zoquetes deportivos, protectores para el DNI, Guias T, libritos para pintar y marcadores de colores. No niego que alguna vez haya comprado algo: medias para los chicos que se desintegran al segundo lavado, algunos marcadores secos, una tijerita plegable para llevar en la cartera o un set de destornilladores Philips. Nada del otro mundo, algo que, cansada creí útil y compré por inercia, sin entusiasmo a esos hombres y mujeres resignados, que muchas veces ni se molestan en hablar, que te dejan sus productos en las rodillas con cara de nada y pasan a retirarlos con cara de rabia. Esos no tienen oficio, esos no son vendedores…vendedor es el señor canoso que nos hipnotiza en la línea C, que nos seduce con no se qué verso ofreciéndonos “por tan sólo cinco pesitos” unos adminículos ( no se qué nombre ponerle a esas cosas que no sirven para nada.) plásticos con forma de mariposa o de manzanita que con sólo enchufarlos en un tomacorriente común y silvestre, y, gracias a su sistema de leds comienzan a emitir una luz suave “ que no sirve para leer” como él mismo nos advierte con toda la honestidad de un vendedor responsable, pero que “proporcionará al ambiente una tenue iluminación que nos hará creer que la noche es un amanecer eterno”.
¿Quién, cansado, sucio, y con la cabeza abrumada por la rutina podría resistirse a una voz grave y melodiosa – casi como la de un locutor – que te ofrece la posibilidad no sólo de llevarte, sino hasta de poder regalarle a tu familia algo tan mágico como un amanecer eterno comprado bajo tierra.
- Deme tres – le dije, y no por inercia- deme tres – le dije soñando con la claridad inesperada y promisoria de ese amanecer eterno.
- ¡Ay!, venga , venga, no se vaya... y otro más para mi hermana – agregué mientras le extendía el billete de veinte.

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