
No se cómo pudimos armar ese grupo para salir de vacaciones. Todo empezó en una de las comidas que hacemos los primeros miércoles de cada mes y a las que ultimamente cae cualquiera. La alegría de encontrarnos con amigas – y no tanto – hace que contemos cosas de las que después nos arrepentimos, que , excitadas propongamos locuras pensando que no son más que eso: locuras para pasar un momento divertido y de las que nos olvidaremos cinco minutos después. Lo del vaje fue así. En cierto modo la culpa fue mía porque yo soy la que se lo pasa en Internet revisando ofertas de viajes y posibilidades baratas a lugares remotos y encima se me ocurre comentarlo en voz alta en un grupo que no compartió en toda su vida más que algún recreo y que lo más lejos que habían ido juntas había sido el viaje de egresadas a Bariloche hacía casi quinientos años, o ni siquiera eso, porque con el tiempo el punto de contacto entre todas se fue desvirtuando hasta aceptar vecinas de piso de ex compañeras, clientas aburridas o mujeres deprimidas que al menos pretenden asegurarse una salida al mes. Así llegué esa noche, con una super oferta de “Italia Romántica.Doce días, diez noches con aéreo, media pensión y tasas incluídas” al precio absurdo de cinco días en Calafate.
En un principio todas quisieron ir (eramos como quince) salvo las dos amargas de siempre, de las cuales una se arrepintió al final de la noche, y otras tres que abierta y honestamente declararon que preferían morirse antes que hacer viajes en grupo. Al poco tiempo, mail va, mail viene, terminé organizando el viaje de un grupo que no podía ser más dispar. Una farmacéutica- la “amarga” en cuestión - amante de la música y de la buena mesa, de hábitos más bien nocturnos y muy malos despertares. Un ama de casa fugitiva que sólo quería irse lejos y no le importaba si se trataba de Italia o de Finlandia ni diferenciaba la torre de Pisa del Big Ben. Una amante de todas las artes y artesanías, irreflexiva y deseosa de contactarse con la sensibilidad renacentista, una especie de hermana tonta de Leonardo Da Vinci acostumbrada a acometer cualquier manifestación artística sin el menor pudor- y sin la menor gracia- así fuera talla sobre madera, óleo, fotografía, pintura sobre seda, escritura en prosa o verso, acuarelas al aire libre, litografía, danza, canto o diseño de joyas.(después de ese viaje agregó el diseño de máscaras y disfraces , producto del paseo veneciano y decidio tomar clases de arte dramático que era el único rubro en el que no había incursionado). La cuarta era una contadora uruguaya, compulsiva de las compras de baratijas que, a pesar de ser la que más plata tenía, resultó ser la más avara y, lo sospeché desde el pricipio, una mujer enamoradiza.Y yo, que a esa altura sólo quería elegir un personaje limpito que no roncara, para compartir el cuarto. No me importaba pasear, ni comprar, ni el arte, ni escaparme de mi familia, ni comprar bicocas, sólo pensaba,en desmpeñar con altura mi papel de agente de viajes, en cómo hacer congeniar a esos cinco aparatos - me incluyo- entre si, de las que, además, tres de ellas ya conocíamos la patria de Berlusconi y las otras soñaban con tirar sus primeras monedas a la Fontana de Trevi.
Roma, Florencia, Venecia pasando por Pisa (en Italia, vayas a donde vayas pasarás por Pisa te guste o no) donde nos sacamos la clásica foto haciendo que sosteníamos la torre en un efecto óptico mas que patético. El ama de casa, la hermana de Da Vinci y la contadora aceptaron compartir una triple y la farmacéutica y yo nos ubicamos en una doble. Elegí cuidadosamente a la farmacéutica porque con tanto contacto con vacunas y remedios me pareció que sería la más limpia. Y lo era, pero con un carácter de mierda.
Ni bien nos alojaron en Roma tuvimos que escuchar a la hermana de Da Vinci quejarse del hotel, de la atención y del barrio durante toda la comida.
Es cierto que no estábamos en la Via Veneto pero por lo que habíamos pagado era más que suficiente y había que aprender a apreciar la riqueza multicultural y multiétnica de ese barrio donde vivía la mayoría de los vendedores callejeros de paraguas y de carteras Vuiton falsas. Tampoco era para tanto…Javier Bardem filmó toda "Biutiful" en un lugar así y nadie se murió en el set, que yo sepa.
La contadora–compradora no tuvo problema con el barrio, es más, lo disfrutó a pleno saciando su sed de ofertas revoloteando por los puestos a toda hora como una abeja en primavera.
El ama de casa paseaba felíz por donde la lleváramos soñando con ver a alguno de esos italianos sensuales de los que tanto hablaba la contadora y que ella sólo conocía por unos afiches de la Juventus que tenía su hijo pegados en la pared.
- Yo acá sólo veo negros y chinos – se quejó como si hubiese descubierto la pólvora, parada en medio de la Piazza Vittorio Emanuele II.
Organizarse no fue fácil :a la farmacéutica decidimos no hablarle hasta pasadas las once de la mañana y desayunar junto a ella como si se tratara de una estatua. A la contadora preferimos no acompañarla a los conciertos a los que iba todas las noches no sólo porque no nos invitaba sino porque, a juzgar por la hora y el estado en que volvía nos creó ciertas dudas acerca de si su fanatismo era musical o de otra índole. La hermana de Da Vinci contagió al ama de casa el gusto por las artesanías y muchas veces tuvimos que ayudarlas a acarrear todos los “souvenirs” que compraban. Pero esa buena voluntad no pudo poner fin a desavenencias y roces de todo tipo y color.
Florencia produjo una definitiva ruptura en el grupo: unas se decepcionaron, dijeron que estaba sucia y se negaron a hacer cola para ver ninguna de las obras de arte que podían “tranquilamente ver en Google” y las otras esperaron horas, con unción devota, para entrar en la Academia a llorar frente al David y comprar diecisiete estatuitas y ceniceros cada una, a cual más horrendo, para recordarlo por siempre.
Todo se resquebrajaba. Mi carrera de “tour conductor” había fracasado y yo sentía que no había modo de volver a unir el grupo pero hice mi último intento: la despedida de Roma sería una inolvidable cena en una taberna del Trastevere. Hice las reservaciones y hasta conseguí dos taxis que nos llevaran sin problemas.
La comida no fue lo que se podría decir “inolvidable” pero pareció limar bastante las asperezas, sobre todo gracias al vino y a unos licores de hierbas de montaña. De todas maneras la farmacéutica no se privó de quejarse por la carne dura, porque el arroz no estaba en su punto justo o porque los mozos tenían el pelo sucio. Mentalmente yo repetía mi mantra:“No importa, no importa” , tratando de llegar a buen puerto. Así lo había planeado y todo tenía que salir bien.
- Trajeta de crédito no tenemos, señora –dijo el camarero y me hizo una larguísima explicación del motivo que no pude entender porque sentí todos esos ojos perforándome y me desestabilicé por un momento. Por más que escarbamos en las billeteras no llegábamos, ni por asomo, a pagar nuestra fiesta.
- Voy a tener que ir hasta el hotel a buscar efectivo – dije un poco avergonzada. – Sírvales un limoncello a las señoras que yo me tomo un taxi y ya vengo.
- A esta hora no hay más taxis, señora.¿Para a dónde va?
- Cerca de la estación Termini – contesté sintiendo una especie de arritmia imparable.
- Gianni va para ese lado, si quiere la acerca – ofreció el encargado.
No se cuál habrá sido la función gastronómica de Gianni pero tenía un cuerpo como de luchador, usaba muñequeras y emitía unos vapores fuertes con resabios a humedad, cebolla y ropa sin lavar que descubrí dada la cercanía de nuestros cuerpos ya que no tenía el autito que imaginé sino una motoneta verde loro con dos cascos negros con llamaradas a los costados.
Si a algo no le temía Gianni era a la velocidad. Atravesamos la ciudad zigzagueando como una flecha y, cuando paraba en alguno de los semáforos (si decidía hacerlo) me comentaba cosas que yo no entendía porque sólo podía pensar en las caras de mi marido y de mis hijos cuando recibieran la noticia de que recibirían los despojos mortales de su madre que, a bordo de un motorino y abrazada a un corpulento jóven italiano se había estampado contra el Coliseo.
Finalmente Gianni, el rápido, resultó mi Angel de la Guarda y no sólo me llevó al hotel sino que esperó que buscara la plata (“ahora me asalta” pensé siempre malintencionada) y habló con unos taxistas de la estación (“los que me asaltan son estos” volví a pensar) que me llevaron a pagar la cuenta y nos depositaron sanas y salvas en el hotel.
Llegar al aeropuerto y embarcar a todas esas mujeres me produjo un alivio indecible (digo “todas” porque a pesar de ser cuatro, para mí era como si hubiesen sido quinientas).
Taché definitivamente el rubro “Turismo” entre mis posibilidades de trabajo. Me senté lejos, pedí un vino, abrí un bolsito plástico que llevo en la cartera y me tomé mi último Alplax. Antes de entrar en coma me pareció oír a una de mis pasajeras que comentaba con otra (con la que se había odiado once de los doce días)
- La pasamos bárbaro ¿no?
- Buenísmo, la verdad que en Buenos Aires tenemos que vernos más seguido.
- ¡Ay si! …y hacernos otro viaje.


me encantó tu blog! me rei bastante con el final de la ultima entrada.Volveré.
ResponderSuprimirLuz: como estas? te cuento que me encanta tu blog... me divierto muchisimo leyendo tus relatos... me encantariua que pasaras por mi blog... yo tambien escribo pero no de manera comica... es un poko mas personal... :)
ResponderSuprimirtmb m gustaria que me dieras una idea para un monologo... gracias! Julieta!