estadisticas

martes, 19 de abril de 2011

Huevito Duro (no siempre se es felíz en el recreo)





Cuando yo era chica y vivía en el campo iba a la escuela rural con mis trenzas, mi delantal blanco y mis medias una caída y la otra no. Usaba, como todos, un portafolios de cuero marrón donde llevaba mis cuadernos, mis lápices, un vasito de plástico plegable formado por anillos telescópicos que a la menor presión se aplastaba quedando de una forma parecida a la de un yo-yo.
También allí, en otro de los compratimentos llevaba lo que mi madre me daba para los recreos y eso, amigos míos, me marcó para siempre. Como ella detestaba que me llenara de caramelos o de galletitas dulces “que no te alimentan”, me ponía cosas sanas y nutritivas: una manzana, una banana, un huevo duro. Con la fruta me iba bastante bien y podía comerla,a pesar de que la manzana venía pelada y, por eso, con un tono óxido nada atractivo.
A mí me daba un poco de vergüenza tener que comer esas cosas distintas de las que comían mis amigos, sobre todo porque sospechaba que la naturaleza de mis viandas no obedecía tan sólo a la manía de mi madre por la comida sana sino también a que nunca se acordaba de comprarme un alfajor cuando iba al pueblo. Hasta ahí, podía soportarlo, pero lo del huevo duro era demasiado. No me puedo olvidar del momento en el que sonaba la campana para el recreo de las diez y antes de salir al patio (que en las escuelas rurales es un potrero con palenque y todo, porque algunos de los alumnos van a caballo) todos revolvíamos entre los útiles buscando lo que teníamos de rico para comer. Encontrarme con el tan temido huevo duro me provocaba no uno sino dos disgustos al mismo tiempo: por un lado, la valija se llenaba de ese olor como a azufre que despide la yema, y por el otro la perspectiva de un huevo duro a esa hora, cuando soñaba con un paquetito de Melba o una caja de Sugus confitados se en conviertía en una tragedia casi insuperable. Pero yo, como una niña dócil que hubiera estado dispuesta, con esfuerzo, a sacar ese huevo de su envoltorio y a comérmelo, no pude hacerlo nunca por un problema de lo que hoy llamaríamos “packaging” y tuve que descartarlo para siempre y rogarle a mi madre que no volviera a mandarme ni uno más. El huevo no sólo venía pelado- como la manzana - sino que ella lo metía en la bolsa de los tallarines Don Vicente que habíamos comido la noche anterior, una bolsa larga y angosta de celofán en la que el huevo caía al fondo y emergía no sólo aplastado sino con palabras o frases incompletas como “..on Vicen” o “..deos al huevo” o “ Mar del Pla..” impresas a cuatro colores en la nívea clara, siendo el azul el más pregnante y que, supongo, debido a alguna reacción química desconocida, viraba irremediablemente al violeta reduciéndolo a un indiscutido pero extraño elemento proteico y multicolor que nadie se hubiera atrevido a meterse en la boca, menos a los siete años y frente a sus compañeros de escuela.

NOTA: nadie se moleste hoy en día en hacer la prueba de la “impresión de tinta sobre huevo duro” porque, desde ya les digo, fracasará. Yo misma lo he intentado y , para mi alegría, las tintas y los papeles celofán han de haber mejorado mucho su calidad porque no pasan de un material a otro con la facilidad de antaño.

1 comentarios:

  1. Tengo que decirte que realmente me descostillo de risa con tus escritos.
    Pero este con el vasito de plastico plegable y la viandita me hizo acordar mucho de mi niñez.Jaja!
    Un beso

    ResponderSuprimir