Nunca pensé que mi acercamiento a la medicina alternativa me sumergiera en un experiencia que rozara la pornografía por un lado, la estupidez por otro y por ninguno la mejoría de mis síntomas.
- Dejá de tomar todas esas porquerías y haceme caso – me dijo mi amiga Marisa, vieja deportista y nueva “conversa” de la New Age y de sus beneficios infinitos – esas contracturas te las saca un osteópata. Tengo uno buenísimo en Puente Saavedra , son nada más que tres o cuatro veces y quedás como nueva.
Con una pereza atroz de tener que trasladarme a otro barrio en vez meterme en la boca dos o tres Paraflex Plus Forte, un Tetralgin y una cápsula blanda de Actrón, automedicándome que es lo que realmente me gusta y se me da con cierta gracia, pedí hora con Andrés, su médico brujo.
Me recibió en un consultorio chico, de techos bajos y color verde Nilo, con una camilla, una biblioteca llena de frascos y piedras, un farolito chino, una lámina también china de un cuerpo humano surcado por rayas, números y letras que, creo, reperesenta los meridianos para la acupuntura y un hornillo con una vela, infaltable en el ambiente de quién se precie de New Ager o cómo cuerno se diga. Las esencias orientales que inundaban todo trataban de tapar, como podían, el olor a perro que yo ya había sentido al atravesar la sala de espera.
En la primera sesión me hizo unas presiones en el cuello con las puntas de los dedos y unas torciones tan suaves y tan poco molestas que yo, acostumbrada a las de los kinesiólogos de la obra social , no pude evitar preguntarme si ese chico, que tendría unos treinta años,zapatillas de basquet y ambo naranja, sabía algo de lo que estaba haciendo o simplemente era una manipulación inventada por él a juzgar por lo que me contó sin dejar de hablar ni un solo minuto de los cuarenta y cinco que duraba el turno. Había estudiado con distintos maestros y chamanes en una inmersión voraz y, sin duda errática, en todas las disciplinas orientales y andinas a la vez, comenzada hacía, como mucho, cuatro años.
Mejorar, no mejoré nada, pero tampoco lo esperaba de ese primer encuentro. Lo que sí obtuve fue un intenso dolor de cabeza producto de su verborrágico monólogo que me confirmó lo que yo suponía: que todos esos conocimientos adquiridos se habían convertido en una gran ensalada de teorías contradictorias que nunca supe si entendía o no y, mucho menos, cómo lograba implementar con ese desparpajo.
Salí dolorida, molesta y convencida de que estaba perdiendo el tiempo y llamé a mi amiga:
- Che nena, tu amigo el ostópata ese es un pelotudo, no para de hablar, ¿de dónde lo sacaste? Yo no voy más…
- Noooo…andá…¡es divino! A mí me sacó la contactura para siempre…dale tiempo…no sabés a mi hermano cómo lo mejoró, no aflojes, vas a ver…quedás pipí cucú.
Cuatro días después volví a atravesar primero el olor a perro, después a sándalo berreta y aterricé en la camilla color marrón caca - ¿cómo alguien puede no sólo comprar sino elegir una camilla color caca? – a la espera del tratamiento curativo de Andrés “Cachi” Viale – desde ya, nada que ver con Juana -
Yo iba decidida a no responder ni comentar ninguna de sus anécdotas para poder mantenerme en silencio y aflojarme y para desanimarlo en caso de que empezara otra vez como una radio. El encendió un sahumerio, eligió un CD de sonidos de aguas y de cataratas de lo más relajantes y lo puso en su computadora. Sentí que habíamos mejorado. Al menos hasta que, sin decir agua va empezó, a contarme no ya la cronología de su confusa formación profesional sino el curioso relato de su último descubrimiento en cuanto a la moda para caballeros: el calzoncillo con bulto incluído que se vendía en algunas mercerías, de lo que tenía muchísima información y que al parecer le causaba una gracia tremenda. No contesté para no interrumpir mi estado alfa y él, ajeno a todo, siguió hablando de lo mismo y lentamente, se fue deslizando , vaya uno a saber porqué, hacia la historia de un ex compañero de colegio que, dotado desde su infancia de un miembro descomunal, y después de mil peripecias –que por suerte no se tomó el trabajo de detallar – había tenido que emigrar a Venezuela para conseguir trabajo.
- ¿trabajo de qué?¿de actor porno? – pregunté sin entender cuál habría sido el motivo que le impedía a ese pobre cristiano tener un trabajo acá y no en Venezuela.
Por más que lo intentara, esa altura yo ya no podía reprimir la risa que me provocaba toda esa situación con su música de fondo y sus aromas asiáticos y me tapaba la cara con las manos para que no viese que me caían lágrimas, cosa que él no sólo vió sino que interpretó como un incuestionable éxito en esa especie de stand up comedy que estaba llevando a cabo y lo envalentonó para seguir y seguir hablando.
En ese momento lo último que me importaba era mi contractura, sólo pensaba ¿cómo cuento esto? No me quiero olvidar de nada. Quería salir de ahí y correr a casa a relatarle a mi familia el episodio para que se rieran conmigo, pero nada hacía callar al Groucho del subdesarrollo que, mientras seguía retorciéndome suevemente el cuello, volvía a la carga con una serie de relatos que habían variado del género erótico al grotesco y enumeraba como un adolescente enajenado travesuras del colegio secundario como haberle puesto bananas en el caño de escape del auto del profesor de música o pegotear todas las pruebas de matemática entre sí y convertirlas en un bloque inseparable, lo que mencionaba riéndose como loco ante mi mirada atónita.
Esa noche quise amenizar el ánimo de la cena familiar contando mi experiencia con la medicina alternativa y lo hice con lujo de detalles.Lo que pensé que sería una rato de diversión terminó en una serie de recriminaciones y planteos. Mi hija hizo una sonrisa piadosa como perdonándome la vida, mi marido no dijo nada pero me miró con cara de “Ay Dios mío…¿Quién te recomienda esos lugares de mierda?” y mis hijos varones , Edipos al fin, creyendo ser hijos de Sharon Stone saltaron - ¡Mamá, te quería coger!
– chicos, a mi no me quiere coger ni un preso…- los tranquilicé maternal, aunque , debo confesar, en un momento creí que algo de eso habría a pesar de que todo lo que siguió me confirmó que estaba equivocada.
Lo que no entiendo es cómo Marisa sigue yendo a lo del boludo ese. Quizá sea bueno de veras. Quién sabe sea capaz de dejarte realmente pipí cucú.


Lucita, me has hecho reir: “Ay Dios mío…¿Quién te recomienda esos lugares de mierda?” y mis hijos varones , Edipos al fin, creyendo ser hijos de Sharon Stone saltaron - ¡Mamá, te quería coger!
ResponderSuprimir– chicos, a mi no me quiere coger ni un preso…-"
Juuuuuuuuuuuuuuuuuuuuajajjajja. Como siempre, un relato encantador y tetrico. Pero asi es nuestra realidad, no es cierto???
jajajaja, Luz!!! un abrazo, malele
ResponderSuprimirGENIAL!! MUY GRACIOSOOOO
ResponderSuprimirFantástico! Creo que a quien se coge es a Marisa?
ResponderSuprimirboludos, como decís vos, hay en todas las profesiones, charlatanes aún más...cada cual debe seguir su camino y sacarse los dolores como humildemente pueda.
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