Mientras comía uno de esos sandwiches quemados por fuera y fríos por dentro que te dan en los bares de las estaciones y una Pepsi light que de repente, descubrió, había cambiado su logo, Alejandra esperaba la hora de tomar el ómnibus a Calamuchita para ir a ver a su madre. Estaba sola y la porción del mundo que veía desde su mesa de la Terminal de Retiro dejaba bastante que desear.El tiempo que tenía por delante prefirió usarlo para distraerse elaborando teorías inútiles. Era mejor que mirar el televisor sintonizado en Crónica TV que, con los colores saturados de la pantalla - quizá una argucia para que los que están lejos puedan ver algo, aunque no oigan – y un decorado paupérrimo en el estudio mostraban a una banda de músicos liderada por un señor mayor con anteojos negros y a una chica con vestido de lentejuelas zangoloteándose de un lado a otro que trataba de seguir unos ritmos que, por su edad, no podría haber escuchado nunca. Al pie de la pantalla aparecía una leyenda que confirmaba el horror: “Los éxitos de Francis Smith”. La conductora, sin poder disimular su aburrimiento, aplaudía a ese sobreviviente de la penosa música bailable de los ´70 que cantaba con su campera de cuero negra…y chica.
- ¿Porqué no pedimos una pizza de anchoas? – le sugirió la mujer de la mesa de al lado a su marido.
- No – contestó él, cortante – Anchoas no , que nos morimos de sed en el viaje- y le preguntó al mozo - ¿Qué sale bueno hoy?
-…yyyy … - contestó el morocho de nuca rapada y jopo hirsuto como un cepillo – tenemos empanadas… lomo completo al plato o al pan… jamón y queso en pebete o miga… milanesa, si queda…
- ¿Pizza no tiene? – preguntó él
- Si, también: muzzarella, anchoas, fugazza…
- Bueno, tráiganos una de anchoas y una Quilmes de litro bien fría.
Ella permaneció muda. El mozo se fue con su camiseta blanco grisáceo de escote en “v”, y su delantal negro, con el mismo glamour que un suboficial cocinero de la corbeta A.R.A Spiro, de la Armada Argentina y volvió al rato con el pedido.
El marido repartió las porciones y sirvió la cerveza - ¿No te gusta mi idea de la pizza de anchoas?- le dijo. Ella abrió los ojos, arqueó las cejas y tomó unos tragos sin limpiarse la boca ni contestar una palabra. Alejandra la miró y en silencio, la felicitó por haberse manejado tan bien porque ella, en una situación semejante hubiera estallado en una pelea de conventillo, en un reproche interminable sobre esa capacidad innata de los hombres de apropiarse de las ideas femeninas en sus trabajos, en sus casas o donde fuera, como si no se dieran cuenta.
Su ex marido, Roberto, había mantenido con ella una lucha sin cuartel negándose a demoler una partecita del garage, como ella quería, para hacer una parrilla cuando, de buenas a primeras, de vuelta de uno de sus viajes a Córdoba se encontró con la sorpresa de que él no sólo había hecho demoler un pedazo del garage sino que con la obra, se había comido casi medio jardín para levantar un quincho imponente donde parecía dispuesto a recibir a almorzar a los seleccionados de fútbol Argentinos de primera, sub 20 y sub 16 con sus entrenadores y cuerpos técnicos juntos, o a todos los integrantes de la guía de teléfonos, esos sí, en dos tandas: A-J un día y K-Z el otro.
- Hace tiempo que tengo esta idea dándome vueltas por la cabeza, no me animaba a decírtelo porque no te gustan los quinchos, por eso aproveché tu viaje, pero se que al final te va a gustar…- le había dicho, orgulloso de su inventiva.
Poco duró, de todas maneras, la experiencia del quincho propio porque se separaron muy pronto, se tiraron con cuanto encontraron a mano y en la repartija ella logró encajarle esas dos mesas como para el Hotel de Inmigrantes y las dieciseis sillas de algarrobo macizo que, según supo más tarde, él tuvo que donar al club porque a nadie le cabían en ninguna parte.
Alejandra ya había elaborado para entonces su teoría de la “apropiación masculina de ideas” como la bautizó, y que tuvo la desgracia de confirmar la tarde en que me llamó llorando como una magdalena para que la consolara.
- ¿Te vas a quedar en tu casa?- me preguntó – Estoy hecha mierda, no doy más ¿puedo pasar un rato? Necesito hablar con alguien.
- Venite, dale. Calmate , nos tomamos algo y me contás. Dame unos minutos para bañarme y vení – le contesté sabiendo que “un rato” de Alejandra podían ser tres o cuatro horas ininterrumpidas de charla.
Llegó con el pelo sucio (mal síntoma), atado en una cola de caballo, sin pintura (peor), con los ojos hinchados y vestida de entrecasa: el mundo entero tenía que darse cuenta de cuánto sufría.
- Vos decime, ¿soy yo o qué? ¿yo soy siempre la boluda del cuento o qué les pasa?- Fueron las primeras frases de una catarata de palabras enardecidas y dolientes (combinación rara pero posible)
- ¿Qué te pasó?
- ¿Vos sabías que “el difunto” había vuelto, no?
Con ese apodo se refería a Albertito Carutti, un novio con el que había salido tres años y que hacía al menos dos se había borrado como si hubiese muerto y ahora estaría reapareciendo en su vida.
Albertito, separado, culposo y con tres hijos adolescentes trataba de complacerlos en todo sin descuidar a Alejandra y organizaba esos programas conjuntos que de entrada sabemos que van a terminar para el carajo.
Ella no soportaba a los tres aparatos llenos de granos y vestidos de negro de cabeza a pies y ellos, amotinados, la ignoraban olímpicamente a ella, con sus tacos de leopardo y sus calzas a media pierna.
Antes de cortar ella le había propuesto un viaje solos: Viena, Praga y Budapest, las Capitales Imperiales. Diez días de sofisticación y placer, de arte y música, de Buda y de Pest. A él le había parecido un aburrimiento letal, lleno de castillos en ruinas, iglesias todas iguales y cementerios helados.
- Para eso nos vamos con los chicos al Caribe ,me propuso - me dijo
-¿Tanta guita tiene?- interrumpí para bajar un poco la tensión- ¿qué hace?
- Vende camiones…
- …Se los venderá al Compañero Hugo… – agregué pensando en el buen curro que tendría Albertito
- Seguro…¡y ojalá se pudran él y Hugo!-contestó furiosa y siguió con el relato
- con los chicos al Caribe andate vos, conmigo no cuentes, le dije - contó.
- Lo bien que hiciste, si no te gusta…¿y él se fue, nomás?
- Ahí cortamos enseguida y lo dejé de ver por todo este tiempo pero al fin se debe haber ido con los hijos…pero se ve que me extrañó porque el otro día me mandó un mail después de casi cinco meses de no vernos …¿no es raro?...
Yo empezaba a relajarme un poco como una tonta y hasta me daban ganas de opinar y todo, pero ella, incansable, embestía
- ¿y sabés cual era el “asunto” del mail , el “título” de esa cartita de mierda: ”Un lugar para vos”…¡no ves que es un hijo de puta!
-Bueno, pobre, no me parece tanto…al menos reapareció y te dice algo lindo,quizá quiera llevarte al Caribe a vos sola en otro momento…
- ¡Qué Caribe!¿sabés a dónde está? ¿querés que te lea? – me dijo revolviendo en la cartera como para sacar el número para una rifa hasta que encontró una hoja hecha un bollo y leyó:
- “Hola Gorda! A pesar de este tiempo de separación ¡“separación” con “s”al final!, no te creas que me olvido de vos. Estoy de vacaciones con los chicos que ahora bajaron a un negocio de electrónica que hay abajo…¡y a mí qué me importa lo qué hacen esos tres nabos!. Este año quise algo diferente para las vacaciones, averigüé mucho y al final se me ocurrió …escuchá bien – me amenazó como para que no fuese a distraerme - se ME ocurrió , traerlos a Europa. Elegí lo que llaman las Capitales Imperiales que son Viena, Praga y Budapest …¡y encima me las dice! ¡como si yo no las supiera! Fue una idea bárbara, esto es precioso y hay mucha cultura. Si alguna vez andás por Europa no dejes de conocerlas, te las recomiendo porque te van a encantar.Te recuerdo siempre, Alberto”
Dos horas más de convesación y una tetera de tilo cargado lograron calmar un poco a la desquiciada Alejandra , y a mí darme un sueño, que ya no sabía cómo ponerme para seguir sentada con cara de atenta. Ella juró que nunca pondría un pie en Viena, ni en Budapest ni en Praga y terminó invitándome a recorrer juntas la Quebrada de los Cóndores. Esa, lo tenía clarísmo, era una idea que yo le había dado hacía tiempo y, de repente, desbarató el concepto de que el Síndrome de las Capitales Imperiales, como habíamos llamado finalmente a la teoría de Alejandra, era una dolencia exclusivamente masculina, pudiendo tratarse simplemente de un problema de quienes no escuchan al otro y que,como se imaginarán, me cuidé muy bien de plantearle en ese momento.


Muy bueno! Me encantó! Gracias!
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