
Todavía no se de qué me sorprendo. Cuando veo el actuar de mis hijos o el de algunos de sus amigos me asombro de que hayan podido llegar sanos y salvos hasta acá (“acá” tampoco es la Academia de Medicina, no se entusiasmen) con tan pocos conocimientos. Y esos pocos conocimientos no son otra cosa que lo que quedó de la educación errática y contradictoria que les impartí (voy a hablar sólo de mi caso para evitar represalias de terceros) y que nos hace pensar, vistos los resultados, en la ligereza y frescura con que uno (yo) acomete las tareas en años teñidos de juventud y fertilidad.
Decididos a educar a nuestros hijos porque no hay más remedio, orientamos los intereses cambiando de norte a cada momento, siempre buscando lo mejor para ellos, lo que no es garantía de nada.
Para mí, un día era imprescindible la formación espiritual y religiosa antes que enseñarles idiomas que, creía, venían ocultos pero incorporados al niño de alguna manera misteriosa para manifestarse luego, en el momento necesario, como una inspiración divina.
Dos días más tarde, encerrada en un living de cinco metros cuadrados con tres demonios aburridos y llenos de energía, sentía la necesidad de que hicieran gimnasia y aprendieran a jugar a todos los deportes posibles para que se cansaran de una vez y para que no se convirtieran en unos bichos de humedad como su madre, entonces los anotaba en rugby, en fútbol,en natación y en tenis y los llevaba y traía sin parar de un club a otro o de un gimnasio a una pileta llena de piojos y hongos hasta que se enfermaban de tanta agua caliente y aire frío y de tanta fauna desconocida.
Más tarde alguien (mis padres) insistían en lo de los idiomas como un legado incalculable para dejarles.
- Los voy a anotar en el Liceo Francés – respondí en un arranque romántico (y francófilo)
- ¡Lo que tienen que aprender estos chicos es inglés, nena!- dijo mamá.
- ¿Con quién van a hablar en francés? – agregó mi padre –¿ Con cuatro hijos de diplomáticos que se van a ir mañana a otro país?…Indochina ya la devolvieron, Canadá es un opio y Marruecos, Argelia y Túnez son sólo para dar una vuelta en camello…mal que me pese tiene razón tu madre.
Entonces no sólo busqué un colegio bilingüe sino que intenté, para profundizar el aprendizaje, hablarles inglés en casa, desconcertándolos absolutamente ya que jamás lo habíamos hecho entre nosotros en nuestra familia de italianos y de vascos.
Duró poco esa ridiculez. Duró hasta que una tarde, a su llegada del jardín de infantes, el menor corrió por el pasillo para llegar a mi dormitorio a ver televisión y descubrió que estaba ocupado por dos pintores que retocaban una humedades ya secas. Eran dos jujeños fornidos y achinados, como dos caciques, con más caras de cuchilleros que de otra cosa, con unas camisetas cubriéndoles las cabezas para proteger del polvillo el pelo negro y lacio que de todas formas asomaba debajo de esos turbantes improvisados.
Mi hijo, sorprendido, se quedó mirando cómo su paraíso de dibujitos animados se había convertido en un caos de muebles amontonados y cubiertos de polvo.
Yo, que venía atrás, me sentí en la obligación de enseñarle buenos modales y hacerlo saludar.
- Say “Good afternoon” - le dije, e insistí dictatorial – Say “Good afternoon”.
El miró primero a los pintores, y después me clavó los ojos verdes desmesuradamente abiertos, como sospechando, aún a los cinco años, que entre esa imagen y esa órden, había algo que no cerraba.
- ¿Son ingleses?- Me preguntó anonadado,como si pensara que de seguir mis instrucciones y saludar de esa forma , posiblemente nadie le entendiera, con lo que de inmediato le creé muchísimas dudas acerca de la utilidad del idioma inglés en Latinoamérica y una inenarrable vergüenza ajena con respecto a las ideas extravagantes de su madre que conserva hasta el día de hoy.


genial Luz!!!!!!! lo puse en mi muro... es tan real lo que contas!!!!!
ResponderSuprimirdelirante como siempre, kerida! me meé de risa!
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