estadisticas

miércoles 1 de junio de 2011

SUDAKA CIRCUS (un veraneo lejos de la costa)



Ese verano mi tía Estela había decidido andar desnuda por la casa. – Nadie va a preocuparse por eso ni mucho menos calentarse – explicó antes de decirnos que éramos una manga de nabos que creíamos en lo que nos vaticinaba el pronóstico.Llevaba apenas una especie de calzones antiguos como un pañal “sólo por no poner el culo en estos muebles que en los tapizados tienen unas manchas que me dan bastante asco…vaya a saber de qué serán”
- Este calor no va a parar nunca.Tu padre estará encantado- me dijo y continuó- El lunes te dicen que durará hasta el sábado y entonces vendrá el alivio. ¿No se dan cuenta de que los tienen una semana ilusionados como a unos crédulos? Después, el sábado, no pasa nada y te conforman diciéndote que es un frente caliente de no sé dónde…¡esto será así por tres o cuatro meses y después vendrá el invierno de golpe cuando ya nos hayamos ido – advirtió mientras, apoyada contra un sofá, se abanicaba con la parte de atrás de un calendario viejo de una casa de remates.
Nosotros habíamos cubierto los tapizados de la casa alquilada con sábanas blancas de puro algodón para evitar el contacto con las telas de nailon e improvisado cortinas oscuras con colchas de las de las camas de los varones. Papá se había empecinado en veranear en San Luis, cansado del frío y del viento de la costa.
–El verano es para tener calor – había dicho…y lo había conseguido – y para estar en familia – y también lo había conseguido porque no faltaba ni el loro:
Mis padres, mis primas Celita y Piqui cuyos padres no tenían vacaciones, la Tía Estela que odiaba el calor pero como estaba recién separada no tenía a dónde ir y a falta de marido había venido con su perro Héctor, nosotros tres (Pancho, Celina y yo) y hasta Beto,un amigo de Pancho. (que se había negado a ir solo de vacaciones con todas esas mujeres)
La casa era el típico “chalet serrano” de los años treinta o cuarenta. Barato y grande, con una galería orientada al revés (el sol le daba toda la tarde) muchos cuartos, un living chico,una cocina grande y decrépita y dos baños para toda esa gente, uno verde y el otro ocre. Estaba cerca de un río seco y rodeada de una vegetación de “flora autóctona” , lo que es decir unos arbustos pinchudos, bajos,y salpicados acá y allá entre el suelo pedregoso.
Por suerte el viento no dejaba de soplar, lo que era un consuelo estúpido porque era un viento ardiente, pero que servía al menos para evaporar la transpiración que nos cubría a cada momento aunque estuviéramos sentados, quietos como postes, y hacía que el pelo se convirtiera en una paja quebradiza y la piel se resecara al punto de hacernos creer que si no la pulíamos con aceite y azúcar y la humectábamos con alguna crema, se rajaría sin remedio. Estela declaró que ella era la que más sufría porque tenía que sumarle a esa temperatura endemoniada sus propios calores del climaterio y por lo tanto se llevó el único turbo ventilador de la casa que no le sirvió de mucho porque a cada rato nos quedábamos sin luz, ella, despatarrada en un sillón, frente a ese artefacto inerte, mirándolo como quien mira a un tótem sagrado esperando que cobrara vida, con las tetas colgando y el pecho cubierto por surcos de sudor, que al principio, no digo que no, debe haber resultado algo perturbador para el pobre Beto que recién la conocía.
Ni bien bajó de nuestra rural Falcon mi madre entró en Villa Mónica y cayó en un trance un de “devoción higiénica” que la mantuvo ocupada casi todo el mes y, de paso, alejada de Estela, su cuñada, y sus desnudeces, que por toda actividad iba tomando vasitos de caña y desplomándose de un sillón al otro.
Papá retozaba como un niño en medio de la naturaleza y nos arrastraba a subir cerros a cualquier hora sin reconocer que el clima no era tan benigno como había supuesto. Se había dejado crecer la barba y usaba siempre la misma ropa.
–Parecés un loco – le dijo mamá una tarde – sólo te falta ponerte a hacer una canoa en el sótano como Horacio Quiroga.
- Sótano no hay y canoa no puedo porque el río está seco, pero no estaría mal hacer una casita en un árbol- contestó visblemente poseído por un espíritu crusoeniano que le desconocíamos.
El viento traía nubes de tierra fina que se amontonaba al pie de los muebles…
Por suerte trajo también las voces de nuestros vecinos que llegaron a ser el pilar de esas vacaciones. Eran dos familias que tenían sus casas a pocos metros de la nuestra, una más alta y otra más abajo, en el mismo cerro. Pertenecían a un pequeño grupo de artistas que vivía allí todo el año y que sólo se trasladaba a Buenos Aires para ver exposiciones importantes o, en el mejor de los casos, para participar de alguna.
En la casa de arriba estaban Sirena Próspera , su marido Elvio y su suegra, Doña Tránsito. Elvio era radioaficionado y bombero voluntario (cosas que en ese lugar parecían ir casi de la mano) Nunca supimos de qué trabajaba, quizá de eso: de radioaficionado y de bombero. Tránsito atendía la casa porque Sirena Próspera (que era uruguaya y que en realidad, se había llamado Mirta Noemí, hasta hacía poco, en que había sentído la necesidad cósmica de cambiar hasta de nombre) estaba todo el día ocupada en la fabricación de tubos de neón para carteles de publicidad y también, y eso era lo que realmente le gustaba, para expresarse artísticamente.
Los otros vecinos eran la chilena Sarita Domínguez, ex Sra de Alfonso y sus dos hijos varones que por suerte intimaron con Pancho y Beto dejándonos a todos en paz. Ella era una escultora muy fecunda que había atiborrado la casa de obras al extremo de haber hartado a su marido llenándole los galpones de cosas invendibles. Lo último – y creo que lo que colmó la paciencia del pobre dentista – habían sido cuarenta y nueve bolas pesadísimas de metal, del tamaño de una pelota de básquet que le habían devuelto de una instalación y que pretendió dejarle como adorno en el consultorio.
Entre la tía Estela y Sirena Próspera se declaró una empatía inmediata. Hablaban largamente acerca de temas casi filosóficos y descubrieron que coincidían en un motivo de preocupación: la energía del amor no correspondido que, dicho así, parece una pavada, pero al escucharlas no pudimos sino preguntarnos, como ellas, que si toda energía se transforma, a dónde iría a parar la gran cantidad que se desperdicia en amores no correspondidos… El tema revolucionó a la parte femenina y romántica de la familia al punto de que mi madre, siempre tan práctica, en cuanto veía llegar a Sirena abandonaba el balde y el lampazo y se arrimaba a ellas como hipnotizada, llegando a confesar, una tarde, que desde que su llegada a Villa Mónica no podía evitar tener muchísimas ideas nuevas en la cabeza cada mañana y que las reconocía cuando estaba bajo la ducha. Sentía, contó, como si el agua las hiciera caer al piso de la bañadera para que ella pudiera verlas, aún con el riesgo de que se le fueran por el desgüe y las pediera para siempre.
Sarita, salvó nuestro veraneo al ofrecernos un taller de escultura que nos introdujo en el mundo de lo corpóreo y del volúmen. Primero entusiasmó a los más jóvenes y después al resto de la familia. Los atardeceres se destinaron entonces, a producir todo tipo de piezas fantásticas que llegaron a incluír neones de colores aportados por Sirena Próspera y hasta unas flores de lana tejidas al crochet, obra de Doña Tránsito que quería participar de algún modo de esa menesunda puntana.
Inmersos en el arte, la naturaleza y la filosofía, el mate y la caña, los alfeñiques y las colaciones, enero pasó volando y cuando nos dimos cuenta estábamos cargando el auto con un equipaje inmenso de bolsos, valijas, artesanías y esculturas kitsch que desbordaba por las ventanas y el techo, despidiéndonos después de haber intercabiado direcciones y teléfonos, gritando “hasta prontos” y “no se pierdan” mientras agitábamos las manos.
Un solo gesto nos inquietó a todos: Sirena Próspera haciendo una cruz con los dedos sonreía mirando a la tia Estela que, exultante, devolvió la seña.
Era un código entre ellas, pero no un secreto – “Al fin conseguí alguien que cumpla con sueño que tengo hace mucho: Sirena va a hacerme una cruz de neón para mi lápida. Me la va a mandar a Buenos Aires en cuanto la termine. No saben lo felíz que estoy” – dijo Estela mientras abanicaba a Héctor que viajaba en su falda.

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