estadisticas

viernes, 29 de julio de 2011

El laberinto del fauno



No, no se trata de nada que tenga que ver con la película homónima de mi queridísima amiga Maribel Verdú. Se trata de una experiencia rayana en lo sobrenatural – mejor sería decir en lo subnatural – que tuve esta mañana en los pasillos de dos dependencias monumentales, una privada al servicio del estado y la otra decididamente estatal: el Correo Argentino y las oficinas de la Justica Electoral. Con esos datos, ya pueden ponerse la ropa de exploradores, tomar el mapa y la caramañola y seguirme sin preguntar nada.
El detonante de mi aventura fue un aviso de correo que encontré bajo la puerta que me intimaba a presentarme en la sucursal más próxima amenazándome con múltiples penas si no lo hacía.
Como al correo no le hago demasiado caso pero a la justicia todavía no me le atrevo, fui, hice la cola (la equivocada, como siempre, siguiendo las instrucciones de unos papeles pegados en la pared) y finalmente desemboqué en lo que según me dijo de muy mala manera un jóven empleado era un “centro de distribución” – lo dijo con tono de “usted está sin permiso adentro del Pentágono”- a dónde no debería haber llegado nunca…quizá se suponía que ese recinto donde yo no veía otra cosa que seis carteros de jogging azul repartiendo correspondencia en distintas sacas al ritmo de unas cumbias, era un área de máxima seguridad…nunca lo supe… me derivaron de inmediato a unas oficinas en pleno microcentro de las que también me sacaron carpiendo porque tampoco correspondían a mi consulta (que no era otra cosa que notificarme que había sido elegida para ser nuevamente autoridad de mesa en las elecciones del 14 de agosto, engrampándome una vez más en las tareas cívicas que debemos cumplir cada vez que la patria nos lo demanade para poder quejarnos después sin remordimientos) Finalmente llegué al tercer mojón de la investigación que era el palacio de Tribunales. Bajé por unas escaleras angostas de mosaicos hexagonales gastados, sorteando partes de computadoras viejas y resmas de papel apiladas justo en las partes anchas de los escalones lo que me obligaba a hacer constantes equilibrios o sostenerme del brazo de alguno de los agentes del órden que andaban dando vueltas por ese subsuelo como perdidos.
El submundo tribunalicio se presentó con todos sus personajes a la vez, dispuestos a lo largo de unos pasillos interminables ilumninados con distintos tipos de luces como tubos fluorescentes, bombas comunes (ahora prohibidas) , bombas de bajo consumo (esos esperpentos como un resorte blancuzco con los que no se puede leer nada) etc. Lo primero con que me topé fue un grupo compacto de hombres de unos cincuenta años largos que formaban algo así como un bloque sindicalista por el desparpajo con el que hacían nada y la tranquilidad con la que conversaban, sin inmutarse por dejar el paso libre, ni por bloquear el acceso a la mesa de entradas.En la que, de todas maneras, no había nadie, así que junto con un par de personas más, esperamos pacientemente la llegada de un hombre y de una mujer que, a juzgar por el aspecto, llegaban de su recreo de media mañana …y de media luna porque ella tenía las comisuras llenas de migas. Allí me informaron que siguiera unas flechas pegadas en la pared que me llevarían directo a la oficina en donde todo me sería esclarecido. Así lo hice y desemboqué primero en una cocina donde hervían varias ollas con mate cocido, después en un despacho que no me gustó nada porque tenía dos puertas, un millón de expedientes, tres policías, un civil de traje, un hombre esposado y una mujer que parecía otro hombre con el pelo muy tirante que es señal de una persona crispada. Cada vez eran más los metros que recorría bajo tierra como un topo hasta que divisé una cola como de diez personas que esperaban lo mismo que yo. En general el ánimo también era como el mío, de resignación cívica, de “anóteme nomás por esta vez y bórreme para la próxima” salvo por un señor que a viva voz expresó que “venía a buscar su nombramiento” como si se hubiera tratado de ser, al menos, juez de la Suprema Corte. La atención era rápida, impecable, cada cinco segundos salía un empelado distinto a preguntar si “alguien más está sin atender” …claro que no había nadie más porque adentro los empleados eran casi más que todos los votantes del padrón! Después la cosa empezaba a demorarse y buscaban vaya a saber qué papeles y qué datos y volvían a las cansadas dándote la dirección del colegio, la mesa y un librito con el instructivo del comicio que aconsejo leer y llevar como un machete para consultar llegado el caso antes de matar a alguien.
Mientras esperaba que me asignaran mi lugar de tareas los empleados llenaban los pasillos diciendo las frases como “pero vos la linterna la dejaste con pilas, ¿o no?” o “ a la despedida de Gladys hay que traer bastante comida, mirá que la otra vez faltó…” además de exlpicaciones como “Señora, su mamá debe haber tenido un problema con el DNI o estaría mal empadronada”, etc…con eso me entretenía hasta que se se abrió una puerta de golpe y una mujer salió exhalada gritando:
“- ¡Cacho!¡Cacho!” mientras pugnaba por salir en lo que daba la sensación de ser un drama pasional. Corrió hasta la escalera y frenó bruscamente al tiempo que Cacho se daba vuelta con cara de espanto –“ traeme otro cortado” dijo jadeante, y acomodándose el pelo volvió a desaparecer por la puerta de donde había salido.
Después de semejante sobresalto yo sólo quería irme de ese sótano, abrigarme, llevarme en la cartera un sándwich de salame y queso y una Coca light y sentarme de una vez a revisar documentos, poner sellos y llenar planillas como mi tarea indicaba, sin que nadie me dijera ni una sola palabra ni me mandara a ningún otro lado por más excitante que fuera.

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