En algún lugar de nuestra mente siempre se aloja la curiosidad morbosa de imaginarnos yendo a parar a una isla perdida y de tener que arreglárnoslas para sobrevivir.A nuestra edad supongo que descartamos la ilusión de lograr esa cabaña de La Laguna Azul con escaleras de troncos, macetitas llenas de flores hechas con mitades de cocos, cocina,dormitorio, ducha y hasta una galería fruto de un plano dibujado por César Pelli. Mucho más descartamos que nos queden bien esos harapos y taparrabos y ni qué decir de que exista alguna posibilidad de revolcarnos por la arena con un chico que casi podría ser nuestro nieto. Así y todo el fantasma de la isla existe como sueño de aventura y cómo desafío mental a nuestro ingenio….Y, hace poco,les cuento, yo tuve lo mío. Al menos transité un cuarto de la historia si la dividiéramos en cuatro etapas: salida / catástrofe/ vida de náufrago/ rescate.
- ¿En Iberia no hay? – le pregunté a la empleada de la agencia desconfiando de lo que me ofrecía como una ganga.
- Esta compañía es buenísima . Iberia es mucho más cara – me contestó sin dejarme opinar y extendiendo mi pasaje.
Volví a casa contenta pero recelosa con ese ticket que me obligaría a comprobar las bondades de la empresa desconocida.
Llegué a Ezeiza tempranísimo porque así me gusta hacerlo. Nada de llegar corriendo y sudando, con el pasaporte vencido, la valija mal cerrada, la cartera abierta y la plata desparramada en bollos por cualquier lado. No.
Si se trata de una vacación no hay que arruinarla de entrada, desde el aeropuerto. Quiero tiempo para tomar los cafés más caros del planeta, para recorrer las tiendas llenas de souvenirs, de gauchos repujados en cubretermos de cuero, parejitas bailando el tango en la Boca y batitas de bebe que imitan la camiseta de la selección de fútbol y dicen “Messi”…. Espantoso folklore aeroportuario, igual en todo el mundo.
Después de hacer una cola larguísima con mis compañeros de viaje (toda esa gente que no podemos evitar pensar, en algún momento, que podría morir con uno) y de soportar los problemas de un equipo de adolescentes mejicanos de algún deporte (estaban todos vestidos igual) y de su entrenador que no hacía más que tratar de poner órden entre esa docena de cuates que mezclaban los equipajes y perdían los formularios, logré despachar mi valija, tener mis papeles en órden, atravesar Migraciones y llegar a un limbo terrenal, a un no-territorio que es la parte de los aeropuertos que va desde pasada la oficina de Migraciones hasta la puerta del avión. Mucho olor a perfumes del Free Shop, cajitas de chocolates “para los de la oficina que sino me matan”, gin, whisky, vodka, y más cafecito aunque amenacen el efecto del Rivotril de la cena a bordo. Y un libro liviano ( me quise hacer la intelectual y llevé El Aleph. Me equivoqué, no pude pasar de la primera cita)
Ansiosos, muchos nos pusimos en otra cola para ser los primeros en subir al avión. El nuestro sale 12.50 hs pero el de 13.45 ya está embarcando y nosotros seguimos parados, de puro gusto, porque en el mostradorcito no hay nadie. La fila se va desvirtuando, los jóvenes se sacan los zapatos y se tiran al suelo obstruyendo los pasillos,las parejas se pelean, la gente mayor se vuelve a sus asientos. Todos hablan por los celulares dando partes del problema a los amigos, a las familias.
Finalmente una voz anuncia que saldremos con atraso. Pero nadie viene. Una hora después nos cuentan que la demora será de entre ocho y diez horas. El avión de Iberia parte en horario, lo veo por la ventana. Nos sugieren bajar a una especie de subsuelo (hay que ocultar lo mejor que se pueda a las masas enardecidas) para darnos una solución. En medio del caos los pasajeros no atinan siquiera a armar cuatro filas decentes ni los empleados de la compañía logran explicarnos cual es el plan B. Una hora más de gritos, reclamos y peleas. Ofrecen que quienes quieran volverse a sus casas podrán hacerlo en taxis pagados por la empresa, o ser “repatriados” a un hotel del centro a esperar que se solucione el desperfecto. Pienso que si me voy a casa me dejan, así de simple. En medio de ese desmadre quién me va a llamar para decirme que el vuelo sale. Me uno al pelotón de náufragos, al menos estaremos todos juntos y no se olvidarán de mí. Empiezo a vislumbrar temperamentos de líderes, de quejumbrosos, de asustadizos… el síndrome LOST está en marcha. Después de infinitas idas y vueltas arman grupos de cuatro y nos suben a los autos . Nuestro destino es un hotel ¡en Reconquista y Viamonte!. Otra vez para atrás. Los compañeros que el azar me brinda no están mal (al menos no me tocó la parejita de la maleducada gritona y puteadora y su marido el dominado de rastas).Adelante un abogado muy jóven que va a un casamiento en la Provence, atrás un mendocino de la misma edad, calladito y lindo con una camisa escocesa (la imagino medio en jirones, muy LOST) , una francesa de veintiseis, grandota , rubia y desfachatada que estuvo acá haciendo una “pasantiya” en qué se yo qué cosa, y yo. La rubia no para de hablar en español ,de intercalar “boludos” y “pendejos” y de decir que no tiene nada para ponerse si tiene que dormir en el hotel. Los jóvenes, agradecidos. El cuarto es cómodo y me despatarro a ver televisión y a esperar la cena o el aviso de que hay que partir. El lobby está lleno de náufragos que hablan animadamente, casi con excitación producto de esa convivencia involuntaria y sorpresiva. Hablan de viajes, de ciudades que han visitado, de experiencias que creen únicas y son las mismas que le pasan a todos. Comen juntos. Yo, la odiosa, como sola y vuelvo a mi cuarto hasta que me avisan que es hora de bajar, que hay una combi nos llevará de vuelta a Ezeiza. Es la una de la mañana, hace frío, el microcentro está casi vacío y la calle llena de basura. Los náufragos van subiendo de a poco pero hay que esperar, con la puerta abierta, a dos que se quedaron dormidos. No me importa, no conozco a nadie salvo a una presentadora de la televisión que se ha refugiado en el último asiento con su pareja, pero me equivoco…a los demorados, a los que se quedaron dormidos los reconozco…y los felicito por aprovechar cada minuto, son la primera pareja de la isla de LOST…la francesa y el mendocino llegan corriendo, se ríen, él tiene la bufanda de ella, ella la camisa escocesa...Esto promete, pienso. Tomamos la autopista, re-entramos, re-migramos, re todo y como si nada hubiera pasado estamos de nuevo, agotados, frente a la puerta de embarque y son las cuatro de la mañana. Los novios recientes se besan, se fotografían en la sala de embarque, en el ómnibus que nos lleva por la pista,…los novios me tienen harta, los otros pasajeros también, detesto a los de la compañía aérea y ni que hablar de los empleados del aeropuerto….
De repente tengo una visión apocalíptica, algo da por tierra con una fantasía recurrente: no quiero ni imaginarme lo que sería tener que aguantar a parte de toda esta gente en una isla desierta. No quiero participar ni en las discusiones entre ellos ni en las alianzas, no quiero jugar al Gran Hermano, ni quiero ser parte de los que se salven si eso implica tener que soportarlos. Que me hagan una estatua como a Alfonsina Storni para entretenerse y me dejen ahogar tranquila y sola. Temerosa me dirijo a mi asiento. A las cinco de la mañana me traen una comida que debe ser la cena pero no entiendo mucho porque voy por el tercer Rivotril. Me tapo la cabeza con la manta y me muero. A otra hora ridícula me anuncian que la temperatura en Madrid es de 32°C. No nos caímos, no hubo islas, ni sobresaltos. Barajas , más que como a náufragos, nos recibe como a prisoneros de guerra . Ahí sí, entonces, empieza otra historia.


Jaja!! Claaaro en LA isla de Lost todos queremos caernos! Con los mismos pasajeros, obvio!! Pero cuando nos damos cuenta que no estamos por caer en Hawaii, que no habrá un Jack, ni un Sawyer, ni escotillas con camas y comida que caiga del cielo... ahí es diferente la cosa!
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